Tarraco fue la primera capital romana de Hispania. La fundaron los hermanos Cneo y Publio Cornelio Escipión en el año 218 a.C. como base naval para abrir el frente hispano contra los cartagineses durante la Segunda Guerra Púnica, y a partir de ese momento no dejaría nunca de ser el centro político y administrativo de la mayor provincia del Imperio Romano. Dio nombre a la Hispania Tarraconensis, hospedó al emperador Augusto durante dos años, fue el primer foco del culto imperial en Hispania y conserva hoy uno de los conjuntos urbanos romanos más completos del Mediterráneo, Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde el año 2000.

Los Escipiones: el frente español de la guerra contra Cartago (218 a.C.)
En el verano del 218 a.C., con Aníbal cruzando los Alpes hacia Italia, el Senado romano envió a Hispania a los hermanos Cneo y Publio Cornelio Escipión con cuatro legiones y la misión de cortar las rutas de abastecimiento cartaginesas hacia la Península Itálica. Desembarcaron en Emporion (Ampurias), avanzaron por la costa y eligieron un emplazamiento estratégico para establecer su base permanente: una colina de unos sesenta metros sobre el mar, junto a la desembocadura del río Francolí, en lo que los iberos llamaban Tarrakon o Kese. La elección era impecable. La colina ofrecía visibilidad sobre toda la costa, puerto natural en la bahía, control de la única ruta terrestre entre la Galia Narbonense y el sur peninsular, y agua abundante de los manantiales del entorno.
Lo primero que levantaron fue un cinturón defensivo de murallas ciclópeas, hechas con bloques megalíticos de hasta cuatro metros de longitud reaprovechados de la construcción ibérica anterior. Esas murallas —que aún se conservan parcialmente y son consideradas las construcciones romanas más antiguas fuera de Italia— protegieron a Tarraco durante toda la Segunda Guerra Púnica y se mantuvieron operativas, con refacciones sucesivas, hasta el siglo XV. Cuando finalmente Aníbal fue expulsado de Italia en el 204 a.C. y Escipión el Africano derrotó a Asdrúbal en Itálica ese mismo año, Tarraco era ya el centro logístico de toda la presencia romana en Hispania.
Capital de la Hispania Citerior
Cuando Roma organizó administrativamente la nueva conquista, dividió Hispania en dos provincias: la Citerior (la más próxima a Italia) y la Ulterior (la más lejana). Tarraco fue, automáticamente, la capital de la Citerior, una vasta provincia que incluía toda la costa mediterránea española, el valle del Ebro, parte de la Meseta y, hacia el norte, las estribaciones pirenaicas. César la elevó a la categoría de Colonia Iulia Urbs Triumphalis hacia el 45 a.C., concediendo a sus habitantes el rango de ciudadanos romanos plenos por su lealtad en la guerra civil contra los pompeyanos hispanos. Augusto, después, reorganizó la provincia ampliándola enormemente: la nueva Hispania Tarraconensis ocupaba dos tercios de la península, desde Galicia hasta el sureste alicantino, y era —en superficie— una de las dos provincias más grandes del Imperio Romano junto con Egipto.
Como capital provincial, Tarraco era sede del legado imperial —el gobernador militar nombrado por Roma—, del consejo provincial, de la mayor concentración militar romana en la península y del culto imperial. La ciudad tenía dos foros distintos: el foro de la colonia, urbanístico y comercial, en la parte baja; y el foro provincial, monumental y administrativo, en la parte alta de la ciudad, dominando el horizonte con un templo a Augusto, una basílica de justicia, el palacio del gobernador y un enorme recinto sagrado de unos 18 hectáreas. Era, después de la propia Roma, uno de los conjuntos urbanos imperiales más impresionantes del Mediterráneo occidental.
Augusto en Tarraco (26-25 a.C.): cuando un emperador gobernó desde Hispania
El verano del 26 a.C., el emperador Augusto llegó a Tarraco al frente de la campaña militar más ambiciosa de su reinado: la conquista final de los cántabros y astures del norte peninsular. Durante dos años, hasta el invierno del 25-24 a.C., Tarraco fue la capital efectiva del Imperio Romano: el lugar desde el que un Augusto convaleciente despachaba con los gobernadores de todas las provincias, recibía embajadas extranjeras, firmaba leyes y dirigía operaciones militares en la cordillera Cantábrica. Era la primera vez —y casi la única— en la historia romana que un emperador residía durante un periodo largo en una ciudad provincial fuera de Italia.
Aquella estancia transformó a la ciudad. Las élites tarraconenses recibieron honores, mandatos provinciales y senadurías; los proyectos urbanísticos imperiales —el nuevo foro alto, el primer templo a Augusto, las obras del puerto— recibieron financiación directa del fisco; la red de calzadas hispanas se reorganizó tomando Tarraco como nudo central. Cuando Augusto regresó a Roma, dejó a Tarraco convertida en la segunda ciudad del Imperio en prestigio cívico, sólo por detrás de la capital. Y cuando, en el año 14 d.C., el emperador murió en Nola, los tarraconenses fueron los primeros provinciales en levantarle un templo: en el año 15 dedicaron a Augusto divinizado el primer templo del culto imperial de Hispania, en lo que es hoy la catedral de Tarragona, sobre cuyos cimientos romanos se levantó posteriormente la sede episcopal medieval.
El gran anfiteatro y los mártires cristianos (siglo III)
El anfiteatro de Tarraco, construido en el siglo II d.C. junto al mar —en uno de los emplazamientos más espectaculares de la arqueología romana— podía albergar a unos catorce mil espectadores. Era el escenario habitual de los combates de gladiadores y las cacerías de fieras. Pero su fama posterior la marcaría un episodio muy distinto: el 21 de enero del 259 d.C., durante la persecución del emperador Valeriano, el obispo de Tarraco San Fructuoso y sus dos diáconos Augurio y Eulogio fueron quemados vivos en la arena del anfiteatro, acusados de no realizar los sacrificios a los dioses imperiales. La descripción detallada de su martirio —el Passio Fructuosi— es uno de los primeros documentos cristianos de la Hispania romana y se considera, históricamente, la fundación del cristianismo organizado en la península.
Más tarde, en el siglo VI, los visigodos cristianizados convirtieron los restos del propio anfiteatro en una basílica martirial dedicada a Fructuoso, construyéndola dentro del óvalo de la arena con sus mismos sillares romanos. Es uno de los pocos lugares del mundo donde se puede ver un edificio que pasó, en cuatrocientos años, de coliseo de gladiadores a iglesia cristiana sobre el mismo emplazamiento físico.
El acueducto del Pont del Diable y las obras públicas
Para abastecer de agua a una capital de más de treinta mil habitantes, los ingenieros romanos construyeron un acueducto de 25 kilómetros desde las captaciones del río Francolí. La obra más espectacular del trazado —y una de las grandes obras hidráulicas romanas conservadas en España, junto al acueducto de Segovia y los acueductos de Mérida— es el llamado Pont del Diable: un puente-acueducto de dos pisos de arcos, 217 metros de longitud y 26 metros de altura, situado a unos cuatro kilómetros al norte del centro urbano. Fue construido en el siglo I d.C., probablemente bajo Augusto o Tiberio. La leyenda popular medieval atribuía la obra al diablo, convencida de que ningún ser humano podía haber levantado semejante estructura sin ayuda sobrenatural.
El circo romano: las carreras de carros en el corazón de la ciudad
En el siglo I d.C., los flavianos construyeron en Tarraco un circo romano destinado a las carreras de carros, situado en la zona central de la ciudad alta —entre el foro provincial y la zona residencial. Tenía 325 metros de longitud y podía albergar a unos veinticinco mil espectadores. Es uno de los pocos circos romanos cuyos restos sustanciales han sobrevivido en una ciudad viva: cuando la Tarragona medieval se reconstruyó sobre las ruinas romanas, el circo fue rellenado de tierra y aprovechado como base para casas y palacios urbanos. Hoy, en pleno casco antiguo, varios sótanos privados —ahora visitables como yacimiento arqueológico— conservan las gradas, las cisternas y los pasillos subterráneos por donde los carros entraban a la arena.
Sede episcopal, capital visigoda, abandono
La crisis del siglo III golpeó a Tarraco con dureza, pero la ciudad sobrevivió a la transición al Bajo Imperio gracias a su consolidación como sede episcopal cristiana. En el siglo V, mientras el Imperio Occidental se desmoronaba, Tarraco seguía siendo la capital política del nordeste peninsular bajo los gobernadores romanos y, después, bajo los visigodos. El concilio provincial tarraconense convocaba en el siglo VI a obispos de toda la antigua provincia. La caída definitiva llegó con la invasión musulmana de 714: las tropas de Muza ibn Nusayr arrasaron la ciudad y, a diferencia de otras capitales hispanas, Tarraco quedó prácticamente despoblada. Durante tres siglos —del VIII al XI— el conjunto monumental romano funcionó como cantera para Tortosa, Lleida y Barcelona. La ciudad no se repobló en serio hasta la reconquista catalana del siglo XI.
Patrimonio de la Humanidad (2000)
En noviembre del año 2000, el conjunto arqueológico de Tarraco fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO bajo la denominación “Ensemble archéologique de Tarraco”. La declaración cubre las murallas ciclópeas del siglo III a.C., el foro provincial, el foro de la colonia, el anfiteatro, el circo, el acueducto del Pont del Diable, las villas romanas suburbanas (Centcelles, Els Munts), la Torre de los Escipiones, el arco de Bará y la cantera del Mèdol. Es el reconocimiento internacional de lo que las élites romanas comprendieron veintidós siglos antes: que el lugar donde los Escipiones eligieron desembarcar en el 218 a.C. estaba destinado a ser durante medio milenio uno de los centros de la civilización mediterránea, y que sus ruinas, dos mil años después, siguen contando esa historia mejor que casi cualquier otro lugar de Europa occidental.
Preguntas frecuentes
Tarraco fue fundada en 218 a.C. por Cneo y Publio Cornelio Escipión como base naval de operaciones para abrir el frente hispano contra los cartagineses durante la Segunda Guerra Púnica. Era el primer establecimiento militar romano permanente fuera de Italia. La ciudad se levantó sobre un poblado ibérico preexistente (Tarrakon o Kese).
Tres razones: (1) fue la primera capital romana de Hispania y dio nombre a la Tarraconensis, la mayor provincia del Imperio; (2) hospedó al emperador Augusto durante dos años (26-25 a.C.) como sede de gobierno imperial; (3) fue el centro religioso del culto imperial en Hispania desde el año 15 d.C.
El conjunto Patrimonio UNESCO incluye: las murallas ciclópeas del siglo III a.C. (las más antiguas obras romanas fuera de Italia), el anfiteatro junto al mar, el circo romano bajo el casco antiguo, el foro provincial y el foro de la colonia, el acueducto del Pont del Diable, la Torre de los Escipiones, el arco de Bará y varias villas romanas con mosaicos.
Tarraco era la capital de la Hispania Citerior y ofrecía tres ventajas estratégicas: comunicación marítima directa con Roma e Italia, posición central en el Mediterráneo occidental para dirigir las operaciones de las Guerras Cántabras, y prestigio cívico acumulado tras dos siglos de existencia como capital provincial. Era la ciudad romana más importante de Hispania.
El conjunto arqueológico de Tarraco fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en el año 2000. La declaración reconoce que Tarraco es uno de los testimonios más completos y mejor conservados del urbanismo romano provincial en el Mediterráneo occidental, con monumentos abarcando desde el siglo III a.C. hasta el siglo IV d.C.