El Reino de Aragón (1035-1707): del Pirineo al Mediterráneo, una Talasocracia Medieval

Reino y Corona de Aragón (1035-1707)

Cuando Sancho III el Mayor de Pamplona repartió en 1035 sus reinos entre cuatro hijos, el más pequeño, Ramiro, recibió el lote menor: el condado pirenaico de Aragón, una franja de pastos altos en la cabecera del río Aragón con menos de 5.000 vecinos cristianos. Era el resto disponible tras los lotes mayores —Castilla, Pamplona, Sobrarbe-Ribagorza— y nadie le auguraba futuro político. Doscientos años después, los descendientes de aquel hijo bastardo gobernaban Cerdeña, Sicilia, Mallorca, los ducados de Atenas y Neopatria, y media corte mediterránea de habla catalana. La Corona de Aragón había sido el experimento político más singular de la Europa medieval: una unión personal de coronas y condados con identidades fiscales y jurídicas distintas, gobernada desde una capital itinerante y conectada por la red comercial barcelonesa.

Castillo románico de Loarre en Huesca, fortaleza del primer reino de Aragón en el siglo XI
Castillo románico de Loarre, Huesca: fortaleza fundacional del primer Reino de Aragón en el siglo XI bajo Sancho Ramírez. Foto: Diego Delso, CC BY-SA 4.0.

Entre 1035 y 1707 —del condado pirenaico al Decreto de Nueva Planta— el reino de Aragón recorrió cuatro grandes ciclos: los reyes pirenaicos del XI, la unión con los condes de Barcelona en 1137, la conquista mediterránea del XIII bajo Jaime I y Pedro III, y la integración política con Castilla bajo los Reyes Católicos en 1479. Su modelo —pacto entre la corona y los reinos, Cortes con poder real, lengua y derecho propios para cada territorio— sería el principal contramodelo a la centralización borbónica del siglo XVIII y, todavía hoy, la referencia histórica de la organización foral peninsular.

Castillo románico de Loarre en Huesca, fortaleza del primer reino de Aragón en el siglo XI
Castillo románico de Loarre, Huesca: fortaleza fundacional del primer Reino de Aragón bajo Sancho Ramírez. Foto: Diego Delso, CC BY-SA 4.0.

Ramiro I y el primer reino pirenaico (1035-1063)

El condado de Aragón existía como entidad subordinada a Pamplona desde el siglo IX, cuando los condes Galindo I y Galindo II lo gobernaron como vasallos del rey navarro. Sancho III el Mayor (1004-1035) había heredado la cabeza pirenaica entera y la elevó al máximo prestigio dinástico de su generación, casándose con Mayor de Castilla y emparentándose con León y Pamplona. A su muerte, dividió: García Sánchez recibió Pamplona y la zona riojana; Fernando, Castilla; Gonzalo, Sobrarbe-Ribagorza; Ramiro, hijo natural reconocido, Aragón.

Ramiro I (1035-1063) fue el primero en titularse rex de Aragón. Aprovechó la fragmentación del califato cordobés para iniciar la conquista de la cuenca del Cinca y para fundar el monasterio de San Juan de la Peña, panteón real, refugio simbólico de los reyes y archivo del primer derecho aragonés. Su sucesor Sancho Ramírez (1063-1094) anexionó el condado de Sobrarbe-Ribagorza tras la muerte de su tío Gonzalo, conquistó Barbastro en una cruzada internacional con caballeros francos en 1064, y se convirtió en el primer rey peninsular que rindió vasallaje formal al Papa, en el llamado «pacto de San Juan de la Peña» de 1068.

Alfonso I el Batallador y la conquista de Zaragoza (1118)

El rey más militante del primer ciclo aragonés fue Alfonso I el Batallador (1104-1134). Casado en segundas nupcias con Urraca, reina de León y Castilla —matrimonio fracasado y disuelto por escándalo público en 1114—, Alfonso se concentró en la Reconquista del valle del Ebro. El 18 de diciembre de 1118 entró en Zaragoza tras un asedio de meses, con el apoyo de cruzados franceses convocados por el papa Gelasio II. Zaragoza, capital de la taifa hudí, se convirtió en la sede principal del reino. La Aljafería, palacio de los reyes hudíes, pasó a ser palacio real cristiano —y lo seguiría siendo durante seis siglos.

El Batallador murió sin descendencia en 1134, tras la derrota de Fraga ante los almorávides. Su testamento dejaba el reino a las tres órdenes militares —Templarios, Hospitalarios y Caballeros del Santo Sepulcro—, lo que produjo una crisis sucesoria de cinco años. Las Cortes aragonesas rechazaron el testamento y proclamaron rey al hermano del difunto, el monje Ramiro II el Monje, sacado del monasterio de Tomeres para casarse con Inés de Poitou, engendrar una hija —Petronila— y volver al claustro. Petronila, de un año de edad, fue prometida al conde de Barcelona Ramón Berenguer IV. La operación selló el destino mediterráneo de la corona.

1137: la unión con los condes de Barcelona

El 11 de agosto de 1137 se firmaron en Barbastro los esponsales entre la niña Petronila y el conde catalán Ramón Berenguer IV. La operación no era una fusión sino una unión dinástica: ambos territorios mantenían sus instituciones, lenguas, derechos y monedas, pero la corona se transmitiría a un solo soberano. El primogénito Alfonso II (1162-1196) sería simultáneamente rey de Aragón y conde de Barcelona —los catalanes lo tratarían como conde, los aragoneses como rey— y conjugaría dos heráldicas, dos derechos consuetudinarios (los Furs aragoneses y los Usatges catalanes) y dos lenguas (aragonés y catalán) bajo una sola dinastía.

El modelo se llamaría con el tiempo Corona de Aragón: una monarquía compuesta, con soberano único pero administraciones, parlamentos (Cortes y Generalitats), monedas y fronteras aduaneras autónomas para cada reino o principado. A Aragón y Cataluña se sumarían más tarde el reino de Mallorca (conquistada por Jaime I en 1229) y el reino de Valencia (1238). Cada uno tendría su propia Corte y su Generalitat; el rey juraría los fueros de cada territorio en ceremonias separadas.

Jaime I el Conquistador: Mallorca y Valencia

El reinado de Jaime I (1213-1276) fue el más largo y el más expansivo de la corona aragonesa. Coronado a los cinco años tras la muerte de su padre Pedro II en la batalla de Muret —combatiendo a los albigenses con los nobles occitanos en una causa que la cruzada de Simón de Montfort aplastó—, Jaime creció en condiciones casi de cautiverio bajo los Templarios de Monzón hasta que pudo asumir el gobierno efectivo en 1227.

Sus dos campañas mayores fueron:

  • Mallorca (1229): tras tomar Palma el 31 de diciembre, Jaime I incorporó a la corona el reino islámico de las islas Baleares. Su Llibre dels Feyts describe la batalla con detalle excepcional para una autobiografía medieval.
  • Valencia (1238): capituló el 9 de octubre. Jaime entró por la actual calle del Trinquete. La taifa valenciana del rey Zayyán fue absorbida y sus habitantes mudéjares mantenidos en condición de minoría protegida durante varias generaciones.

Jaime I también ocupó Murcia en 1265-66 a instancias de Alfonso X de Castilla y la entregó a este según el Tratado de Cazorla (1179) que había repartido las zonas de expansión peninsular entre ambas coronas. Cuando murió en 1276, la Corona de Aragón controlaba el arco mediterráneo desde el Pirineo oriental hasta Murcia, las Baleares enteras y mantenía intereses comerciales en el Magreb y Egipto.

Pedro III, las Vísperas Sicilianas y el Mediterráneo aragonés

El gran salto al Mediterráneo fue obra de Pedro III el Grande (1276-1285), hijo y sucesor de Jaime I. Casado con Constanza de Hohenstaufen —nieta del emperador Federico II y heredera dinástica del reino de Sicilia—, Pedro intervino tras las célebres Vísperas Sicilianas de 1282: la matanza de los franceses angevinos en Palermo el lunes de Pascua, provocada por décadas de opresión fiscal. Pedro desembarcó en Trapani, fue proclamado rey por el parlamento siciliano y se convirtió en señor de la mayor isla del Mediterráneo, contra la oposición frontal del papado y del rey de Francia, que lanzaron contra él la cruzada de 1285.

Sus sucesores ampliaron el dominio: Cerdeña fue conquistada por Jaime II en 1324, los ducados griegos de Atenas y Neopatria entraron por sucesión en 1377-1390, y Nápoles —la otra mitad del antiguo reino de Sicilia— fue tomada por Alfonso V el Magnánimo en 1442. La Corona de Aragón llegó a su máxima extensión a mediados del siglo XV: una talasocracia mediterránea con bases en Barcelona, Valencia, Palermo, Cagliari, Atenas y Nápoles, con un código consular del mar (Llibre del Consolat de Mar) que sería derecho marítimo común en buena parte del Mediterráneo medieval.

Las instituciones aragonesas: pactismo y Justicia Mayor

El sistema político aragonés tenía rasgos que lo diferenciaban radicalmente de la monarquía castellana:

  • Pactismo: el rey no gobierna por gracia divina absoluta, sino por contrato entre las Cortes y la Corona. La fórmula del juramento real, transmitida por la tradición —«Nos, que valemos tanto como vos, e juntos más que vos, os hacemos rey, con tal de que guardéis nuestros fueros; y si no, no»— resume el principio.
  • Cortes: Aragón, Cataluña, Valencia y Mallorca convocaban sus Cortes por separado. Las leyes votadas obligaban al rey y solo se aplicaban en ese reino. Convocarlas tres veces en cada legislatura era obligación legal.
  • Justicia Mayor de Aragón: magistrado supremo encargado de defender los fueros frente al rey. Único caso medieval europeo de un cargo judicial irrevocable que podía suspender órdenes regias inconstitucionales. Existió desde el siglo XIII hasta su abolición por Felipe V.
  • Generalitat: diputación permanente de las Cortes encargada de recaudar impuestos, vigilar el cumplimiento de los fueros y representar al territorio entre legislaturas. La Generalitat de Catalunya, fundada en 1359, es su forma más conocida y todavía existente.

Compromiso de Caspe (1412) y la dinastía Trastámara

En 1410 murió sin heredero Martín I el Humano, último soberano de la rama directa de los condes de Barcelona. Tras dos años de interregno y guerra civil entre los pretendientes, una asamblea de nueve compromisarios reunida en Caspe (Aragón) eligió como rey a Fernando de Antequera, infante de Castilla, hijo de Juan I y nieto de Pedro IV de Aragón. Era el llamado Compromiso de Caspe de 1412: una elección negociada que entregó la corona a la dinastía castellana de los Trastámara, sin guerra y sin imposición militar. Sus sucesores —Alfonso V, Juan II y Fernando II el Católico— gobernarían la Corona durante el siglo XV.

1479: la unión con Castilla y los inicios de la monarquía hispánica

El 19 de octubre de 1469, el infante Fernando de Aragón y la princesa Isabel de Castilla se casaron en secreto en Valladolid. Diez años más tarde, a la muerte de Juan II en 1479, Fernando heredó el trono aragonés y la pareja gobernó como soberanos conjuntos de las dos coronas peninsulares. Pero —matiz crucial— las coronas no se fusionaron: Castilla y Aragón seguían siendo entidades jurídicas distintas, con monedas, Cortes y derechos diferenciados. Fernando reinaba en Castilla por matrimonio; Isabel no tenía competencias en Aragón. Lo que se llama «España» en el sentido moderno empezaría a construirse con sus nietos, los Habsburgo.

La Corona de Aragón sobrevivió como entidad institucional autónoma durante dos siglos más. Bajo Carlos I, Felipe II, Felipe III y Felipe IV mantuvo sus Cortes, su Generalitat, su Justicia Mayor y sus instituciones forales. Solo el Decreto de Nueva Planta de Felipe V (1707, tras la Guerra de Sucesión) abolió definitivamente las instituciones aragonesas, valencianas, mallorquinas y catalanas, sustituyéndolas por un único modelo administrativo de raíz castellana.

El balance: el modelo plural mediterráneo

Aragón fue el experimento institucional más sofisticado del medievo peninsular. Inventó el pactismo monárquico antes que Inglaterra, codificó el primer derecho marítimo común del Mediterráneo, sostuvo la única magistratura medieval irrevocable de Europa —la Justicia Mayor— y construyó un imperio talasocrático con bases en cinco mares antes de que existiera la imprenta. Su modelo de coronación —«si no juras los fueros, no eres rey»— habría sido inconcebible en la Castilla coetánea.

Su debilidad estructural fue la dispersión: cinco reinos distintos, cuatro lenguas, varias monedas, una administración cuádruple. Cuando se enfrentó a la centralización castellana del siglo XVII y a la borbónica del XVIII, el sistema cedió. Pero la memoria histórica del modelo aragonés —el pacto entre rey y reino, la inviolabilidad de los fueros, la representación parlamentaria efectiva— alimentaría todas las reivindicaciones autonomistas peninsulares, desde el carlismo decimonónico hasta los estatutos contemporáneos. La España plural moderna debe a la Corona de Aragón mucho más que su nombre.