Cuando los romanos desembarcaron en Empúries en el 218 a. C., la Península Ibérica no era un territorio virgen ni “primitivo”. Era un mosaico de pueblos con escritura propia, ciudades amuralladas, ejércitos profesionales, redes comerciales mediterráneas y atlánticas, alfabeto, monedas y siglos de contacto con fenicios y griegos. Toda esa Iberia compleja —la que Roma encontró y tardó 200 años en someter— se había construido durante la Edad del Hierro, entre el 1100 y el 218 a. C.

La Edad del Hierro ibérica es un fenómeno cultural triple, que avanza a velocidades distintas en cada esquina peninsular. En el sur y el levante, la colonización fenicia y griega introduce ciudades, alfabetos, vid, olivo y mercados a partir del siglo XII a. C. En el noroeste, la cultura castreña desarrolla un modelo de poblamiento fortificado en los valles atlánticos. En la Meseta, los celtíberos mezclan sustrato local con influjos célticos centroeuropeos. Tres mundos contemporáneos que coexisten, comercian y, ocasionalmente, se hacen la guerra.
Este artículo recorre los tres ejes —fenicio-griego, ibérico-mediterráneo y celta-atlántico— y muestra cómo, a la llegada de Roma, la Península era ya un territorio plenamente protohistórico, con su propia ingeniería social y militar.

La Edad del Hierro en Iberia: tres mundos en paralelo
El Hierro no llega a la Península como una sustitución técnica del Bronce; llega como uno de los componentes de un nuevo orden mundial mediterráneo y atlántico. La metalurgia del hierro se introduce gradualmente desde el siglo IX a. C., pero el cambio decisivo es la llegada de comerciantes fenicios: con ellos arriban no solo el hierro y la cerámica torneada, sino la escritura, la moneda, la vid, el olivo y el modelo de ciudad amurallada con arquitectura monumental.
El periodo se divide convencionalmente en dos fases: Hierro I (1100–600 a. C.), dominado por la colonización fenicia y la formación tartésica; y Hierro II (600–218 a. C.), con el florecimiento de la cultura ibérica y la cristalización del mundo celtíbero y castreño. La conquista romana clausurará el ciclo —pero las identidades que Roma encontrará son producto directo de estos novecientos años.
La colonización fenicia: Gadir y la fundación del comercio mediterráneo
Las fuentes clásicas (Veleyo Patérculo, Plinio el Viejo, Estrabón) datan la fundación de Gadir —la actual Cádiz— en el 1104 a. C., ochenta años después de la guerra de Troya. Aunque la arqueología ha aportado fechas algo más recientes (los niveles fundacionales mejor documentados se sitúan hacia el 800 a. C.), Gadir es, sin discusión, la ciudad más antigua de Europa occidental con continuidad histórica documentada.
Los fundadores fueron tirios: navegantes de la ciudad fenicia de Tiro, en el actual Líbano, lanzados a un programa de expansión comercial que les llevó por todo el Mediterráneo —Cartago en África, Mozia en Sicilia, Útica en Túnez, Cádiz en el Atlántico—. Los motivos de la expansión fenicia los han establecido los trabajos de María Eugenia Aubet (Tiro y las colonias fenicias de Occidente, 1994, ediciones revisadas hasta 2021): presión asiria sobre el corredor sirio-palestino, demanda griega de plata para la moneda, y la necesidad fenicia de acceso directo a las rutas del estaño atlántico.
El cinturón colonial fenicio del sur peninsular
Tras Gadir, los fenicios fundaron una densa red de colonias a lo largo de la costa andaluza:
- Malaka (Málaga): fundada hacia el 800 a. C., con un puerto natural excepcional.
- Sexi (Almuñécar, Granada): centro de salazón de pescado, origen de la industria que perdurará bajo Roma.
- Abdera (Adra, Almería): cabeza de puente fenicio en el sureste.
- Toscanos (Vélez-Málaga): factoría costera donde se ha excavado el complejo industrial fenicio mejor conservado de Iberia.
- Cerro del Villar (desembocadura del Guadalhorce): puerto comercial activo entre los siglos VIII y VI a. C.
- La Fonteta (Guardamar del Segura, Alicante): ya en el levante, un asentamiento fenicio-tartésico fortificado del siglo VIII a. C.
Los fenicios no llegaron como conquistadores sino como socios comerciales. Negociaron con los reinos locales —Tartessos, sobre todo— el acceso a metales (plata de Riotinto, estaño atlántico, cobre del Cinturón Pirítico) a cambio de productos manufacturados (cerámica fina, telas teñidas con púrpura, perfumes, marfiles tallados, joyas de oro). El intercambio creó las primeras élites locales con riqueza acumulada y consumo de bienes de prestigio.
Tartessos: el primer reino occidental
El contacto fenicio-tartésico produjo el primer reino plenamente histórico de la Iberia preromana: Tartessos, mencionado por Heródoto, los Salmos del Antiguo Testamento, los geógrafos grecorromanos y, sobre todo, evidenciado por el espectacular tesoro de El Carambolo y los yacimientos de El Turuñuelo, Cancho Roano, Aliseda o Aljaraque. La civilización tartésica floreció entre el siglo IX y el VI a. C. en el bajo Guadalquivir, articulando el comercio metalúrgico con todo el Mediterráneo.
Tartessos desarrolló una escritura propia —el alfabeto tartésico, todavía no descifrado del todo, atestiguado en estelas funerarias del bajo Guadiana— y produjo orfebrería de oro a niveles técnicos sin precedentes en el Occidente prerromano. Su colapso, hacia el 540 a. C., probablemente vinculado al declive comercial fenicio tras la caída de Tiro frente a Babilonia (573 a. C.), abrió el espacio para el florecimiento de la cultura ibérica plena.
La colonización griega: Empúries y la herencia foceense
Los griegos llegaron más tarde y se concentraron en el cuadrante nororiental peninsular. Hacia el 600 a. C., los foceenses —griegos de Focea, en la actual Turquía, conocidos por sus largas naves de remo y su mentalidad mercantil— fundaron Massalia (Marsella). Desde Massalia, sus descendientes establecieron en territorio ibérico dos colonias clave:
- Empúries (Ἐμπόριον, “el mercado”): fundada hacia el 575 a. C. en el actual Empordà (Girona). Tuvo dos núcleos sucesivos: Palaiapolis (la ciudad vieja, en una pequeña isla, hoy Sant Martí d’Empúries) y Neapolis (la ciudad nueva, en el continente). Se convirtió en el principal puerto griego de la Península y el aliado clave de Roma en el desembarco del 218 a. C.
- Rhode (Roses): fundada hacia el siglo VIII a. C. por exiliados de la Rodas griega o por foceenses. Acuñó su propia moneda con la rosa rodia, una de las primeras emisiones monetarias peninsulares.
El impacto griego no fue territorial sino cultural y económico. Los griegos no penetraron en el interior, pero su comercio con los pueblos ibéricos del Levante distribuyó cerámica ática (figuras negras y rojas), vino y aceite. Los íberos adoptaron de los griegos la moneda —Empúries acuñó las primeras dracmas con leyenda EMPORITON—, parte de la iconografía religiosa (la Dama de Elche tiene clarísimos paralelos con escultura griega arcaica), y el modelo de ciudad amurallada con calles ortogonales.
La cultura ibérica: Indiketes, Edetanos, Contestanos, Bastetanos
Sobre el sustrato indígena tardobronce y bajo el influjo fenicio-griego, entre los siglos VI y III a. C. cristaliza un complejo cultural reconocible que los autores grecorromanos llamaron Iberi: los íberos. Ocuparon todo el levante peninsular, desde el sur de Francia hasta Granada, distribuidos en pueblos con identidad propia: Indiketes y Layetanos en Cataluña, Ilercavones, Edetanos y Contestanos en el Levante, Bastetanos y Turdetanos en Andalucía oriental.
Los rasgos compartidos del mundo ibérico:
- Oppida: ciudades amuralladas en altura (Ullastret, Edeta, Saiti, Cástulo) con planta urbana planificada y barrios diferenciados.
- Escritura ibérica: dos sistemas (levantino y meridional) con caracteres alfabéticos y silábicos, atestiguados en plomos, cerámica y monedas.
- Moneda propia emitida por más de cien cecas a partir del siglo III a. C.
- Escultura monumental: la Dama de Elche, la Dama de Baza, la Bicha de Balazote, los conjuntos de Cerrillo Blanco (Porcuna).
- Santuarios rurales con miles de exvotos de bronce (Despeñaperros, Collado de los Jardines).
Los íberos eran politeístas, jerárquicos y militaristas. Su infantería —los famosos caetrati con escudo redondo y la falcata, espada curva característica— sería temida en todo el Mediterráneo. Cartago contrató mercenarios ibéricos para sus guerras contra Roma; Aníbal los llevó a Italia en el 218 a. C. Los íberos fueron, en última instancia, los enemigos más duros de Roma en la Península.
La cultura castreña: el noroeste fortificado
Mientras el levante se mediterranizaba, el cuadrante noroccidental desarrollaba un modelo cultural completamente distinto: la cultura castreña, característica de Galicia, Asturias, el norte de Portugal, León y Zamora entre los siglos VIII a. C. y II d. C. Su rasgo más visible es el castro: poblado fortificado en altura, con murallas, fosos y casas de planta circular u oval.
Los castros más espectaculares incluyen:
- Santa Tegra (A Guarda, Pontevedra): el “castro modelo”, con más de mil casas excavadas y una necrópolis monumental.
- Coaña (Asturias): castro de la cultura astur con sauna ritual de piedra y barrios diferenciados.
- Castromao (Celanova, Ourense): castro tardío con casas rectangulares, ya bajo influjo romano.
- Baroña (Porto do Son, A Coruña): castro costero excepcionalmente bien conservado.
- Viladonga (Castro de Rei, Lugo): castro romanizado con cuatro líneas de muralla y 4 hectáreas excavadas.
- Citânia de Briteiros (Guimarães, Portugal): el castro grande portugués, con casi 7 hectáreas y arquitectura monumental.
Los castros tenían entre 100 y 1.500 habitantes. Su economía combinaba agricultura cerealista, ganadería bovina, explotación minera (oro, estaño, hierro) y, en los costeros, pesca y marisqueo. La sauna pétrea —pequeño edificio rectangular con horno y cámara de vapor— es una innovación castreña única: combinaba función ritual e higiénica, y se conservó incluso bajo dominio romano.
Celtíberos, vetones y los verracos de la Meseta
En la Meseta y el sistema Ibérico, la confluencia de sustrato local indoeuropeo (campos de urnas) con aportes célticos centroeuropeos generó la cultura celtibérica: pueblos como los arévacos, pelendones, lusones, titios, belos, berones, carpetanos. Sus oppida —Numancia, Termes, Segeda, Botorrita— eran ciudades fortificadas sobre cerros, con escritura propia (alfabeto celtibérico, derivado del ibérico), moneda y un sofisticado armamento.
El armamento celtibérico marcó al ejército romano: la gladius hispaniensis que adoptaron los legionarios fue copiada de la espada celtíbera. La resistencia de Numancia durante 20 años (153–133 a. C.) y las campañas de Viriato en Lusitania (147–139 a. C.) son episodios del enfrentamiento celtíbero-lusitano-romano.
Al oeste de los celtíberos, en la actual Ávila, Salamanca, Cáceres y norte de Portugal, vivieron los vetones, famosos por sus enigmáticas esculturas zoomorfas: los verracos. Bloques de granito esculpidos en forma de cerdo o toro, distribuidos por más de 400 yacimientos. Los más célebres son los Toros de Guisando (El Tiemblo, Ávila), cuatro verracos alineados que sirvieron, ya en 1468, como escenario del juramento por el que Isabel la Católica fue reconocida heredera del trono. Su función original es debatida —protectores de ganado, hitos territoriales, divinidades del fertilidad— y los estudios de Jesús Álvarez Sanchís (UCM) los sitúan entre los siglos V y II a. C.
El sustrato que recibirá Roma en el 218 a. C.
Cuando los hermanos Cneo y Publio Cornelio Escipión desembarcaron en Empúries en el verano del 218 a. C., persiguiendo a Aníbal en el contexto de la Segunda Guerra Púnica, encontraron un mosaico ya plenamente protohistórico. La conquista romana de Hispania no fue la incorporación de un territorio “bárbaro” sino la integración de un espacio compuesto por:
- Ciudades fenicio-púnicas en el sur (Gadir, Cartago Nova, Malaka, Sexi).
- Pueblos ibéricos con escritura, moneda y oppida en el levante.
- Reinos celtíberos y carpetanos en la Meseta.
- Castros gallegos, astures y cántabros en el noroeste y norte.
- Pueblos lusitanos en el oeste atlántico.
Cada uno con su lengua, su religión y su organización política. Esa diversidad explica por qué la conquista duró doscientos años, hasta el cierre cántabro-astur de Augusto en el 19 a. C. Los celtas hispánicos —incluidos los cántabros, astures, vetones y celtíberos— resistieron con la tenacidad de quien lleva mil años organizándose contra invasores. Los íberos negociaron, se aliaron y traicionaron en función de cálculos puramente territoriales.
La Edad del Hierro ibérica fue, por tanto, mucho más que un capítulo de transición. Fue el momento en que la Península se conectó con el Mediterráneo, adoptó la escritura, descubrió la moneda, urbanizó su territorio y se preparó —involuntariamente— para el desafío más largo de su historia: dos siglos de guerra contra Roma. Los primeros ibéricos ya no eran agricultores neolíticos: eran ciudadanos con identidad propia, alfabeto, dioses y fronteras.
Preguntas frecuentes
¿Quién fundó Cádiz y cuándo?
Gadir, la actual Cádiz, fue fundada por colonos fenicios procedentes de Tiro (actual Líbano). Las fuentes clásicas (Veleyo Patérculo, Plinio) la datan en 1104 a. C., aunque los niveles arqueológicos mejor documentados se sitúan hacia el 800 a. C. Es la ciudad más antigua de Europa occidental con continuidad histórica documentada.
¿Qué es un castro?
Un castro es un poblado fortificado en altura característico del noroeste peninsular (Galicia, Asturias, norte de Portugal, León, Zamora) durante la Edad del Hierro y la romanización. Se distingue por sus murallas circundantes, casas de planta circular u oval, calles concéntricas y, en muchos casos, sauna ritual de piedra. Albergaba entre 100 y 1.500 habitantes.
¿Cuál es la diferencia entre íberos y celtíberos?
Los íberos ocupaban el levante mediterráneo y andalus oriental peninsular, hablaban una lengua no indoeuropea (el ibérico, parcialmente descifrado) y desarrollaron una cultura plenamente mediterranizada bajo influjo fenicio-griego. Los celtíberos vivían en la Meseta y el sistema Ibérico, hablaban una lengua celta (indoeuropea) y combinaban sustrato local con aportes centroeuropeos. Ambos coexistieron durante toda la Edad del Hierro.
¿Qué son los verracos y para qué servían?
Los verracos son esculturas de granito en forma de cerdo o toro, características de la cultura vetona (Ávila, Salamanca, Cáceres, norte de Portugal) entre los siglos V y II a. C. Se han documentado más de 400 ejemplares. Sus funciones, debatidas, incluyen protectores de ganado, hitos territoriales y divinidades de la fertilidad. Los más célebres son los Toros de Guisando (El Tiemblo, Ávila).
¿Cuándo llegaron los griegos a España?
Los foceenses fundaron Empúries (Ἐμπόριον) hacia el 575 a. C. en la actual costa de Girona, partiendo de Massalia (Marsella). Rhode (Roses) puede ser anterior. Empúries fue el principal puerto griego peninsular y, en el 218 a. C., el aliado clave de Roma en su desembarco contra Aníbal.