El 3 de marzo del año 1031, una asamblea de notables cordobeses depuso al último califa omeya, Hisham III, y abolió el califato. Lo que durante doscientos sesenta años había sido la unidad política más potente del islam occidental se descomponía sin un solo gesto militar. En las dos décadas siguientes, Al-Ándalus se fragmentó en una constelación de pequeños reinos independientes —entre veintiocho y treinta y nueve, según la fecha que se mire— gobernados por las élites locales que la fitna había encumbrado: linajes árabes hereditarios, dinastías bereberes recién llegadas y oficiales saqaliba de origen eslavo. Es la época que las crónicas árabes llaman muluk al-tawa’if —«los reyes de las facciones»— y la historiografía hispana, más sintéticamente, los Reinos de Taifas.

Cincuenta y cinco años duró el primer ciclo taifa, de 1031 a 1086. En ese tiempo los reinos andalusíes pagaron parias —tributos en oro— a los reinos cristianos del norte para asegurarse la paz, libraron guerras fratricidas entre sí, levantaron la Aljafería de Zaragoza y el alcázar de Sevilla, mecenas del esplendor literario de Ibn Hazm e Ibn Zaydun, y vieron caer Toledo en manos de Alfonso VI de León en 1085. Un año después, los reyes taifas aterrorizados llamaban en su auxilio a un imperio bereber del otro lado del Estrecho: los almorávides. Esa decisión, tomada por necesidad, acabaría con su independencia.

El final del califato: la fitna de 1009-1031
El detonante fue la muerte en 1002 de Almanzor, el todopoderoso hayib que durante un cuarto de siglo había gobernado en nombre del califa-niño Hisham II. Su hijo Abd al-Malik al-Muzaffar continuó la política durante seis años, pero su sucesión por el hermano menor, Sanchuelo, en 1008 —proclamándose heredero de la dignidad califal pese a no ser omeya— provocó el levantamiento popular cordobés que destrozó la dinastía amirí.
En los veintidós años siguientes (1009-1031) Córdoba vio sucederse a once califas distintos —omeyas, hammudíes, omeyas restaurados— en una guerra civil de ciudades, ejércitos mercenarios bereberes y palacios saqueados. Medina Azahara fue arrasada en 1010. Medina al-Zahira, la ciudad de Almanzor, desapareció bajo las llamas en 1013. Las matanzas de bereberes y andalusíes en Córdoba se sucedieron en oleadas. Cuando los notables decidieron en 1031 acabar con la ficción, el califato ya había muerto en la práctica: cada gobernador local había hecho hereditario su cargo, cada ciudad importante había levantado a su propio amir, y el peso militar real estaba en manos de los oficiales saqaliba y de los caudillos bereberes.
Las grandes taifas: árabes, bereberes y eslavos
La fragmentación no fue caótica: respondió a la geografía cultural y militar del califato omeya en sus últimos años. Las taifas pueden agruparse en tres familias por el origen de sus dinastías:
Taifas árabes
- Sevilla (abadíes): la más poderosa. La fundó el cadí Abu al-Qasim Muhammad ibn Abbad en 1023; bajo su nieto Al-Mu’tamid (1069-1091), poeta refinado y guerrero pragmático, Sevilla absorbió Córdoba (1070), Niebla, Murcia y la mitad del Algarve. El alcázar sevillano se convirtió en la corte literaria más brillante del siglo XI andalusí.
- Zaragoza (hudíes): Sulayman ibn Hud, gobernador de la marca superior, declaró su independencia en 1039 y fundó una dinastía culta que reinaría dos generaciones. Su sucesor Al-Muqtadir construyó el palacio de la Aljafería (h. 1065-1081), cuya planta de patio central, capilla octogonal y profusión de yeserías es uno de los pocos edificios palatinos taifas conservados.
- Toledo (dhunníes): los Banu Dhi-l-Nun, viejos clientes árabes, gobernaron la antigua capital visigoda desde 1031. Su rey Al-Ma’mun (1043-1075) hospedó al exiliado Alfonso VI durante la guerra civil castellana de 1072. Cuando este recuperó el trono, el favor se devolvió: Toledo cayó pacíficamente en 1085, en una capitulación negociada con el hijo y sucesor Al-Qadir.
- Badajoz (aftasíes): los Banu al-Aftas controlaron una taifa enorme entre el Tajo y el Algarve, con corte literaria propia y guerra permanente con Sevilla.
Taifas bereberes
- Granada (ziríes): la fundó el general bereber Zawi ibn Ziri al instalarse en la antigua Iliberris y trasladar su población a la colina de la actual Granada. Su nieto Abd Allah escribió a finales del siglo XI las Memorias, único testimonio en primera persona de un rey taifa, redescubierto en el siglo XX en Fez.
- Málaga, Carmona, Algeciras (hammudíes): rama secundaria de los hammudíes pretendientes al califato.
Taifas saqaliba
- Almería, Valencia, Denia, Tortosa: reinos costeros gobernados por antiguos esclavos eslavos, francos o lombardos manumitidos por Almanzor. La taifa de Denia bajo Mujahid al-Amiri llegó a anexionar Mallorca y a organizar una expedición contra Cerdeña en 1015.
Las parias: el oro andalusí financia la Reconquista
El sistema económico que sostuvo —y a la larga arruinó— a las taifas fue el pago de parias: tributos anuales en oro entregados a los reinos cristianos del norte a cambio de paz o protección militar. La iniciativa fue de los reyes cristianos: Fernando I de León-Castilla cobraba parias de Toledo, Zaragoza y Badajoz en los años 1060; el Cid negoció en nombre de Sancho II y Alfonso VI las de Zaragoza durante quince años, y el rey Sancho IV de Navarra y los reyes aragoneses obtuvieron contribuciones similares.
Las cifras son orientativas, pero las crónicas mencionan tributos de 12.000 a 30.000 dinares de oro anuales por taifa. Sevilla en su momento de mayor opulencia llegó a pagar parias simultáneas a León y Castilla. El oro andalusí —procedente del comercio sahariano y de la propia ceca cordobesa— se convirtió en la fuente principal de financiación de las cortes cristianas peninsulares durante el siglo XI: con él se acuñaron los primeros maravedís leoneses y se construyeron las primeras grandes catedrales románicas (Santiago, Jaca, Frómista). La Reconquista se financió, paradójicamente, con monedas islámicas.
Para los reyes taifas el sistema era doblemente ruinoso. Drenaba sus arcas, los obligaba a aumentar la presión fiscal sobre campesinos y mercaderes —especialmente sobre minorías cristianas y judías, no protegidas por la shura— y minaba su legitimidad religiosa: los alfaquíes maliki acusaban a los reyes de financiar a los infieles con el dinero de la umma. La paradoja del prestigio cultural y la sangría económica define la generación taifa.
La cultura taifa: la edad de oro tras el desastre político
La fragmentación política coincidió, paradójicamente, con la cumbre cultural de Al-Ándalus. Cada corte taifa intentó superar a las demás en mecenazgo de poetas, filósofos, astrónomos y arquitectos; el resultado fue una explosión de talento sin precedentes:
- Ibn Hazm de Córdoba (994-1064) escribió El collar de la paloma, el tratado de amor cortés más influyente del islam occidental, redactado durante la fitna que destruyó su biblioteca paterna.
- Ibn Zaydun (1003-1071), poeta del rey de Sevilla Al-Mu’tamid, mantuvo con la princesa-poeta Wallada bint al-Mustakfi el romance literario más célebre del Al-Ándalus.
- Al-Mu’tamid de Sevilla fue, además de rey, un poeta menor pero no despreciable; sus versos componen un volumen conservado.
- Said al-Andalusi, cadí de Toledo, escribió hacia 1068 el Tabaqat al-umam, una historia universal de las ciencias.
- En astronomía, Toledo se convirtió en el principal centro mediterráneo: las Tablas Toledanas de Azarquiel (h. 1080) serían la base de las Tablas Alfonsíes dos siglos después.
En arquitectura, la Aljafería de Zaragoza —patio de Santa Isabel, capilla octogonal, salón dorado— y los restos del alcázar de Sevilla muestran un estilo decorativo nuevo: yeserías profundas, capiteles fitomorfos, arcos polilobulados y entrelazados. Un siglo más tarde, el arte mudéjar castellano y aragonés bebería directamente de este repertorio.
1085: la caída de Toledo
El equilibrio del primer ciclo taifa se rompió en 1085. Tras una larga crisis interna en la taifa de Toledo —con disputas entre Al-Qadir y la nobleza local, expulsiones y ofertas de venta de la ciudad— Alfonso VI de León y Castilla entró en la antigua capital visigoda el 25 de mayo de 1085, prácticamente sin combate. El rey leonés respetó la mezquita aljama, garantizó la propiedad mudéjar y se autoproclamó Imperator totius Hispaniae: emperador de toda España, cristianos y musulmanes incluidos.
Toledo era la primera ciudad taifa importante en caer. La conmoción fue absoluta: los demás reyes taifas comprendieron que su sistema había llegado al límite. Pagar parias ya no garantizaba la paz; los Cristianos podían ahora conquistar. Al-Mu’tamid de Sevilla y los reyes de Granada, Badajoz y Almería convocaron una shura en el verano de 1086 y tomaron la decisión más controvertida del siglo: pedir auxilio militar al imperio bereber recién consolidado en el Magreb, los almorávides de Yusuf ibn Tashfin.
El final del primer ciclo taifa
Yusuf ibn Tashfin desembarcó en Algeciras en julio de 1086, derrotó a Alfonso VI en la batalla de Sagrajas (Zalaca) el 23 de octubre y se retiró a Marruecos. Pero el éxito militar le había mostrado las debilidades del sistema taifa. Cinco años después regresó, esta vez para quedarse: entre 1091 y 1110 los almorávides depusieron sistemáticamente a los reyes taifas, los enviaron al exilio en el Magreb —Al-Mu’tamid de Sevilla murió en Aghmat en 1095— y unificaron Al-Ándalus bajo su gobierno directo.
El primer ciclo taifa se cerraba en 1110. Habría un segundo ciclo, breve, en los años 1140 cuando el imperio almorávide se desplomó, antes de que los almohades repitieran la operación tres décadas después. Y un tercero, ya en el siglo XIII, tras la batalla de Las Navas de Tolosa. Pero ninguno tendría la potencia cultural ni la amplitud política del primero.
El balance: cultura sin poder
Las taifas son la mayor paradoja política del medioevo peninsular: un sistema fragmentado, militarmente débil, políticamente inestable y, sin embargo, productor de la cumbre cultural de Al-Ándalus. La poesía amorosa, la filosofía neoplatónica, las matemáticas astronómicas, la arquitectura palatina y el desarrollo del derecho maliki alcanzaron en sus cortes un nivel que la Córdoba califal apenas había rozado. Los almorávides, severos magrebíes ortodoxos, juzgaron esa cultura como decadente y la persiguieron; con ellos desaparecieron los círculos literarios, los mecenas independientes y la tolerancia con minorías que las taifas habían sostenido por necesidad fiscal.
La frase atribuida a Al-Mu’tamid antes de pedir auxilio almorávide —«Prefiero ser camellero en el Magreb que porquero en Castilla»— resume su tragedia. Lo fue, literalmente: condenado a un retiro en Aghmat, terminó sus días pidiendo dátiles a sus antiguos vasallos. Su poesía del exilio, escrita ante la imagen mental de la mezquita de Sevilla que ya no vería, es uno de los grandes lamentos de la literatura andalusí. Las taifas se habían acabado, y con ellas, el último Al-Ándalus capaz de producir literatura, arquitectura y ciencia desde la independencia.