Hace dos mil quinientos años, mientras los íberos del Levante adoptaban moneda, escritura y dioses griegos, otra mitad de la Península Ibérica vivía un mundo profundamente distinto: el mundo de los castros y los verracos. Pueblos célticos del noroeste atlántico y de la Meseta Occidental que construyeron, entre los siglos VIII a. C. y II d. C., una de las arquitecturas defensivas más extensas de la Europa preromana y dejaron más de cuatrocientas esculturas zoomorfas en granito cuya función todavía hoy debaten los arqueólogos.

Hablamos de dos fenómenos cercanos pero no idénticos: la cultura castreña de Galicia, Asturias, norte de Portugal, León y Zamora, con sus poblados fortificados en altura; y la cultura vetona de Ávila, Salamanca, Cáceres y norte de Portugal, célebre por sus enigmáticos toros y verracos de piedra. Comparten un sustrato celta común, una organización tribal y un modelo agropastoril, pero su expresión cultural diverge radicalmente.
Este artículo recorre los castros más espectaculares (Santa Tegra, Coaña, Castromao, Citânia de Briteiros), explica la singular arquitectura castreña con su sauna pétrea ritual, repasa los principales conjuntos de verracos —incluidos los famosísimos Toros de Guisando— y muestra cómo este universo céltico hispánico se prolongó incluso bajo dominio romano hasta los primeros siglos de nuestra era.

Dos mundos célticos en Iberia
Los celtas no fueron una invasión homogénea ni una conquista organizada. Fueron, más bien, el resultado de varios siglos de contactos culturales y poblacionales entre la Europa centro-occidental hallstática (siglos VIII–V a. C.) y los pueblos nativos del cuadrante atlántico peninsular. Cuando las fuentes grecorromanas hablan de celtici, callaeci o cántabros, se refieren a comunidades que llevaban ya 500 años hablando lenguas celtas occidentales y compartiendo rasgos materiales, sin formar nunca una unidad política.
En la Iberia preromana se distinguen tres grandes áreas culturales celtas o céltico-influidas:
- Cultura castreña noroccidental (galaicos, astures, cántabros): caracterizada por los castros, los petroglifos y la sauna pétrea.
- Cultura celtibérica meseteña (arévacos, pelendones, lusones, belos): con oppida en altura, escritura propia y armamento sofisticado, tratada en mayor detalle en nuestro artículo sobre la Edad del Hierro ibérica.
- Cultura vetona occidental (vetones propiamente dichos, en torno a Ávila y Salamanca): célebre por sus verracos y su sociedad pastoril.
Los celtas hispánicos resistieron la conquista romana hasta el cierre cántabro-astur del 19 a. C. y conservaron, incluso bajo dominio imperial, muchos rasgos identitarios. La cultura castreña, en particular, sobrevivió integrada en la Hispania romana con notable autonomía cultural.
Arquitectura castreña: planta circular, muralla y sauna pétrea
El castro es la unidad básica del poblamiento en el noroeste peninsular. Es un poblado fortificado en altura, con una o varias líneas de muralla, foso y empalizada, y casas distribuidas en barrios concéntricos o en grupos articulados. Los castros tienen entre 1 y 7 hectáreas y albergaban entre 100 y 1.500 habitantes. Solo en Galicia se han documentado más de 5.000; en Asturias, alrededor de 250; en el norte de Portugal, varios centenares más.
La casa castreña
El elemento más reconocible de la arquitectura castreña es la casa de planta circular u oval, con muros de piedra (mampostería seca) y techo cónico de paja sostenido por un poste central. Las medidas oscilan entre los 3 y los 7 metros de diámetro. El hogar central, los útiles y el banco corrido del interior componen el equipamiento básico. Aunque la planta circular es la dominante, en castros tardíos y bajo influjo romano (como Castromao o Viladonga) aparecen casas rectangulares y planta cuadrangular.
La sauna pétrea: una innovación castreña
El elemento arquitectónico más singular y propio del mundo castreño es la sauna pétrea, también llamada “casa del fuego” o, en su versión romanizada, “pedra formosa”. Es un edificio rectangular semienterrado, dividido en dos o tres cámaras: una sala de paso, una cámara intermedia con el horno y una cámara final cerrada con una piedra trabajada (la pedra formosa) que servía como tabique entre el horno y los usuarios.
La función combinaba lo ritual y lo higiénico: vapor caliente, baños sucesivos, posible función iniciática. Los ejemplos más completos son los de Coaña, Pendia y Chao Samartín en Asturias, y Sanfins, Briteiros y Citânia de Sanfins en Portugal. Algunas pedras formosas tienen relieves geométricos sofisticados —espirales, sogueados, motivos cordados— que testimonian un arte propio plenamente desarrollado.
La sauna castreña no tiene paralelos exactos en otras culturas europeas de la Edad del Hierro. Es un rasgo identitario del noroeste atlántico ibérico que se conservó incluso después de la romanización: hay saunas activas en castros del siglo II d. C.
Los grandes castros del noroeste
Santa Tegra (A Guarda, Pontevedra)
Es el “castro modelo” de la cultura castreña gallega. Ocupa la cima del Monte Santa Tegra (341 m), con vistas al mar y a la desembocadura del Miño. Excavado desde 1914 por Ignacio Calvo y posteriormente por Juan Carlos López Quiroga, ha proporcionado más de mil viviendas documentadas, calles concéntricas, tres líneas de muralla y una necrópolis monumental. Su ocupación principal va del siglo II a. C. al I d. C., con un florecimiento bajo el primer dominio romano. Hoy es Bien de Interés Cultural y centro de visitantes.
Coaña (Asturias)
El “castro asturiano por antonomasia”. Ocupa una colina de 200 m sobre el río Navia, en El Franco. Excavado desde los años cuarenta, conserva más de ochenta casas circulares, una excelente sauna pétrea y dos líneas de muralla. Es el modelo del castro astur: más pequeño que Santa Tegra pero con planificación urbana más rigurosa. Su ocupación se extiende del siglo III a. C. al II d. C.
Castromao y Viladonga (Galicia interior)
Castromao (Celanova, Ourense) y Viladonga (Castro de Rei, Lugo) son dos castros muy bien conservados del Galicia interior. Ambos tienen casas rectangulares ya bajo influjo romano, lo que ilustra la transición castreño-galaicorromana. Viladonga, con cuatro hectáreas excavadas y cuatro líneas de muralla, alberga un excelente museo monográfico.
Baroña (Porto do Son, A Coruña)
El castro costero más espectacular de la fachada atlántica. Ocupa una pequeña península conectada con tierra por un istmo, defendida por una muralla y dos fosos transversales. Es un ejemplo de aprovechamiento del relieve para la defensa: el mar protege tres lados.
Citânia de Briteiros y Citânia de Sanfins (norte de Portugal)
Briteiros (Guimarães) ocupa siete hectáreas con casas rectangulares, calles empedradas y una sauna pétrea con pedra formosa tallada. Sanfins (Paços de Ferreira) es similar, con 15 hectáreas y vistas espectaculares. Ambos son los citânias portuguesas: castros excepcionalmente grandes y bien conservados, que rivalizan con los gallegos.
Los verracos vetones: enigma en granito
Hacia el sur del territorio castreño, en la actual provincia de Ávila y áreas limítrofes, vivieron los vetones: pueblo céltico-occidental con una sociedad pastoril, oppida fortificadas (Las Cogotas, Ulaca, Mesa de Miranda) y un signo identitario incomparable —los verracos—.
Un verraco es una escultura zoomorfa monolítica en granito, normalmente de cerdo o toro, con dimensiones que oscilan entre 1 y 2,5 metros de longitud. La factura es tosca pero efectiva: una silueta animal reconocible sobre un pedestal único. La cabeza, las patas y la cola están apenas marcadas; el énfasis está en el volumen y en la presencia.
El catálogo más completo (Jesús Álvarez Sanchís, Los vettones, Real Academia de la Historia, 1999, con actualizaciones posteriores) registra más de 400 verracos documentados, distribuidos por:
- Ávila: la mayor concentración (Castro de Las Cogotas, Toros de Guisando, oppidum de Ulaca).
- Salamanca: 60 ejemplares, incluyendo el Toro de Salamanca de la Ribera del Tormes.
- Cáceres y norte de Portugal.
- Algunos ejemplares en Madrid y Toledo (territorio carpetano fronterizo).
Los Toros de Guisando: 1.700 años en el mismo lugar
El conjunto vetón más célebre son los Toros de Guisando, en el municipio de El Tiemblo (Ávila): cuatro verracos en granito alineados en una pradera junto al Cerro Guisando. Las dataciones más comunes los sitúan entre los siglos III y II a. C. Su factura es excelente: cuerpos voluminosos, silueta inconfundible, pedestal trabajado.
Pero los Toros de Guisando entraron también en la historia política española: el 19 de septiembre de 1468, en su entorno, se firmó el Tratado de los Toros de Guisando. Allí, el rey Enrique IV de Castilla reconoció a su hermana Isabel —la futura Isabel la Católica— como heredera del trono, en perjuicio de su propia hija Juana “la Beltraneja”. El acuerdo desencadenaría, una década después, la Guerra de Sucesión Castellana (1475-1479) y, en última instancia, la unión de Castilla y Aragón. Los toros vetones fueron, así, mudos testigos de la fundación política de la España moderna, 1.700 años después de su tallado.
En la base de uno de los toros se conserva una inscripción romana posterior, dedicada a un soldado de los iuli, lo que prueba que los romanos no destruyeron los verracos sino que los integraron en sus prácticas culturales y funerarias. Es la mejor evidencia de pervivencia simbólica del mundo vetón en plena Hispania imperial.
¿Para qué servían los verracos?
La función original de los verracos es uno de los grandes debates de la arqueología vetona. Hay tres hipótesis principales, no necesariamente excluyentes:
- Hipótesis ganadera/protectora: el verraco protege simbólicamente el ganado del territorio donde se sitúa. Apoya esta lectura el hecho de que muchos verracos aparezcan junto a vías pecuarias y zonas de pasto.
- Hipótesis territorial: el verraco marca el límite o el centro de un territorio tribal. Lo defienden Manuel Salinas de Frías y otros, con base en la distribución espacial.
- Hipótesis ritual/divina: el verraco es una representación de divinidad o un atributo cultual. Las inscripciones latinas posteriores que aparecen en algunos verracos están dedicadas a difuntos, lo que sugiere que también se reutilizaron como hitos funerarios romanos.
La síntesis actual de Jesús Álvarez Sanchís combina las tres lecturas: los verracos serían objetos rituales polivalentes, vinculados al ganado y al territorio, con función probablemente sagrada para los vetones que los tallaron, y reutilizados como hitos funerarios bajo Roma. Su persistencia en el paisaje rural —muchos siguen in situ— testifica una memoria cultural extraordinariamente larga.
Numancia, Termes y la resistencia celtíbera
Mientras los castros del noroeste mantenían su modelo agropastoril y los vetones tallaban verracos, la Meseta celtibérica articulaba un universo paralelo de oppida fortificadas en altura, con escritura, moneda y armamento profesional. Las grandes ciudades celtibéricas —Numancia, Termes, Segeda, Botorrita, Tiermes— protagonizaron las guerras celtibéricas (153–133 a. C.), uno de los capítulos más duros de la conquista romana.
El asedio de Numancia por Escipión Emiliano (134-133 a. C.) cerró la primera fase de las guerras celtíberas y se convirtió, ya en la propia Roma, en sinónimo de heroísmo perdido: cuando el cerco se hizo insoportable, los numantinos eligieron el suicidio colectivo antes que la rendición. Las campañas de Viriato en Lusitania (147-139 a. C.) cumplieron una función equivalente para el lado vetón-lusitano: resistencia guerrillera contra siete cónsules sucesivos.
Lo importante es que castros, verracos y oppida celtíberos no eran tres mundos aislados. Compartían sustrato lingüístico (lenguas celtas occidentales), redes comerciales (estaño atlántico, sal interior, cereal meseteño), y, sobre todo, un destino común: ser conquistados por Roma a lo largo de los siglos II y I a. C., y ser absorbidos —pero no borrados— por la civilización imperial.
La pervivencia castreña tras la conquista
A diferencia de la cultura ibérica del Levante —que fue absorbida y latinizada en pocas generaciones tras el desembarco romano—, el mundo castreño mostró una asombrosa continuidad bajo el imperio. Los castros no se abandonaron tras la conquista romana: muchos siguieron habitados, ampliados y reconstruidos en clave galaicorromana.
Castromao, Viladonga, Briteiros y Sanfins son castros romanizados: arquitectura mixta (rectangular con elementos circulares), uso de tegula y mortero, presencia de moneda y cerámica romana, pero conservación de la estructura urbana castreña, las saunas pétreas y, hasta cierto punto, el sistema de jerarquía social. La Hispania romana adoptó el modelo castreño en el noroeste como base administrativa local, agrupando castros en civitates y manteniendo nombres y delimitaciones tribales.
Esa pervivencia explica que el folclore gallego y asturiano conserve hasta hoy una densidad excepcional de leyendas, topónimos y prácticas que conectan con el sustrato castreño. La casa redonda, el hórreo, la sauna gallega (la fornia o forno comunal), la queimada y los petroglifos siguen siendo los herederos lejanos de un mundo que, en lo esencial, no fue conquistado: fue transformado y transmitido. Los primeros ibéricos empezaron en cuevas; los castreños cerraron el ciclo en poblados de piedra que se mantuvieron habitados, contra todo pronóstico, hasta los siglos II y III d. C.
Preguntas frecuentes
¿Qué es un castro y dónde se encuentran los más importantes?
Un castro es un poblado fortificado en altura, característico del noroeste peninsular durante la Edad del Hierro y la romanización (siglos VIII a. C. al II d. C.). Los más importantes son Santa Tegra (Pontevedra), Coaña (Asturias), Castromao y Viladonga (Galicia interior), Baroña (A Coruña), y Citânia de Briteiros y Sanfins (norte de Portugal). Solo en Galicia se han documentado más de 5.000.
¿Cuántos verracos hay en España?
El catálogo más completo (Jesús Álvarez Sanchís) registra más de 400 verracos documentados, concentrados en Ávila, Salamanca, Cáceres y norte de Portugal, con ejemplares aislados en Madrid y Toledo. La mayor concentración está en la provincia de Ávila, en el corazón del territorio vetón.
¿Para qué servían los verracos?
Las hipótesis principales combinan tres funciones: (1) protectores simbólicos del ganado en zonas de pasto y vías pecuarias; (2) hitos territoriales que marcan el límite o el centro de un territorio tribal; (3) representaciones rituales o divinas. Los romanos los reutilizaron como soportes funerarios. La síntesis actual los considera objetos polivalentes con dimensión sagrada, ganadera y territorial al mismo tiempo.
¿Cuál es la diferencia entre castro y oppidum?
Castro y oppidum son ambos poblados fortificados en altura, pero responden a tradiciones culturales distintas. El castro es típico del noroeste peninsular celta-castreño, suele ser de menor tamaño (1-7 hectáreas), con casas circulares y sauna pétrea. El oppidum es típico de los celtíberos meseteños y de la Galia, suele ser mayor (10-50 hectáreas), con casas rectangulares, calles empedradas y planta urbana planificada (Numancia, Termes).
¿Quién esculpió los Toros de Guisando?
Los Toros de Guisando fueron esculpidos por los vetones, pueblo céltico-occidental, entre los siglos III y II a. C. Se encuentran en El Tiemblo (Ávila). En la base de uno de los toros se conserva una inscripción romana funeraria del siglo I-II d. C., prueba de que los romanos no destruyeron los verracos sino que los integraron. En 1468, en su entorno, Isabel la Católica fue reconocida heredera del trono de Castilla.