Los íberos fueron el conjunto de pueblos que habitaron la mitad oriental y meridional de la Península Ibérica entre el siglo VI a.C. y el I d.C., formando una de las civilizaciones indígenas más desarrolladas de la Europa prerromana. Con una escritura propia, una intensa producción escultórica y cerámica, una compleja organización política en ciudades-Estado y un arte original que sintetizaba influencias griegas, fenicias y púnicas, los íberos constituyen la identidad cultural que dio nombre a la propia península. Su lengua —la lengua íbera— sigue sin poder ser leída, a pesar de que conocemos el valor fonético de sus signos, y constituye uno de los grandes enigmas lingüísticos del Mediterráneo antiguo. Sus obras maestras escultóricas, como la Dama de Elche, la Dama de Baza y los relieves del Cerro de los Santos, son hoy algunas de las piezas más emblemáticas del arte prerromano europeo.

¿Quiénes eran los íberos?
El término “ibero” fue utilizado por los autores griegos desde Hecateo de Mileto (siglo VI a.C.) y Heródoto (siglo V a.C.) para designar a los habitantes no célticos del sur y el este peninsular, en contraposición a los celtíberos y celtas del norte y el interior. No eran un pueblo unitario, sino una serie de grupos étnicos con cultura material, lengua y organización similares pero no idénticas. Entre ellos destacaban:
- Turdetanos: en el valle del Guadalquivir (la antigua Tartessos). Eran los más romanizados, los más sofisticados según Estrabón, y según el geógrafo griego conservaban “escrituras antiguas de más de seis mil años”.
- Bastetanos: en el sureste peninsular (actual Granada, Murcia, Jaén oriental), con capital en Basti (actual Baza), de donde procede la célebre Dama de Baza.
- Contestanos: en el levante (Alicante, sur de Valencia), donde se hallaron la Dama de Elche y el santuario del Cerro de los Santos. Su capital era Contestania (la actual zona de Elche, la antigua Ilici).
- Edetanos: en el área de Valencia (Edeta = Liria), donde se conservan vasos cerámicos pintados con escenas de guerra y vida cotidiana de extraordinaria calidad.
- Ilercavones: en la zona del delta del Ebro.
- Ilergetes: en la Cataluña occidental, protagonistas de la resistencia contra Roma durante la Segunda Guerra Púnica.
- Indiketes, lacetanos, layetanos, cessetanos: en la costa catalana.
Todos ellos compartían la lengua íbera y la escritura llamada íbera levantina, lo que demuestra una unidad cultural básica. Sin embargo, mantenían rivalidades políticas y frecuentes guerras entre sí, que los romanos aprovecharían para conquistarlos pueblo a pueblo.
El arte íbero: escultura y cerámica
La Dama de Elche
La Dama de Elche es, sin discusión, la pieza más célebre del arte íbero y una de las esculturas más enigmáticas de toda la Antigüedad. Un busto femenino de 56 cm de altura, esculpido en piedra caliza policromada (de la que aún se conservan restos), representa a una mujer de la alta aristocracia con un tocado extraordinariamente complejo: una cofia o mitra central, dos grandes rodetes laterales que cubren las orejas (probablemente soportes rígidos cubiertos de hilo de oro, característicos del atuendo de las damas contestanas), múltiples collares y colgantes, pendientes y una expresión serena e hierática.
Fue descubierta por casualidad el 4 de agosto de 1897 por un joven jornalero, Manuel Campello, mientras trabajaba en una finca en la Alcudia de Elche (Alicante), en el yacimiento de la antigua ciudad íbera de Ilici. Aparece en el fondo de una zanja recubierta por una losa. Se vendió inmediatamente al arqueólogo francés Pierre Paris, que la adquirió por 4.000 francos y se la llevó al Louvre de París, donde estuvo expuesta durante 44 años. Durante la Segunda Guerra Mundial, tras el régimen de Vichy, Francia y España negociaron su devolución junto con otras obras expoliadas; la Dama volvió a España el 27 de junio de 1941. Hoy se expone en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid.
La datación sigue discutida, pero la mayoría de los especialistas la sitúan entre los siglos V y IV a.C.. La cavidad en la parte posterior del busto, junto al detalle escultórico del tocado hueco, hizo pensar a algunos investigadores que pudo servir como urna cineraria o como parte de un busto-funeral en el que se depositaban las cenizas del difunto. Esa hipótesis encaja con el arte funerario de la élite íbera, en el que las grandes damas eran representadas como intermediarias entre el mundo humano y el divino.
La Dama de Baza y otras damas
La Dama de Baza fue descubierta en 1971 en la necrópolis del Cerro del Santuario (Baza, Granada) y es una escultura funeraria completa, sentada en un trono, de 1,30 metros de altura. A diferencia de la Dama de Elche, en la Dama de Baza se conservaron los restos funerarios en la cavidad del asiento, lo que confirmó el uso funerario de estas esculturas. Data también del siglo IV a.C. y se expone en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid junto a la Dama de Elche.
Existen también otras damas del arte íbero: la Dama Oferente del Cerro de los Santos, la Dama sedente de Guardamar (dama femenina encontrada en 2005), y una larga serie de figurillas de ofrendas en bronce y piedra. El arte íbero desarrolló así una verdadera iconografía femenina aristocrática sin paralelos tan claros en el arte contemporáneo europeo.
Los bichos y héroes: Cerrillo Blanco, los toros de Porcuna
El arte escultórico íbero produjo también conjuntos de estatuaria funeraria heroica. El más importante es el del Cerrillo Blanco de Porcuna (Jaén), descubierto en 1975, que conservaba más de cuarenta esculturas de piedra caliza representando guerreros a caballo, combates con leones, animales míticos, escenas heroicas en estilo influenciado por el arte griego arcaico. El conjunto se habría destruido intencionadamente en un momento de crisis política. Hoy se expone en el Museo Íbero de Jaén, inaugurado en 2017 y dedicado íntegramente a la cultura ibérica.
Cerámicas y tumbas
La cerámica íbera alcanzó una calidad excepcional, con piezas pintadas en estilo “figurativo” con escenas de guerra, danza, caza, animales reales y míticos, jinetes, procesiones religiosas y escenas familiares. Las vasijas de Liria (Valencia), Azaila (Teruel) o Elche son pequeñas obras maestras de la iconografía prerromana. Las necrópolis íberas, con sus urnas cinerarias ricamente decoradas y ajuares de armas, cerámicas y joyas, han proporcionado el grueso de nuestros conocimientos sobre la sociedad.
La lengua íbera y la escritura
Los íberos utilizaban varias escrituras relacionadas entre sí: la íbera levantina (la más extendida, usada en el levante y el sur hasta el Ebro), la meridional y la grecoíbera (alfabeto jónico adaptado). Todas ellas combinan signos silábicos (para sílabas consonante-vocal) y alfabéticos, un sistema mixto llamado semisilabario.
Las inscripciones son abundantes: más de 2.000 textos conocidos, desde plomos grabados con contratos o listas, hasta estelas funerarias, vasos cerámicos con nombres, grafiti y plomos mágicos. Gracias a los bilingües greco-ibéricos y a los nombres propios reconocibles en fuentes clásicas, los lingüistas han logrado transcribir fonéticamente los textos íberos con bastante precisión. Sin embargo, la lengua en sí sigue sin poder traducirse: no es indoeuropea, no parece estar emparentada con ninguna lengua viva conocida (aunque se ha especulado mucho con posibles conexiones con el vasco), y el vocabulario sigue siendo en su mayor parte opaco. Solo se conocen unos pocos nombres personales, topónimos, numerales y términos técnicos. Es, junto al etrusco, uno de los grandes enigmas lingüísticos del Mediterráneo antiguo.
La sociedad íbera: reyes, guerreros y santuarios
La sociedad íbera era fuertemente jerarquizada y estaba organizada en pequeñas ciudades-Estado (oppida) gobernadas por una aristocracia guerrera. Las fuentes romanas mencionan la existencia de reyes (reguli) y nobles que mantenían clientelas militares de soldados profesionales. Los guerreros íberos eran célebres en todo el Mediterráneo: su principal arma, la falcata (una espada curva de acero con filo interior), era considerada la mejor del mundo antiguo. Los mercenarios íberos combatieron en los ejércitos cartagineses durante las Guerras Púnicas, en los de Sicilia, en los de Tesalia e incluso —según Heródoto— en la batalla de Maratón en 490 a.C.
La religión íbera giraba en torno a santuarios rupestres (como el de La Luz en Murcia, el de Nuestra Señora de la Luz o el Cerro de los Santos en Albacete) donde se depositaban exvotos de bronce y cerámica. Los dioses íberos están pobremente documentados por la falta de textos comprensibles, pero la iconografía sugiere un panteón con divinidades femeninas (la “gran diosa”) y masculinas vinculadas a la guerra, la fertilidad y la muerte.
El fin: la conquista romana
La conquista romana de Hispania (218-19 a.C.) fue un proceso largo y violento que puso fin progresivamente al mundo íbero. Durante la Segunda Guerra Púnica (218-201 a.C.), los íberos lucharon a veces como aliados de Cartago y a veces como aliados de Roma, según sus intereses locales. Figuras como Indíbil y Mandonio, reyes ilergetes, protagonizaron una resistencia antiRomana que terminó en represión (Tito Livio dedica páginas memorables a sus revueltas y muertes).
En el siglo I a.C., la cultura ibérica estaba plenamente romanizada: las inscripciones en íbero desaparecen, el latín sustituye a la lengua local, las ciudades adquieren foros y templos de estilo romano. Los íberos se convirtieron en cives romani, pero algunos rasgos culturales —en la artesanía, el urbanismo, incluso en ciertos aspectos de la religiosidad popular— pervivieron en la Hispania romana. El Museo Arqueológico Nacional de Madrid y el Museo Íbero de Jaén conservan las mayores colecciones del arte íbero en España. Y cada vez que pronunciamos los nombres “Iberia”, “Península Ibérica” o “íbero”, seguimos invocando la herencia de este pueblo que dio su nombre al continente.
Preguntas frecuentes
Los íberos fueron el conjunto de pueblos que habitaron la mitad oriental y meridional de la Península Ibérica entre los siglos VI a.C. y I d.C. No eran un pueblo unitario sino una serie de grupos con cultura material, lengua y organización similares: turdetanos (valle del Guadalquivir, herederos de Tartessos), bastetanos (sureste), contestanos (Alicante), edetanos (Valencia), ilercavones (delta del Ebro), ilergetes (Cataluña occidental) y otros. Compartían la lengua íbera y una escritura común, pero mantenían rivalidades políticas entre sí. Dieron nombre a la "Iberia" y a la "Península Ibérica".
La Dama de Elche es un busto femenino de piedra caliza policromada de 56 cm de altura, considerado la obra maestra del arte íbero. Representa a una mujer de la alta aristocracia contestana con un tocado extraordinariamente complejo: cofia central, grandes rodetes laterales, múltiples collares, colgantes y pendientes. Fue descubierta el 4 de agosto de 1897 en La Alcudia de Elche (Alicante), vendida al arqueólogo francés Pierre Paris y expuesta en el Louvre durante 44 años, hasta que Francia la devolvió a España en 1941. Hoy se expone en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid y data de los siglos V-IV a.C.
Se conoce el valor fonético de los signos y podemos transcribir los textos íberos (los lingüistas saben cómo sonaban), pero no podemos traducirlos: la lengua en sí sigue sin poder leerse. No es indoeuropea y no se ha demostrado parentesco con ninguna lengua viva (aunque se ha especulado mucho con el vasco). Solo conocemos algunos nombres personales, topónimos y términos técnicos. Con los etruscos, el íbero es uno de los grandes enigmas lingüísticos del Mediterráneo antiguo. Existen más de 2.000 inscripciones íberas conocidas.
La falcata era la espada característica de los guerreros íberos, una hoja curva de acero con filo por el lado interior, empuñadura rematada en cabeza de caballo o pájaro, y de unos 60 cm de longitud. Era considerada por los romanos como la mejor espada del mundo antiguo: el acero íbero tenía una calidad extraordinaria, lograda mediante complejos procesos de forja y templado. Los romanos la incorporaron a su propio armamento y fue el modelo para el gladius hispaniensis. Los mercenarios íberos, armados con falcata, combatieron en los ejércitos de Cartago durante las Guerras Púnicas y en otras potencias mediterráneas.
La sociedad íbera era fuertemente jerarquizada y estaba organizada en pequeñas ciudades-Estado (oppida) gobernadas por una aristocracia guerrera. Las fuentes mencionan reyes locales (reguli) con clientelas militares de soldados profesionales. Las mujeres de las élites tenían un papel social y religioso importante, como muestran las esculturas femeninas (Dama de Elche, Dama de Baza) y los ajuares funerarios. La religión se practicaba en santuarios rupestres con ofrenda de exvotos de bronce. La escritura se usaba para inscripciones funerarias, contratos, listas comerciales y probablemente documentos administrativos.
La cultura íbera desapareció progresivamente durante la conquista romana de Hispania (218-19 a.C.), iniciada con la Segunda Guerra Púnica. Algunos pueblos íberos se resistieron durante décadas (destacan los ilergetes de Indíbil y Mandonio), pero en el siglo I a.C. la cultura estaba plenamente romanizada: las inscripciones en íbero desaparecen, el latín sustituye a la lengua local, las ciudades adquieren foros y templos romanos, y la población se convierte en cives romani. Algunos rasgos culturales pervivieron en la Hispania romana, pero la identidad ibera propiamente dicha se había disuelto.
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