Carlos V: El Emperador del Imperio donde no se Ponía el Sol (1500-1558)

Carlos V de Habsburgo (1500-1558)

Cuando Carlos de Gante desembarcó en Tazones, Asturias, en septiembre de 1517, tenía diecisiete años, no hablaba castellano y nunca había pisado España. Cinco años después era el monarca más poderoso de Occidente: rey de Castilla y Aragón por su madre Juana, archiduque de Austria y duque de Borgoña por su padre Felipe el Hermoso, y emperador del Sacro Imperio Romano Germánico tras una elección que costó casi un millón de florines en sobornos. A su muerte en 1558, sus dominios cubrían cuatro continentes: media Europa, las plazas norteafricanas, los virreinatos americanos de Nueva España y el Perú y las Filipinas en el Pacífico. Era, literalmente, el primer monarca en cuyos territorios no se ponía el sol.

Retrato del emperador Carlos V por Tiziano, óleo sobre lienzo de 1548
Carlos V de Habsburgo retratado por Tiziano en 1548, año posterior a su victoria en Mühlberg sobre los protestantes alemanes. Alte Pinakothek, Múnich.

Carlos V de Alemania y I de España gobernó cuarenta años un imperio que él mismo definió como una herencia imposible de gestionar. Combatió simultáneamente a Francia por Italia, a los turcos otomanos por el Mediterráneo, a los protestantes alemanes por la Reforma y a sus propios súbditos castellanos en la guerra de las Comunidades. Acabó abdicando voluntariamente —cosa rarísima en la historia europea— y retirándose a un monasterio en Yuste, en la Vera cacereña, donde murió devorado por la gota tres años después.

Retrato del emperador Carlos V por Tiziano, óleo sobre lienzo de 1548
Carlos V de Habsburgo retratado por Tiziano en 1548, un año después de Mühlberg. Alte Pinakothek de Múnich. (Dominio público)

El nieto que heredó cuatro herencias

Carlos nació en Gante el 24 de febrero de 1500, en el palacio del Prinsenhof. Era hijo de Felipe el Hermoso, hijo a su vez del emperador Maximiliano de Habsburgo, y de Juana I de Castilla, hija de los Reyes Católicos. Esa doble ascendencia, fruto de la política matrimonial de Isabel y Fernando para cercar a Francia, lo convirtió por accidente biológico en heredero de cuatro patrimonios distintos:

  • Los Países Bajos y Borgoña de su padre Felipe (heredados en 1506, con seis años).
  • Las Coronas de Castilla y Aragón, con sus posesiones italianas y americanas, de su madre Juana y su abuelo Fernando (1516).
  • Los territorios austríacos de los Habsburgo (1519, a la muerte de su abuelo Maximiliano).
  • La dignidad imperial del Sacro Imperio, conseguida por elección en Fráncfort en junio de 1519.

Su madre Juana, declarada mentalmente incapaz, vivió encerrada en Tordesillas hasta 1555. Carlos firmaría como rey junto al nombre de ella durante los primeros años, una ficción jurídica para no parecer un usurpador frente a una madre todavía viva.

La elección imperial de 1519: el endeudamiento de los Fugger

La muerte del emperador Maximiliano en enero de 1519 abrió la sucesión imperial. Carlos competía contra Francisco I de Francia y, secundariamente, contra Enrique VIII de Inglaterra. La elección la decidían siete príncipes electores alemanes mediante voto público. La campaña fue una subasta brutal.

Carlos pidió prestados 851.000 florines de oro a la banca Fugger de Augsburgo y otros 143.000 a los Welser para sobornar a los electores. Cada elector recibió una cifra astronómica: el arzobispo de Maguncia, 113.000 florines; el de Colonia, 50.000; el conde palatino del Rin, 184.000. El 28 de junio de 1519 fue elegido por unanimidad. La deuda con los Fugger no la terminaría de pagar nunca; cedió a cambio el control de las minas de mercurio de Almadén y de plata de Guadalcanal, lo que significó que el oro y la plata americanos pasaron por las manos de los banqueros de Augsburgo antes de llegar a las arcas castellanas.

La guerra de las Comunidades (1520-1521)

El joven rey, rodeado de consejeros flamencos —Chièvres, Sauvage, Adriano de Utrecht—, repartió obispados castellanos entre extranjeros, recaudó subsidios extraordinarios para pagar la elección imperial y abandonó España en mayo de 1520 para ir a coronarse a Aquisgrán. Castilla estalló: las ciudades castellanas formaron una junta en Ávila y se levantaron contra el rey ausente. Lideraron la revuelta Juan de Padilla (Toledo), Juan Bravo (Segovia) y Francisco Maldonado (Salamanca), apoyados por María Pacheco, esposa de Padilla y heroína toledana.

La revuelta era política, no antifeudal: los comuneros pedían que el rey residiera en Castilla, que no se nombraran extranjeros para cargos castellanos y que las Cortes recuperaran competencias. La aristocracia castellana, asustada por el cariz cada vez más social del movimiento, se alineó con la Corona. El 23 de abril de 1521, en Villalar de los Comuneros (Valladolid), las tropas reales derrotaron a los comuneros. Padilla, Bravo y Maldonado fueron decapitados al día siguiente. María Pacheco resistió en Toledo seis meses más y huyó a Portugal. Carlos regresó a Castilla en 1522, ya plenamente consciente de que su trono español dependía de su presencia: pasaría dieciséis de los cuarenta años de reinado en la Península, mucho más que cualquiera de sus sucesores.

Las guerras italianas contra Francisco I

El gran rival de toda la vida fue Francisco I de Francia. Cuatro guerras consecutivas (1521-1526, 1526-1529, 1536-1538, 1542-1544) enfrentaron a ambos por el dominio del Milanesado, el reino de Nápoles y el Franco Condado. La victoria decisiva llegó en Pavía, el 24 de febrero de 1525 —día del cumpleaños del emperador—, cuando los tercios viejos aniquilaron al ejército francés en una batalla en la que el propio Francisco I fue capturado, se le quitó la espada y fue conducido prisionero a Madrid.

El Tratado de Madrid (enero de 1526) fue una imposición humillante: Francia renunciaba a Italia y a Borgoña. Pero apenas liberado, Francisco I lo denunció y armó la Liga de Cognac con el papa Clemente VII, Venecia y Florencia. La respuesta imperial fue brutal: el 6 de mayo de 1527, los tercios de Carlos de Borbón —impagados, hambrientos y sin oficiales tras la muerte de su general— entraron en Roma y la saquearon durante ocho días. El Sacco di Roma arrasó la ciudad eterna, mató miles de civiles, profanó las basílicas y dejó al papa encerrado en Sant’Angelo. Carlos V ordenó luto en toda la corte cuando le llegó la noticia, pero aprovechó la humillación para imponer la paz de Cambrai (1529) y obligar a Clemente VII a coronarlo en Bolonia en febrero de 1530. Sería el último emperador del Sacro Imperio coronado por un papa.

El frente turco: Túnez, Argel, Viena

El sultán Solimán el Magnífico era el otro gran adversario. En 1529 los otomanos sitiaron Viena por primera vez; el archiduque Fernando, hermano de Carlos, resistió. En el Mediterráneo el corsario Barbarroja, almirante de la flota otomana, asolaba las costas italianas y españolas y dominaba el norte de África. Carlos contraatacó con dos grandes expediciones personales:

  • Túnez (1535): 400 barcos, 30.000 hombres. El emperador en persona desembarcó al frente de las tropas, tomó La Goleta y entró en Túnez tras una sublevación de los esclavos cristianos. Fue su mayor triunfo militar.
  • Argel (1541): el desastre. Una tormenta otoñal hundió 150 barcos antes del desembarco y obligó a una retirada caótica. Carlos perdió artillería, hombres y prestigio.

La Reforma protestante y la Liga de Esmalcalda

El conflicto religioso fue el que más le obsesionó. En la Dieta de Worms (1521), el joven emperador escuchó personalmente a Martín Lutero defender sus tesis y emitió el edicto que lo declaraba hereje. Pero los príncipes alemanes, especialmente los del norte, adoptaron la Reforma como instrumento político para escapar del control imperial y, sobre todo, para confiscar las rentas de la Iglesia.

En 1531 los príncipes protestantes formaron la Liga de Esmalcalda. Tras quince años de guerras intermitentes y tentativas de concilio (Trento se abrió en 1545), Carlos los derrotó militarmente en la batalla de Mühlberg el 24 de abril de 1547. La pintura de Tiziano —Carlos V a caballo, con armadura completa, lanza en ristre— inmortalizó esa victoria como apoteosis del emperador cristiano. Pero el triunfo fue efímero: cinco años después, una nueva traición de Mauricio de Sajonia obligó a Carlos a huir a pie de Innsbruck en pleno invierno, derrotado y enfermo. La Paz de Augsburgo (1555), firmada por su hermano Fernando, reconoció el principio cuius regio, eius religio: cada príncipe alemán impondría la religión de su territorio. La unidad religiosa del Imperio, sueño de toda su vida, había muerto.

América: Cortés, Pizarro y la plata de Potosí

Durante el reinado de Carlos V se completó la conquista de los dos grandes imperios americanos: Hernán Cortés tomó Tenochtitlán en 1521 y Francisco Pizarro derrotó al inca Atahualpa en Cajamarca en 1533. En 1542 las Leyes Nuevas, promovidas por Bartolomé de las Casas, prohibieron la esclavitud indígena y limitaron las encomiendas. En 1545 se descubrió el cerro de Potosí, que durante un siglo financiaría las guerras europeas del emperador y de su hijo.

Carlos nunca pisó América, pero su política en ella —Audiencias, Consejo de Indias, Casa de Contratación de Sevilla, debate de Valladolid sobre la naturaleza humana de los indios— sentó las bases del sistema colonial que duraría hasta 1825.

La abdicación y Yuste (1555-1558)

El 25 de octubre de 1555, en una ceremonia teatral en el palacio de Bruselas, un Carlos V envejecido, gotoso, casi sin dientes, apoyado en el hombro de Guillermo de Orange, anunció ante los Estados Generales de los Países Bajos su abdicación. Lloró públicamente. Repartió la herencia en dos: los reinos hispánicos, los Países Bajos y los territorios italianos y americanos pasaron a su hijo Felipe II; el Sacro Imperio y los dominios austríacos, a su hermano Fernando. La división selló el destino de la rama hispánica de los Habsburgo, separada de la rama austriaca durante dos siglos.

En febrero de 1557 desembarcó en Laredo y se retiró al monasterio jerónimo de Yuste, en la Vera cacereña. No fue un retiro monástico estricto: se llevó cincuenta criados, seis relojes, los retratos de Tiziano, una colección de instrumentos de precisión y a su mecánico de confianza, Juanelo Turriano. Allí pasó dos años corrigiendo a su hijo por carta, supervisando la política mediterránea y comiendo desmesuradamente —pasteles de anguila, ostras, cerveza flamenca— pese a una gota que le devoraba las articulaciones. Murió el 21 de septiembre de 1558, a los 58 años. Su cuerpo fue trasladado a El Escorial en 1574 por orden de Felipe II. Hoy reposa en el Panteón de Reyes.

El balance: el peso del imperio

La idea moderna del «imperio donde no se pone el sol» nació con él, pero fue también su mayor problema: ningún tesoro, ni siquiera el de Potosí, podía financiar guerras simultáneas en seis frentes. La hacienda castellana se cargó de juros y empréstitos cuyas suspensiones de pagos —1557, 1575, 1596, 1607— quebrarían a media banca europea durante los reinados siguientes. El imperio Habsburgo arrastraría una crisis financiera estructural durante todo el Siglo de Oro.

A su muerte dejaba un imperio territorialmente más extenso que cualquiera desde Carlomagno, pero también dividido —Austria contra España—, religiosamente fracturado, militarmente sobreextendido y financieramente exhausto. Sus contemporáneos lo consideraron el monarca cristiano por excelencia; sus sucesores heredaron un peso que ninguno fue capaz de sostener. La España de Felipe II, Felipe III y Felipe IV vivió tanto del prestigio acumulado por Carlos V como del coste estructural que él mismo había generado.