Cuando el 15 de octubre del año 961 Al-Hakam II heredó el trono califal tras la muerte de su padre Abd al-Rahman III, recibió un imperio pacificado, una capital esplendorosa y una obsesión personal que daría a Al-Ándalus su momento intelectual más alto: los libros. Durante los quince años de su reinado (961-976), el nuevo califa convirtió a Córdoba en el mayor centro bibliófilo del mundo conocido, reuniendo en su biblioteca palatina una colección que, según las crónicas, alcanzó los cuatrocientos mil volúmenes, en una época en la que las mejores bibliotecas monásticas europeas apenas reunían cuatrocientos.

Al-Hakam II fue un califa distinto al paradigma guerrero de su padre: prefería el scriptorium al campo de batalla, la caligrafía a la estrategia, y reunió en torno a sí una corte de sabios y traductores que sentó las bases de la transmisión del saber clásico al Occidente medieval.
Un príncipe educado para gobernar los libros
Desde su infancia en el Alcázar de Córdoba, Al-Hakam recibió una educación excepcional: teología, derecho maliki, filología árabe, poesía preislámica, matemáticas y astronomía. Tenía cuarenta y seis años cuando accedió al trono, lo que para los estándares medievales era una madurez completa. A diferencia de su padre, que había firmado sus cartas con sobriedad soldadesca, Al-Hakam escribía en persona anotaciones marginales en los manuscritos de su biblioteca y corregía con tinta propia las traducciones y copias. Ibn Hayyan, el cronista que mejor lo conoció, escribe que «ningún libro llegaba a Córdoba sin que el califa lo leyera o hiciera leer antes que él lo vieran los sabios».
La biblioteca: cuarenta catálogos, mil copistas
La biblioteca palatina de Medina al-Zahra y del Alcázar de Córdoba contaba, según las fuentes, con una organización administrativa comparable a la de las grandes bibliotecas abbasíes de Bagdad. Cuarenta y cuatro volúmenes formaban el solo catálogo: cada tomo clasificaba los libros por materias —gramática, medicina, filosofía, jurisprudencia, astronomía, poesía, historia— y consignaba autor, título, incipit y explicit.
Compradores en todo el Mediterráneo
Al-Hakam mandaba emisarios con bolsas de dinares a Alejandría, Damasco, Bagdad, El Cairo y Kairuán para adquirir manuscritos raros, a veces incluso antes de que se hubieran difundido en sus ciudades de origen. El copista y poeta Abu l-Faraj al-Isfahani recibió, desde Bagdad, mil dinares de oro por hacer llegar a Córdoba el primer ejemplar completo de su monumental Kitab al-Aghani («Libro de las Canciones») antes de que circulara en Oriente. Las crónicas mencionan también que ningún autor vivo podía publicar un libro en el mundo islámico sin que un agente cordobés intentara comprarlo.
Talleres de copia y traducción
En Córdoba trabajaban a tiempo completo más de quinientos copistas profesionales —muchos de ellos mujeres cultas, según atestigua Ibn Said al-Maghribi—, calígrafos, encuadernadores e iluminadores. Una comisión de traductores judíos, cristianos y musulmanes vertía al árabe obras griegas, siríacas y latinas. Gracias a este esfuerzo colectivo se conservaron en Al-Ándalus tratados que en Bizancio o el Levante habrían desaparecido: textos de Galeno, Dioscórides, Aristóteles, Euclides, Ptolomeo, Hipócrates o Teofrasto fueron copiados, traducidos y anotados en la capital califal.
La Mezquita: la gran ampliación de Al-Hakam II
La obra arquitectónica más visible del reinado fue la tercera ampliación de la Gran Mezquita cordobesa, acometida entre 961 y 966. Al-Hakam encargó doce nuevas naves hacia el sur y, sobre todo, el rediseño del mihrab, el nicho que indica la qibla orientada a La Meca. El mihrab de Al-Hakam es hoy considerado una de las obras cumbre de la arquitectura islámica: planta octogonal, cúpula gallonada, mosaicos bizantinos en fondo dorado con inscripciones coránicas en árabe cúfico.
Los mosaicos bizantinos
Para los mosaicos, el califa solicitó al emperador bizantino Nicéforo II Focas —con quien mantenía relaciones diplomáticas— el envío de un maestro mosaiquista y varios quintales de teselas de vidrio dorado. La petición fue aceptada y, durante dos años, artistas bizantinos enseñaron a los artesanos cordobeses la técnica del mosaico parietal con fondo de oro, procedimiento casi desaparecido en el Occidente latino. El resultado es una rareza mundial: una obra islámica ejecutada con técnica bizantina en un escenario visigodo-romano. El mihrab sigue siendo, diez siglos después, una de las piezas arquitectónicas más deslumbrantes de Europa.
La corte de sabios
Al-Hakam II reunió en torno a su biblioteca y su corte a una generación de sabios excepcionales. Al-Qurtubi, médico y autor del Kitab al-Tabih; Hasday ibn Shaprut, judío sefardí, diplomático y médico, que tradujo junto a monjes cristianos el De Materia Medica de Dioscórides; Abu l-Qasim al-Zahrawi («Abulcasis»), cirujano autor del Kitab al-Tasrif, enciclopedia médica de treinta volúmenes que fue manual de referencia en las universidades europeas hasta el siglo XVII; y Maslama al-Mayriti, astrónomo toledano que reformuló las tablas astronómicas de al-Juarismi para el meridiano cordobés. Sin el mecenazgo de Al-Hakam, ninguna de estas obras habría sido posible.
Las mujeres cultas de la corte
Córdoba durante el reinado de Al-Hakam II albergó una vida intelectual femenina comparable a la de pocas cortes medievales. Lubna de Córdoba, esclava liberada, secretaria personal del califa, era experta en gramática, métrica y matemáticas, y se encargaba de redactar documentos oficiales. Fátima, copista mayor, dirigía un taller exclusivamente femenino de copia de manuscritos. Aisha bint Ahmad al-Qurtubiyya, poetisa y calígrafa, componía versos que Al-Hakam hacía copiar y circular. Esta visibilidad no fue excepción: la Córdoba del siglo X fue, en términos estrictamente culturales, una sociedad con mayor permeabilidad al talento femenino que la mayor parte de la Europa contemporánea.
El crepúsculo: enfermedad y la sombra de Almanzor
Al-Hakam, de constitución delicada, enfermó gravemente en sus últimos años. Una hemiplejía lo dejó postrado y debió delegar cada vez más funciones en su mano derecha, Muhammad ibn Abi Amir, un joven ambicioso que pasaría a la historia como Almanzor. Cuando Al-Hakam murió el 1 de octubre de 976, su hijo Hisham II tenía apenas once años. La regencia pasó a manos de Almanzor, que veinte años después, en un gesto simbólico que sintetiza el giro militarista del califato, ordenó quemar en público buena parte de los libros de la biblioteca de Al-Hakam —los tratados filosóficos, los textos griegos, todo lo que los teólogos maliki consideraban «peligroso»— para ganarse el favor del clero ortodoxo.
El legado
A pesar de aquella purga y del saqueo definitivo de la biblioteca en la fitna de 1010-1013, miles de manuscritos sobrevivieron: algunos fueron trasladados al Magreb, otros cayeron en manos de los reyes taifas que los llevaron a Toledo, Sevilla o Zaragoza. Cuando Alfonso VI conquistó Toledo en 1085, encontró la biblioteca real taifa llena de códices andalusíes —restos de la colección de Al-Hakam II—, muchos de los cuales darían lugar, un siglo después, a la escuela de traductores toledana que devolvería Aristóteles, Galeno y Ptolomeo al Occidente latino.
Sin los cuatrocientos mil volúmenes de Al-Hakam II, sin los copistas y traductores de Córdoba, sin el mihrab de su Mezquita y sin la corte de sabios que protegió, la historia cultural de Europa habría sido otra. El califato cordobés del siglo X —brillante, tolerante, bibliófilo— conservó y transmitió al Occidente medieval una parte esencial de la herencia griega, persa y siríaca que, de otro modo, probablemente se habría perdido para siempre.
Preguntas frecuentes
Califa de Córdoba (961-976), hijo y sucesor de Abd al-Rahman III. Reinó quince años y convirtió Córdoba en el mayor centro bibliográfico del mundo conocido. Impulsó la cultura, la ciencia y las letras como ningún otro monarca andalusí, y dejó casi terminada la tercera ampliación de la Gran Mezquita.
Según las crónicas, 400.000 volúmenes. El solo catálogo ocupaba 44 tomos. Para ponerlo en perspectiva, la mayor biblioteca europea cristiana del momento —Saint-Gall en Suiza— apenas reunía 600 volúmenes. Era, con diferencia, la mayor acumulación bibliográfica del mundo occidental medieval.
Enviaba emisarios con bolsas de dinares a Alejandría, Damasco, Bagdad, El Cairo y Kairuán. Al poeta bagdadí Abu l-Faraj al-Isfahani le pagó mil dinares de oro por ser el primero en recibir copia de su Kitab al-Aghani, antes de que circulara en Oriente.
Veinte años después de la muerte de Al-Hakam, el regente Almanzor quemó públicamente buena parte de los fondos —filosofía, astronomía, ciencias griegas— para ganarse el favor del clero malikí ortodoxo. El resto se dispersó tras la caída del califato en 1031 y parte sobrevivió en bibliotecas taifas.
El nicho principal de la qibla de la Gran Mezquita de Córdoba, rediseñado por Al-Hakam entre 961 y 966. Tiene planta octogonal, cúpula gallonada y mosaicos bizantinos en fondo dorado. El emperador Nicéforo II Focas envió un maestro mosaiquista y teselas de Constantinopla para decorarlo.