Entre 1086 y 1212 —desde el desembarco de Yusuf ibn Tashfin en Algeciras hasta la derrota de Miramamolín en Las Navas de Tolosa— Al-Ándalus dejó de ser un mosaico de reinos andalusíes autónomos y pasó a depender, política y militarmente, de dos imperios bereberes sucesivos forjados en el Magreb: los almorávides (1086-1147) y los almohades (1147-1248). Ambos cruzaron el Estrecho convocados por los propios reyes andalusíes, ambos terminaron deponiéndolos, y ambos terminaron derrotados militarmente cuando perdieron la cohesión interna y los reinos cristianos peninsulares se coordinaron por primera vez.

Estos 126 años son los más oscuros de la historiografía andalusí —menos cortes literarias, menos crónicas conservadas, mayor rigor religioso— y los más decisivos de la historia militar peninsular: durante este siglo y cuarto se levantó la Giralda de Sevilla, se libró la batalla de Sagrajas (1086), se perdió Lisboa para los musulmanes (1147), se libró Alarcos (1195) y se selló la suerte de Al-Ándalus en Las Navas. Cuando los almohades se retiraron al Magreb tras 1248, el territorio islámico peninsular se había reducido al pequeño emirato nazarí de Granada, último resto del Al-Ándalus omeya.

Los almorávides: del Sahara a Al-Ándalus
Los almorávides —del árabe al-murabitun, «los habitantes del ribat», los hombres del cuartel fronterizo de la fe— eran una confederación de tribus saharianas, sobre todo sanhayas, evangelizadas en el siglo XI por el predicador maliki Abdallah ibn Yasin. Su núcleo geográfico inicial fue el sur del actual Marruecos y Mauritania. Hacia 1056 conquistaron el reino de Sijilmasa en el oasis del Tafilalet, ruta del oro saheliano; en 1062 fundaron Marrakech como capital; entre 1075 y 1080 dominaron todo el Magreb occidental hasta el Mediterráneo bajo el caudillo Yusuf ibn Tashfin (h. 1009-1106).
Cuando en 1085 cayó Toledo en manos de Alfonso VI, los reyes taifas de Sevilla, Granada, Badajoz y Almería convocaron una shura para pedirle auxilio militar. Las condiciones que impuso Yusuf fueron mínimas: pasaje seguro a través del Estrecho, abastecimiento, victoria militar y compromiso de regresar al Magreb después de la batalla. El propio Al-Mu’tamid de Sevilla pronunció la frase que la historiografía recordaría: «Más vale ser camellero en el Magreb que porquero en Castilla.»
Sagrajas (1086) y la conquista almorávide de Al-Ándalus
Yusuf desembarcó en Algeciras en julio de 1086. El 23 de octubre, en las llanuras de Sagrajas (en árabe Zalaca), cerca de Badajoz, su ejército combinado con las tropas de los reyes taifas aplastó al de Alfonso VI. Las crónicas árabes describen una batalla campal de tres días: los almorávides, organizados en escuadrones de tambor —los célebres atabales que aterrorizaron a la caballería castellana—, atacaron el flanco real con la guardia negra de Yusuf y rompieron la línea cristiana. Alfonso VI escapó herido en una pierna, con apenas quinientos jinetes. Las bajas castellano-leonesas pasaron las diez mil; el desastre fue total.
Yusuf se replegó al Magreb tras la victoria, conforme al pacto. Pero el éxito le había mostrado la debilidad estructural del sistema taifa. Volvió en 1090, esta vez para quedarse: depuso al rey de Granada en septiembre, al de Sevilla en 1091 —Al-Mu’tamid murió exiliado en Aghmat en 1095, dejando una poesía del exilio que sería culto entre los andalusíes—, al de Almería en 1091, al de Badajoz en 1094. Para 1110, Zaragoza —la última taifa importante, ya bajo Al-Musta’in— era almorávide. Al-Ándalus había dejado de ser una constelación de cortes para convertirse en provincia del imperio del Magreb.
El gobierno almorávide: ortodoxia maliki y rigor fiscal
El régimen almorávide fue muy distinto del taifa. Sus rasgos definitorios:
- Ortodoxia maliki: los alfaquíes recibieron poder político directo. Las obras consideradas heterodoxas se quemaron o restringieron; las cortes literarias del siglo XI se dispersaron. Algunos poetas —como Ibn Quzman o el judío Yehuda Ha-Levi— sobrevivieron, pero el clima cultural se enrareció.
- Persecución de cristianos mozárabes y judíos: en 1126 hubo una deportación masiva de mozárabes andalusíes al Magreb; muchos prefirieron emigrar a los reinos cristianos del norte.
- Reorganización fiscal: los almorávides eliminaron las parias —que consideraban impías— y impusieron impuestos coránicos estrictos: zakat y jizya. Pero las cargas extraordinarias para sostener la guerra acabaron siendo aún más pesadas.
- Centralización política: los emires almorávides residían en Marrakech; Al-Ándalus pasó a depender de un gobernador, normalmente un príncipe de la familia. Sevilla fue la capital andalusí del imperio.
El sistema funcionó dos generaciones. Pero ya bajo el sucesor de Yusuf, Ali ibn Yusuf (1106-1143), las grietas se abrieron: derrotas militares (la pérdida de Zaragoza en 1118 ante Alfonso I de Aragón), revueltas internas (la insurrección de los mozárabes de Granada en 1125-26), endurecimiento fiscal y, sobre todo, la aparición en el sur del Magreb de un movimiento religioso rival: los almohades.
Los almohades: la nueva reforma del Magreb
El movimiento almohade nació en torno a un teólogo bereber del Atlas, Ibn Tumart (m. 1130), que en 1121 se proclamó mahdi —el guía esperado del islam— y predicó una vuelta radical al monoteísmo unitario, condenando como antropomorfista la teología maliki almorávide. Sus seguidores se llamaron al-muwahhidun, «los unitarios», en castellano almohades.
Su sucesor militar, Abd al-Mumin (1130-1163), construyó un imperio que tomó Marrakech en 1147, derrocó a los últimos almorávides y cruzó el Estrecho para someter Al-Ándalus, donde una segunda generación de pequeñas taifas —las segundas taifas— había aprovechado el vacío de poder. Para 1170, todo Al-Ándalus —salvo el reino de Murcia bajo el caudillo Ibn Mardanish, el «rey Lobo» que resistió hasta su muerte en 1172— era almohade.
Sevilla almohade: la Giralda y el Aljibe
Los almohades trasladaron la capital andalusí a Sevilla y la convirtieron en una de las grandes ciudades del Mediterráneo del siglo XII. Bajo los califas Abu Yaqub Yusuf (1163-1184) y su hijo Yaqub al-Mansur (1184-1199) la ciudad se llenó de obra pública monumental:
- La Mezquita Aljama (1172-1198), de la que sobreviven el patio de los Naranjos y la Puerta del Perdón. La actual catedral gótica se construyó sobre su solar a partir de 1401.
- El alminar de la mezquita, terminado en 1198 por el alarife Ahmad ibn Baso: una torre de ladrillo de noventa y siete metros que sería convertida en campanario cristiano en el siglo XVI y rebautizada Giralda.
- El Aljibe, las atarazanas, los puentes de barcas y las murallas reforzadas, que dieron a Sevilla el perímetro defensivo que conservó hasta el siglo XIX.
Pese al rigor religioso, la corte almohade fue mecenas de los grandes filósofos andalusíes. Averroes (Ibn Rushd, 1126-1198) ejerció como cadí mayor de Sevilla y luego de Córdoba bajo Abu Yaqub Yusuf, y compuso bajo su patronazgo los grandes Comentarios a Aristóteles que, traducidos al latín, marcarían la escolástica europea hasta Tomás de Aquino. Maimónides (Mošé ben Maimón, 1138-1204), nacido en Córdoba, tuvo que huir de Al-Ándalus precisamente por las persecuciones almohades, pero su filosofía judía dialoga directamente con la racionalidad almorávide-almohade.
Alarcos (1195) y Las Navas (1212)
El golpe militar más espectacular del régimen almohade fue la batalla de Alarcos, librada el 19 de julio de 1195 cerca de Ciudad Real. Yaqub al-Mansur cruzó el Estrecho con un ejército combinado magrebí-andalusí, derrotó a Alfonso VIII de Castilla, recuperó las plazas de Calatrava, Caracuel y Malagón, y obtuvo el título triunfal de al-Mansur bi-llah, «el Victorioso por Dios». Castilla quedó al borde del colapso: el rey castellano firmó treguas por separado con León y Aragón para evitar el desastre total. Y los almohades llegaron a su mayor extensión: dominaban el Magreb entero, Al-Ándalus, las Baleares y mantenían tributo de varios pequeños reinos cristianos peninsulares.
Diecisiete años después, esa hegemonía se evaporó en una sola jornada. El 16 de julio de 1212, en el desfiladero de la Losa de Sierra Morena, las huestes coordinadas de Castilla, Aragón, Navarra y los caballeros de las órdenes militares —reunidas tras la cruzada predicada por el arzobispo de Toledo Rodrigo Jiménez de Rada— rompieron la línea de combate del califa Muhammad al-Nasir Miramamolín. La batalla de Las Navas de Tolosa fue la inversión simbólica de Sagrajas: el ejército almohade quedó deshecho, su califa huyó a Marrakech, los grandes pasos de Sierra Morena quedaron abiertos para el avance castellano y el Guadalquivir, sin defensa estructural, cayó en menos de cuarenta años: Córdoba en 1236 (Fernando III el Santo), Jaén en 1246, Sevilla en 1248.
El final almohade y el surgimiento del reino nazarí
Tras Las Navas, el imperio almohade entró en una espiral de crisis política. Las luchas dinásticas en Marrakech, las revueltas tribales del Atlas y la pérdida sistemática de las plazas peninsulares a manos castellanas y aragonesas reduzieron el dominio almohade hasta su disolución hacia 1248. Su sucesor magrebí, los benimerines, intentaría todavía intervenciones puntuales en la Península durante el siglo XIII tardío, pero nunca recuperaría el peso estratégico de los almohades.
En el solar andalusí emergieron las terceras taifas: pequeñas señorías locales que pactaron con la corona castellana o aragonesa según convenía. La más resistente fue la de Arjona, gobernada por el caudillo nazarí Muhammad I ibn Nasr, quien hacia 1238 trasladó su corte a Granada y fundó allí el Emirato Nazarí. Sería, durante 254 años más, el último Al-Ándalus: una pequeña taifa fronteriza, vasalla de Castilla casi desde el principio, productora de la Alhambra y de la última poesía andalusí. Cayó en 1492, siete siglos después de la conquista de 711, ante los Reyes Católicos.
El balance del siglo bereber (1086-1212)
El paréntesis almorávide-almohade transformó Al-Ándalus en tres direcciones. Demográficamente aceleró el éxodo de mozárabes y judíos andalusíes hacia el norte cristiano —Toledo y Zaragoza recibieron oleadas de refugiados que llevaron consigo cultura, técnica y comercio—; el sustrato cristiano-andalusí, que durante el califato había representado quizá un cuarto de la población, casi desapareció. Culturalmente, la persecución de la heterodoxia liquidó la creatividad de las taifas pero no impidió que las cortes almohades patrocinaran la última gran filosofía andalusí: Averroes, Maimónides e Ibn Tufayl trabajaron bajo este régimen. Militarmente, los dos imperios bereberes consiguieron lo que el califato omeya nunca había logrado: derrotar a los reinos cristianos en batalla campal —Sagrajas, Alarcos— pero sin ser capaces de transformar la victoria en consolidación territorial duradera.
La paradoja del período es la misma de cualquier dominación foránea: el ejército funcionaba, la administración funcionaba, los califas eran eficaces y temidos, pero la sociedad andalusí no se reconocía en sus dueños. Cuando los reinos cristianos peninsulares se coordinaron por primera vez —en Las Navas de Tolosa, gracias en parte a la diplomacia papal de Inocencio III—, los gobernantes almohades comprobaron que su autoridad sobre los andalusíes era frágil. La rapidez con que se derrumbó Al-Ándalus entre 1212 y 1248, comparada con los siete siglos que tardó en caer la Granada nazarí, demuestra que la presencia magrebí había erosionado más al territorio que ocho generaciones de fragmentación taifa.