Itálica fue la primera ciudad romana fundada fuera de Italia. La levantó Publio Cornelio Escipión “el Africano” en el año 206 a.C., apenas unos días después de derrotar a los cartagineses en la batalla de Ilipa, para asentar a los veteranos heridos de su victoria. Cuatro siglos más tarde dio a Roma dos emperadores —Trajano y Adriano—, levantó el tercer anfiteatro más grande del Imperio y se convirtió en una de las ciudades más prósperas de la Bética. Hoy, sus ruinas en Santiponce (Sevilla) son uno de los yacimientos arqueológicos romanos mejor conservados de España y candidata seria a Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

La fundación de Escipión (206 a.C.)
El año 206 a.C. fue decisivo en la Segunda Guerra Púnica. En la primavera, en los campos al norte de la actual Sevilla, Escipión derrotó al ejército de Asdrúbal Giscón en la batalla de Ilipa, expulsando definitivamente a los cartagineses de la península Ibérica. Quedaban centenares de soldados itálicos heridos —procedentes de Italia central, sobre todo del Lacio y la Campania— para quienes el regreso a casa era impracticable. Escipión, en una decisión inédita en la historia romana, les asignó tierras en una colina cercana al río Guadalquivir, junto a un pequeño poblado turdetano llamado Sancti Geronti. Llamó al asentamiento Italica —”la pequeña Italia”— en homenaje a la tierra de origen de sus veteranos.
Era el primer asentamiento civil romano fuera de la propia península itálica. La decisión tendría una doble consecuencia. A corto plazo, plantó la primera semilla de romanización profunda en la Bética: los hijos de aquellos veteranos romanos y de mujeres turdetanas formaron la primera generación de hispano-romanos plenos. A largo plazo, creó una élite local —los Ulpii, los Aelii, los Trajanii— que cuatro siglos más tarde produciría dos de los emperadores más grandes de la dinastía Antonina.
La ciudad republicana: doscientos años de crecimiento silencioso
Durante los dos siglos siguientes, Itálica creció discretamente. César la elevó al rango de municipium civium Romanorum hacia el 49 a.C., concediendo a sus habitantes la ciudadanía romana plena. Augusto la consolidó como uno de los nudos administrativos del Conventus Hispalensis. Hacia el cambio de era, Itálica era ya una ciudad de unos diez mil habitantes con foro, basílica, templo capitolino, termas públicas y una próspera élite de propietarios olivareros, viticultores y comerciantes que exportaban vino, aceite y garum hacia toda la costa mediterránea.
Lo que distinguió a Itálica de otras ciudades hispano-romanas fue la concentración de élites senatoriales. Hacia el siglo I d.C., varias familias italicenses ya tenían representación estable en el Senado romano. Lucio Anneo Séneca —aunque cordobés de nacimiento— mantuvo estrechas relaciones con los círculos italicenses durante el reinado de Nerón. La acumulación de patrimonio, escaño y influencia política preparaba el terreno para lo que vendría medio siglo después: el primer emperador romano nacido fuera de Italia.
Trajano y Adriano: la cumbre del siglo II
En el año 53 d.C. nació en Itálica Marco Ulpio Trajano, hijo de un senador y general romano de la misma ciudad. Cuarenta y cinco años después, en el 98, Trajano se convirtió en el primer emperador no italiano de la historia de Roma. Su reinado (98-117) llevó al Imperio a su máxima extensión territorial: la conquista de Dacia, la incorporación de Mesopotamia, la pacificación definitiva del Danubio. Trajano fue, según el Senado romano que lo divinizó, “Optimus Princeps”, el mejor de los emperadores.
Trajano nombró sucesor a su sobrino Publio Elio Adriano, nacido en el 76 d.C., también de familia italicense aunque criado en Roma. Adriano gobernó del 117 al 138 y consolidó el legado trajano: cerró las fronteras, construyó murallas defensivas (el famoso Muro de Adriano en Britania), reformó el derecho y patrocinó las artes. Pero su gesto más visible para su ciudad natal fue el más espectacular: hacia el año 130 d.C. ordenó la construcción, junto a la Vetus Urbs republicana, de un barrio enteramente nuevo —la Nova Urbs Hadriana— con calles columnadas anchas, manzanas planificadas y mansiones aristocráticas de hasta 4.000 metros cuadrados. Es la Itálica monumental que hoy se visita: la creación personal del emperador Adriano para honrar a la patria de su familia.
El anfiteatro: tercer más grande del Imperio
El anfiteatro de Itálica, construido también bajo Adriano, fue una de las grandes obras públicas del siglo II hispano. Con sus 156 metros de eje mayor y 134 de eje menor, podía albergar a 25.000 espectadores, una cifra extraordinaria para una ciudad de unos 8.000 habitantes. Era el tercer anfiteatro más grande del Imperio Romano, sólo superado por el Coliseo de Roma (50.000) y el anfiteatro de Capua (40.000). Su capacidad excedía con mucho las necesidades de la población local, lo que indica que se utilizaba para eventos a los que acudía toda la Bética.
En él se celebraban combates de gladiadores, cacerías de fieras (venationes) y representaciones acuáticas (naumachiae) gracias a un complejo sistema de drenaje subterráneo cuya cisterna central, conservada hasta hoy, asombra todavía al visitante. En 2016 fue el escenario del Dragonpit de Desembarco del Rey en la séptima temporada de Juego de Tronos: una ironía histórica que devolvió a Itálica, por una temporada, una visibilidad cultural que no tenía desde el siglo III.
La crisis del siglo III y el abandono
La crisis general del Imperio Romano en el siglo III golpeó duramente a Itálica. La interrupción de las rutas comerciales con el norte de África y con la propia Italia, los desbordamientos cada vez más violentos del Guadalquivir —cuyo cauce se desplazaba lentamente hacia el sur—, el declive de la producción olivarera bética y, sobre todo, la pujanza de la cercana Hispalis (la futura Sevilla), mejor situada en términos de navegación fluvial, fueron despoblando lentamente la ciudad. En el siglo IV, Itálica era ya un núcleo menor; en el V, una aldea; en el VII, durante el reino visigodo, estaba prácticamente desierta salvo por una basílica cristiana y unas pocas familias campesinas.
Durante toda la Edad Media y Moderna, las ruinas de Itálica funcionaron como cantera. Sevilla, primero almohade y luego cristiana, se construyó en buena parte con piedras extraídas de la antigua ciudad romana. Mosaicos, columnas, estatuas, sillares… todo lo aprovechable salió de allí. En el siglo XVI, los humanistas sevillanos —entre ellos el inmortal Rodrigo Caro— empezaron a estudiar el yacimiento y a denunciar el expolio. La famosa elegía “A las ruinas de Itálica” de Caro, escrita hacia 1620, fijó la imagen barroca y melancólica de la ciudad: “Estos, Fabio, ay dolor, que ves ahora, campos de soledad, mustio collado, fueron un tiempo Itálica famosa”.
Redescubrimiento: las primeras excavaciones modernas (1781)
Las primeras excavaciones científicas se realizaron en 1781 por orden de Carlos III, en el marco del impulso a la arqueología propio de la Ilustración. Las dirigió Francisco de Bruna, asistente de Sevilla. Sacaron a la luz los restos del teatro y de varias mansiones. Durante el siglo XIX las excavaciones continuaron de forma intermitente. En 1912 Itálica fue declarada Monumento Nacional. En 1960 se creó el Conjunto Arqueológico, y desde entonces los trabajos no han cesado: la Nova Urbs ha sido excavada en su mayor parte, igual que el anfiteatro, las principales domus y el sistema de termas.
Hoy el yacimiento está incluido en la lista indicativa española de candidatos a Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO, y se espera que en los próximos años obtenga el reconocimiento. Las cifras de visitantes han crecido vertiginosamente desde la emisión de Juego de Tronos: de unos 200.000 anuales antes de 2017 a casi medio millón en los últimos años. Itálica vuelve a estar, dos mil años después de su fundación, en el mapa cultural europeo.
Por qué importa Itálica
Itálica no es sólo un yacimiento arqueológico hermoso: es el lugar donde se ensayó por primera vez la idea de que Roma podía existir fuera de Italia. Sin Itálica no se entiende cómo, sólo dos siglos después de su fundación, un emperador podía haber nacido en la Bética sin que nadie en el Senado lo encontrara extraño. Sin Trajano y Adriano —ambos itálicensess— no se entiende el siglo II romano, el de la máxima extensión y la prosperidad imperial. Y sin la memoria de Itálica, conservada por los humanistas barrocos y reactivada por los ilustrados, no existiría hoy uno de los pocos lugares donde aún se puede caminar por una calle romana del siglo II sin reconstrucciones modernas, viendo las mismas baldosas que pisaron los antepasados directos de los dos emperadores hispanos de Roma.
Preguntas frecuentes
Itálica se encuentra en el municipio de Santiponce, a unos 9 kilómetros al noroeste de Sevilla, en la orilla derecha del río Guadalquivir. El yacimiento es de visita libre y constituye uno de los conjuntos arqueológicos romanos más importantes de España.
Itálica fue fundada en el año 206 a.C. por Publio Cornelio Escipión "el Africano" tras vencer a los cartagineses en la batalla de Ilipa. Escipión asentó allí a sus veteranos heridos. Es la primera ciudad romana fundada fuera de Italia, lo que le da una importancia única en la historia del Imperio.
Itálica fue la patria de dos emperadores romanos: Trajano (53-117 d.C.), nacido en la propia ciudad, y Adriano (76-138 d.C.), de familia oriunda de Itálica aunque nacido en Roma. Ambos pertenecían a los Ulpii, una familia patricia hispano-romana asentada allí desde el siglo II a.C.
La ciudad inició su declive en el siglo III d.C. con la crisis del Imperio Romano. La pérdida de población, los desbordamientos del Guadalquivir y la competencia de la cercana Hispalis (Sevilla) la fueron despoblando hasta su abandono casi total en el siglo IV. Su piedra fue reutilizada durante siglos para construir Sevilla.
El conjunto incluye el anfiteatro (tercero más grande del Imperio Romano), las grandes domus residenciales con mosaicos espectaculares (Casa de los Pájaros, del Planetario, de la Exedra, de Neptuno), el teatro romano, la red de calles columnadas de la Nova Urbs de Adriano, las termas y restos de templos. La entrada es gratuita para ciudadanos de la UE.