Adriano: el Emperador Hispano de Itálica que Construyó el Muro y el Panteón (76-138)

Publio Elio Adriano (76-138 d.C.)

El 11 de agosto del año 117 d.C., en la antigua ciudad cilicia de Selinunte —en la actual costa turca—, moría tras una corta enfermedad el emperador Trajano, vencedor de los dacios y artífice del Imperio Romano más extenso de la historia. Junto a su lecho, su esposa Plotina y el prefecto del pretorio Acilio Atiano hacían leer al senado un testamento adoptivo que designaba sucesor a un sobrino segundo del difunto: Publio Elio Adriano, también nacido en Itálica, gobernador de Siria, militar curtido en las guerras dacias y partas, y posiblemente —según las crónicas más críticas— autor él mismo del falso testamento. Adriano tenía 41 años. Reinaría hasta el 138 y dejaría el Imperio profundamente transformado: del modelo expansivo de Trajano al modelo defensivo y administrativo que sostendría a Roma durante los siglos II y III.

Busto en mármol del emperador Adriano, hallado en Anzio, Museos Capitolinos de Roma
Busto en mármol del emperador Adriano (siglo II d.C.), procedente de Anzio. Museos Capitolinos, Roma. Foto: Marie-Lan Nguyen, dominio público.

Adriano fue el segundo emperador hispano consecutivo, el más cosmopolita de los Antoninos y, probablemente, el más cultivado de toda la historia imperial: arquitecto de Tívoli, helenista convencido, viajero infatigable —recorrió personalmente las cuatro esquinas de su imperio—, codificador del derecho romano y constructor del muro de las Britanias que aún lleva su nombre. Su reinado de veintiún años marca el punto más alto de la pax romana y, simultáneamente, su transición silenciosa hacia los problemas de fondo que estallarían un siglo después.

Busto en mármol del emperador Adriano, hallado en Anzio, Museos Capitolinos de Roma
Busto en mármol del emperador Adriano (siglo II d.C.), procedente de Anzio. Museos Capitolinos, Roma. Foto: Marie-Lan Nguyen (dominio público).

Itálica: el origen hispano

Adriano nació el 24 de enero del año 76 d.C. La fuente más segura —la Historia Augusta— lo sitúa en Roma, en una casa de la familia paterna, pero las inscripciones epigráficas y las propias palabras del emperador apuntan a Itálica, en la Bética, hoy Santiponce (Sevilla). Itálica era una colonia fundada en 206 a.C. por Escipión el Africano para asentar veteranos italianos tras las guerras púnicas; allí se había instalado en el siglo I d.C. la rama hispana de la gens Ulpia y la gens Aelia, ambas familias de aristocracia provincial enriquecida por la producción de aceite y vino.

Su padre, Publio Elio Afro, era senador y primo segundo de Trajano. Murió cuando Adriano tenía diez años, dejándolo bajo la tutela del propio Trajano —entonces general en Germania— y de un caballero de Itálica, Acilio Atiano. La vida del joven se dividió entre Itálica, donde pasó los años 86-90, y Roma, adonde Trajano lo llamó al cumplir los catorce años para integrarlo en su carrera senatorial.

Las fuentes coinciden en que Adriano hablaba latín con marcado acento bético hasta los veinte años, lo que le valía las burlas de los aristócratas romanos. Los grafiti hispano-romanos lo recogen como uno de los suyos: las inscripciones béticas posteriores se referirían a él como noster Hadrianus, «nuestro Adriano». Junto a Trajano consolidó el llamado «círculo bético» de la corte imperial: senadores hispanos como Lucio Licinio Sura, Marco Aurelio Cota Maximo y el propio Acilio Atiano, que dominaron la política imperial durante medio siglo.

La carrera militar: dacios, partos, Britania

El cursus honorum de Adriano fue convencional pero brillante: tribuno militar a los 19 años (en Panonia, año 95), cuestor en Roma (101), tribuno de la plebe (105), pretor (107), legado de la Pannonia Inferior (107-108), cónsul (108), arconte de Atenas (112-113), gobernador de Siria (117). En cada uno de estos cargos acompañó —o fue precedido por— las grandes campañas de Trajano:

  • Guerras dacias (101-102, 105-106): Adriano sirvió como legado, participó en la conquista del reino de Decébalo y posiblemente en el asalto final a la capital Sarmizegetusa.
  • Campaña parta (114-117): Trajano había anexionado Armenia, Mesopotamia y Asiria, llevando las fronteras imperiales hasta el golfo Pérsico. Adriano gobernaba Siria como retaguardia logística cuando Trajano enfermó y emprendió el regreso a Roma.

Cuando Trajano murió en agosto de 117, Adriano se proclamó emperador en Antioquía con el respaldo del ejército oriental. Su primera decisión —audaz, polémica— fue evacuar las provincias recién conquistadas en la guerra parta: Armenia, Asiria y Mesopotamia. Las fronteras volvían al Éufrates. La razón oficial fue militar: las nuevas provincias eran indefendibles. La razón política fue otra: Adriano no quería sostener la política expansiva de su antecesor. El Imperio, decía, había crecido más allá de lo administrable.

El Limes: la doctrina defensiva

La marca distintiva del reinado de Adriano fue la fortificación sistemática de las fronteras. El símbolo es el Vallum Hadriani —el muro de Adriano—, construido entre 122 y 128 a través del norte de la actual Inglaterra, de costa a costa: 117 kilómetros de muralla de piedra de seis metros de altura, con torres cada milla romana y fortines mayores cada cinco millas. Su función no era impedir invasiones masivas —los pueblos pictos del norte no las hacían— sino regular el tránsito comercial, controlar la trashumancia y marcar simbólicamente el final del Imperio.

Doctrinas similares aplicó Adriano en otras fronteras:

  • Limes germánico: reforzó la línea de empalizada y fortines a lo largo del Rin y del Danubio, completando lo iniciado por Domiciano.
  • Limes africano: fortificó la frontera norteafricana contra los nómadas garamantes y mauros, con el sistema de oasis-fortaleza que sostendría la pacificación del Magreb durante un siglo.
  • Limes oriental: tras la retirada de las provincias trajaneas, fortificó las nuevas fronteras del Éufrates con una red de campamentos y bases legionarias.

La política implicaba un cambio de fondo: el ejército dejaba de ser una fuerza expansiva y se convertía en guarnición permanente de fronteras. Las legiones ya no maniobraban como cuerpos móviles: cada una se asentaba en un campamento fijo, los soldados se casaban con mujeres locales, los hijos crecían bilingües, y las propias unidades se «provincializaban». Era el modelo que sostendría al Imperio dos siglos pero también, a la larga, lo que lo haría vulnerable a invasiones rápidas y coordinadas.

El emperador viajero

Adriano gobernó viajando. De los 21 años de reinado, pasó al menos doce fuera de Roma, recorriendo personalmente todas las provincias del Imperio en dos grandes giras:

  • Primera gira (121-125): Galia, Germania, Britania (donde inauguró el muro), Hispania —pasó el invierno del 122-123 en Tarraco, donde recibió a las elites provinciales hispanas— y norte de África.
  • Segunda gira (128-132): Atenas (donde residió un año entero entre 128 y 129, presidió las celebraciones panhelénicas y se inició en los misterios de Eleusis), Asia Menor, Siria, Egipto (donde su amante Antínoo se ahogó en el Nilo en circunstancias misteriosas), Judea.

En cada provincia inspeccionaba personalmente las fortificaciones, las legiones, las cuentas, la administración judicial. Sancionaba a los gobernadores corruptos, recibía a las élites locales, oía a los habitantes en audiencias abiertas. Hispania y Atenas fueron sus dos ciudades favoritas; en ambas hizo construir templos, foros, bibliotecas y bibliotecas. Roma misma fue, paradójicamente, una de las ciudades que menos visitó: el Senado se quejaba en privado de que el emperador prefería las provincias.

Tívoli, el Panteón y el helenismo imperial

Adriano fue el emperador-arquitecto. Sus dos grandes obras públicas son:

  • El Panteón de Roma (118-128), reconstrucción total del templo agripino con la cúpula de hormigón cerámico de 43 metros de diámetro —la mayor del mundo antiguo— y el oculus central. Sigue intacta. Ningún edificio cubierto ha igualado su luz cenital ni su acústica hasta el siglo XX.
  • La Villa Adriana de Tívoli (118-138), residencia imperial de campo, complejo de 120 hectáreas con réplicas miniaturizadas de los lugares más amados del emperador: el Liceo y la Academia de Atenas, el Pecile estoico, el Canopo egipcio, las Stoa Pecile. La excavación arqueológica iniciada en el siglo XVI por el Renacimiento italiano —Rafael, Miguel Ángel— extrajo cientos de esculturas que hoy se reparten entre los Museos Capitolinos, el Vaticano, el Prado y el Louvre.

Adriano fue además profundamente helenófilo. Hablaba griego perfectamente, escribía poesía en griego, asistió a competiciones atléticas y filosóficas, se hizo iniciar en los Misterios de Eleusis, y reconstruyó Atenas restaurando templos olvidados —el Olimpieion, terminado por él 638 años después de iniciado— y fundando una nueva ciudadela, Adrianópolis, en lo que es hoy el barrio ateniense de Plaka. Su barba —cosa rarísima entre los emperadores romanos hasta entonces, casi todos rasurados— era una declaración de helenismo. Después de él, los emperadores romanos del siglo II llevarían barba.

La Guerra de Bar Kojba (132-135)

El único conflicto militar serio de su reinado fue la Tercera Guerra Judía. Tras visitar Judea en 130, Adriano decidió fundar una colonia romana sobre las ruinas de Jerusalén —arrasada por Tito en el año 70—: la llamó Aelia Capitolina, edificó un templo a Júpiter sobre el monte del Templo y prohibió la circuncisión, considerándola mutilación bárbara. Era una provocación deliberada o, al menos, una insensibilidad cultural extrema.

La revuelta estalló en 132 bajo el liderazgo de Simón bar Kojba —«hijo de la estrella», título mesiánico— y del rabino Aquiba. Durante tres años, los rebeldes controlaron buena parte de Judea y emitieron moneda propia. Adriano envió al mejor general del Imperio, Sexto Julio Severo, traído desde Britania, con seis legiones. La represión fue brutal: medio millón de muertos según Dión Casio, mil aldeas destruidas, los supervivientes vendidos como esclavos en los mercados de Gaza y Egipto. La provincia se renombró Syria Palaestina —de ahí, Palestina—; los judíos fueron expulsados de Jerusalén, prohibidos de entrar so pena de muerte. Era el inicio del exilio histórico del pueblo judío de su tierra.

La sucesión y la muerte (138)

Adriano enfermó hacia 136 de una afección cardíaca y de hidropesía. Sin descendencia legítima, adoptó como sucesor a Lucio Ceyonio Cómodo, quien murió antes que él en enero de 138. Adriano adoptó entonces a un senador discreto y honesto, Antonino Pío, con la condición de que este adoptara a su vez al joven Marco Aurelio. La cadena de adopciones —el llamado «sistema antoniniano»— prolongó la sucesión imperial estable durante medio siglo, hasta el final de Marco Aurelio en 180. El propio Maquiavelo, mil quinientos años después, lo presentaría como modelo de sucesión política racional en El Príncipe.

Adriano murió en su villa de Bayas, junto al golfo de Nápoles, el 10 de julio de 138, a los 62 años. Su cuerpo fue trasladado a Roma e inhumado en un mausoleo nuevo —el actual Castel Sant’Angelo—, construido por él mismo como tumba dinástica. Su epitafio era el poema más célebre escrito por un emperador romano: Animula vagula blandula / hospes comesque corporis…, «alma errante, suave, huésped y compañera del cuerpo, dónde irás ahora, pálida, rígida, desnuda…». Marguerite Yourcenar lo eligió como apertura de las Memorias de Adriano (1951), la novela que devolvió a este emperador hispano un lugar central en la imaginación literaria del siglo XX.

El balance: el segundo emperador bético

Bajo Adriano, el Imperio Romano alcanzó su punto de equilibrio: lo bastante extenso para ser cosmopolita, lo bastante administrado para ser estable, lo bastante helenizado para ser intelectualmente vivo. La política de fortificaciones que él inició cerraría el ciclo expansivo trajano y abriría el ciclo defensivo que sostendría a Roma hasta el siglo IV. Su impulso al derecho —encargó al jurista Salvio Juliano la redacción del Edicto Perpetuo, primer corpus normativo unificado de la administración pretoria— sería el cimiento del Derecho Romano clásico que Justiniano codificaría cuatro siglos más tarde.

Para Hispania, Adriano y Trajano significaron la integración política plena: por primera y única vez, durante 21 años (98-117 con Trajano y 117-138 con Adriano), una provincia periférica daba dos emperadores consecutivos al Imperio. Fue la cumbre de la romanización bética y, simbólicamente, la prueba de que la Hispania romana ya no era una provincia: era el corazón del Mediterráneo civilizado. Ningún otro periodo histórico, hasta Carlos V, le devolvería a la Península ese papel.