La romanización de Hispania fue un proceso lento, desigual y sangriento que se extendió durante casi doscientos años, entre el desembarco de Cneo Cornelio Escipión en Ampurias (218 a.C.) y el final de las guerras cántabras con Augusto (19 a.C.). En ese lapso, Roma convirtió a la Península Ibérica —que hasta entonces era un mosaico de pueblos celtas, íberos, tartesios, lusitanos y cartagineses— en una de las provincias más importantes del Imperio, productora de oro, plata, aceite, vino y, con el tiempo, también de emperadores.

Esta fue la conquista más prolongada que Roma acometió en todo su imperio: ninguna otra provincia —ni las Galias, ni Britania, ni Dacia— exigió tanto tiempo ni tanto esfuerzo militar. Titus Livio, Polibio, Apiano y Estrabón dejaron testimonio de campañas durísimas contra pueblos indomables, especialmente celtíberos, lusitanos y cántabros, cuya resistencia obligó a Roma a desplegar a lo largo de las décadas a algunos de sus mejores generales: Escipión el Africano, Catón el Viejo, Tiberio Graco, Quinto Cecilio Metelo, Escipión Emiliano, Julio César y, finalmente, el propio Augusto.
El desembarco en Ampurias: la Segunda Guerra Púnica (218 a.C.)
Roma llegó a Hispania empujada por la Segunda Guerra Púnica. Tras el ataque de Aníbal a Sagunto en 219 a.C., los romanos decidieron abrir un segundo frente desembarcando en la colonia griega de Ampurias, al norte de la Tarraconense. El objetivo inicial no era conquistar la península sino cortar los suministros de los cartagineses, que dominaban el sur y el este ibéricos desde la fundación de Cartago Nova (Cartagena) en 228 a.C.
La campaña de los Escipiones
Cneo y Publio Escipión, los hermanos que inauguraron la presencia romana en Hispania, cayeron en 211 a.C. en sendas emboscadas cartaginesas cerca del Baetis (Guadalquivir). Su sustituto fue el joven Publio Cornelio Escipión —apenas veinticinco años—, quien en 209 a.C. sorprendió al mundo con la toma relámpago de Cartago Nova por asalto simultáneo desde tierra y desde la laguna interior. La batalla de Ilipa (206 a.C.) selló la expulsión cartaginesa. Tras Zama, Roma conservó Hispania y la convirtió en 197 a.C. en dos provincias: Citerior (Tarraconense) y Ulterior (Baetica).
Celtíberos y lusitanos: medio siglo de guerras (197-133 a.C.)
La resistencia de los pueblos interiores fue feroz. En 155 a.C. estallaron simultáneamente las guerras celtibérica y lusitana. Viriato, el pastor lusitano convertido en caudillo, mantuvo en jaque a varios cónsules durante ocho años (147-139 a.C.), derrotando a los romanos en las tórridas guerras de guerrillas de la Bética y Lusitania. Solo la traición: Roma sobornó a tres compañeros suyos que lo asesinaron mientras dormía. Cuenta la leyenda que, cuando los traidores reclamaron la recompensa, el cónsul Servilio Cepión respondió con la frase que ha quedado para la historia: «Roma no paga a traidores».
Numancia: el asedio definitivo (134-133 a.C.)
La ciudad celtibérica de Numancia, en la actual provincia de Soria, resistió durante veinte años los asaltos romanos. Un ejército tras otro fracasó ante sus murallas hasta que Roma encargó la campaña a Escipión Emiliano, el destructor de Cartago. Emiliano no atacó: rodeó la ciudad con siete campamentos conectados por un muro de nueve kilómetros y la estranguló durante once meses. En el verano del 133 a.C., con los víveres agotados, los numantinos supervivientes prendieron fuego a la ciudad y se suicidaron colectivamente antes que rendirse. El episodio —inmortalizado por Cervantes en la tragedia La Numancia— se convirtió en el símbolo fundacional del valor y la resistencia hispana.
Sertorio y las guerras civiles romanas en Hispania
La conquista no siguió un curso lineal. Entre el 82 y el 72 a.C., el general romano rebelde Quinto Sertorio —refugiado en Hispania tras caer en desgracia en Roma— lideró una sublevación de celtíberos, lusitanos y romanos exiliados contra la dictadura de Sila. Sertorio fundó una «Roma alternativa» en Osca (Huesca), con senado, escuela para hijos de nobles indígenas y un gobierno híbrido hispanorromano. Fue asesinado en una conjura de sus propios oficiales. Décadas después, Julio César llegaría a Hispania como gobernador (61 a.C.), y ya como imperator derrotaría a los hijos de Pompeyo en Munda (45 a.C.), la última gran batalla de las guerras civiles, librada cerca de Lucena.
Las guerras cántabras: la última resistencia (29-19 a.C.)
Cuando Octavio Augusto asumió el poder, quedaban aún fuera del control romano los pueblos del norte: astures, cántabros, galaicos y vascones. El emperador condujo personalmente las operaciones desde Segisamo (Sasamón, Burgos) en 26-25 a.C., y su sucesor Agripa completó la pacificación en 19 a.C. Cayeron los últimos reductos en los montes cántabros: Vindio, Mons Medulius y el desfiladero de la Hermida. Según las fuentes, miles de cántabros se envenenaron con tejo antes que someterse, prefiriendo la muerte al triunfo romano.
Hispania dividida en tres provincias
Con la conquista completada, Augusto reorganizó administrativamente la península en tres provincias: Bética (capital Corduba, senatorial), Lusitania (capital Emerita Augusta, imperial) y Tarraconense (capital Tarraco, la más extensa, imperial). Esta división sobreviviría, con retoques, hasta el siglo III d.C.
Por qué duró tanto
Los doscientos años de conquista reflejan la extrema fragmentación política de la Iberia prerromana y la dureza del terreno: no había un «rey de Hispania» al que derrotar en una batalla decisiva, sino centenares de tribus, ciudades-estado y confederaciones con sus propias alianzas, idiomas, religiones y modos de guerra. La meseta celtibérica, los montes lusitanos y la cornisa cantábrica eran además territorios donde la guerra de guerrillas, la razzia y el asedio neutralizaban la superioridad de las legiones en campo abierto. Roma aprendió en Hispania —más que en ninguna otra provincia— las tácticas de contrainsurgencia, el asedio sistemático y el uso político de la diplomacia tribal.
El legado de la conquista
La brutal conquista abrió el camino a cinco siglos de romanización intensa. Las minas de Río Tinto, Sierra Morena y Las Médulas aportaron el oro y la plata que sostuvieron la economía imperial. Las legiones licenciadas fundaron colonias cuyos nombres perduran: Emerita Augusta (Mérida), Caesaraugusta (Zaragoza), Italica (Santiponce), Pax Iulia (Beja). Las calzadas romanas —la Via Augusta, la Via de la Plata— tejieron por primera vez una red peninsular de comunicaciones. El latín arraigó hasta convertirse, siglos después, en las lenguas romances. Y de aquella Hispania conquistada surgirían Séneca, Trajano, Adriano, Teodosio —emperadores que gobernarían Roma misma.
La conquista de Hispania es así el capítulo más largo, duro y consecuente de la expansión romana. Lo que empezó como una campaña secundaria contra Aníbal terminó siendo la forja de una provincia que transformaría a Roma tanto como Roma transformó a la Península Ibérica.
Preguntas frecuentes
Casi doscientos años: desde el desembarco de Cneo Escipión en Ampurias (218 a.C.) hasta el final de las guerras cántabras (19 a.C.). Fue la conquista más prolongada que Roma acometió en todo su imperio, más larga que la de las Galias, Britania o Dacia.
Empezó en el contexto de la Segunda Guerra Púnica (218 a.C.): Roma buscaba cortar los suministros de los cartagineses, que desde Cartago Nova (Cartagena) dominaban el sur y este ibéricos. Lo que inicialmente era un frente secundario contra Aníbal se convirtió en la conquista de toda la Península.
Una mezcla heterogénea: íberos en el Levante, celtas y celtíberos en la Meseta, lusitanos en el oeste (actual Portugal), tartesios en el Bajo Guadalquivir, cántabros, vascones, astures y galaicos en el norte. Cada uno con su lengua, religión y organización política, sin unidad política peninsular.
Augusto completó el sometimiento con las guerras cántabras (29-19 a.C.), dirigidas personalmente desde Segisamo (Sasamón, Burgos) entre 26 y 25 a.C. Los últimos reductos —Vindio, Mons Medulius, el desfiladero de la Hermida— cayeron bajo Agripa. Miles de cántabros se envenenaron con tejo antes que someterse.
Porque resistió 20 años, derrotó a siete generales consulares y, cuando Escipión Emiliano la rodeó con nueve kilómetros de muralla de asedio en 134-133 a.C., los supervivientes prendieron fuego a la ciudad y se suicidaron colectivamente antes que rendirse. El episodio se volvió canon del heroísmo hispano.