Vida Cotidiana en la España Ilustrada
La España ilustrada del siglo XVIII fue el escenario de una modernización cautelosa impulsada por la nueva dinastía borbónica. Con Felipe V, Fernando VI y sobre todo Carlos III, Madrid ganó alumbrado público, alcantarillado y el Paseo del Prado; nacieron la Real Academia de la Lengua, el Jardín Botánico y las sociedades económicas de Amigos del País. Pero bajo la capa reformadora pervivían los majos y las manolas de los barrios bajos, celosos defensores de su casticismo.
En los cafés madrileños se leía la Gaceta, en las tertulias se discutía a Feijoo y a Jovellanos, y en las fiestas de Carlos III o Goya se retrataba esa España a caballo entre la peluca empolvada y la capa castiza.

Alimentación y gastronomía
El cocido madrileño se consolidó y el chocolate se convirtió en bebida nacional: se servía en jícaras en los cafés junto con bizcochos y picatostes. Los productos americanos se integraron por fin en la dieta popular: patata frita, tortilla de patatas (aunque su nombre actual es de inicios del XIX), pimiento frito, y los primeros dulces de azúcar refinado como los polvorones o mantecados. Las cortes borbónicas introdujeron gustos franceses (bechamel, foie, quesos) y la cocina conventual siguió produciendo mazapanes, yemas y rosquillas. Los aguadores seguían siendo pieza clave de Madrid, y los botilleros servían helados, horchatas y limonadas durante los veranos de la Corte.
Vivienda y vida doméstica
Madrid se transformó urbanísticamente: Carlos III mandó empedrar calles, instalar alumbrado (5.000 faroles en 1765) y recoger basuras. Los arquitectos Sabatini, Villanueva y Sachetti construyeron el Palacio Real, la Puerta de Alcalá, el Museo del Prado y los hospitales generales. Las clases acomodadas adoptaron el estilo rococó y después el neoclásico, con salones de tertulia, papeles pintados, relojes franceses y servicios de porcelana de Alcora o del Buen Retiro. En los barrios bajos (Lavapiés, El Rastro, Maravillas) vivían los majos en corralas donde todo se compartía y donde se cultivaba una identidad castiza diferenciada de los «currutacos» afrancesados.
Trabajo y oficios
La Ilustración multiplicó los oficios cualificados: cirujanos de la recién fundada Real Academia de Medicina, tipógrafos de la Imprenta Real, botánicos de las expediciones americanas (Mutis, Ruiz y Pavón), relojeros catalanes, ingenieros de caminos del Canal de Castilla, maestros de las Sociedades Económicas. Nacieron fábricas reales: tapices de Santa Bárbara (donde pintaron Goya y los Bayeu), cristal de La Granja, porcelana del Buen Retiro, paños de Brihuega, tabacos de Sevilla. Los majos y manolas vivían en cambio de oficios inestables —aguador, chispero, chulapa, florista— y se enorgullecían de no asimilarse a las modas francesas.
Ocio, fiestas y costumbres
Los cafés, importados de Francia e Italia a mediados de siglo, se convirtieron en focos de tertulia y lectura de periódicos: el Gijón, el Correo, la Fontana de Oro. La zarzuela dieciochesca (Luis Misón, Blas de Laserna) y las tonadillas escénicas, heredera de los entremeses áureos, llenaban los teatros. Los toros se modernizaron con las plazas fijas (Ronda, Sevilla, Aranjuez, Madrid) y aparecieron los primeros diestros profesionales: Pedro Romero, Costillares, Pepe-Hillo. Las verbenas de San Juan, San Pedro, San Antonio o San Isidro llenaban las praderas madrileñas, inmortalizadas en los tapices de Goya. La aristocracia ilustrada practicaba paseos en carruaje por el Prado, bailes de máscaras y tertulias científicas en palacios como Boadilla del Monte o La Alameda.
Artículos sobre Vida Cotidiana en la España Ilustrada
Alumbrado público con 5.000 faroles (1765), alcantarillado, empedrado de calles, recogida de basuras, numeración de casas, creación del Paseo del Prado, la Puerta de Alcalá y el Jardín Botánico. También fundó las Sociedades Económicas de Amigos del País.
Locales inspirados en los parisinos y londinenses donde se tomaba café, chocolate y licores mientras se leía la prensa y se conversaba de política y literatura. En Madrid destacaron La Fontana de Oro, el Correo o el del Gijón (posterior).
Habitantes castizos de los barrios bajos de Madrid (Lavapiés, Maravillas, El Rastro), orgullosos de sus costumbres tradicionales, su habla y su indumentaria (capa, redecilla, mantilla). Goya y los sainetes de Ramón de la Cruz los inmortalizaron.
El chocolate se convirtió en bebida nacional servida en cafés y casas acomodadas, y los productos americanos (patata, tomate, pimiento) se integraron definitivamente en la dieta popular. También triunfaron los helados y las horchatas en verano.