Mil años antes de que fenicios y griegos llegaran a la Península, en el sureste español floreció una de las sociedades más avanzadas de la Europa de su tiempo: la cultura de El Argar. Entre aproximadamente el 2200 y el 1550 a.C., en las actuales provincias de Almería y Murcia, los argáricos construyeron poblados fortificados, controlaron la metalurgia del bronce y desarrollaron algo insólito para su época: un poder político centralizado que muchos arqueólogos no dudan en llamar el primer Estado de la Península Ibérica.

Qué fue la cultura de El Argar
El Argar toma su nombre del yacimiento epónimo de Antas (Almería), excavado a finales del siglo XIX por los hermanos belgas Enrique y Luis Siret. Fue la manifestación más compleja de la Edad del Bronce peninsular, heredera y a la vez ruptura del mundo calcolítico de Los Millares.
En su momento de máxima expansión, el territorio argárico abarcaba unos 35.000 km²: Almería, Murcia, y zonas de Granada, Jaén, Alicante y Ciudad Real. Un territorio articulado por poblados jerarquizados donde unas pocas ciudades en altura —La Bastida, La Almoloya, Fuente Álamo— concentraban el poder sobre aldeas campesinas dependientes.
Poblados en altura: la primera urbanización
Los argáricos abandonaron los poblados abiertos del Calcolítico y se instalaron en cerros escarpados, fortificados con murallas y torres. La Bastida (Totana, Murcia), la “Troya del sudeste”, llegó a albergar a un millar de habitantes tras una muralla de más de dos metros de espesor con torres macizas, una arquitectura defensiva sin paralelo en la Europa occidental de su tiempo.
Dentro de las murallas, las casas de piedra y tapial se escalonaban en terrazas artificiales. Había cisternas para el agua, talleres metalúrgicos, molinos de cereal trabajando a escala casi industrial. Nada que ver con las cabañas dispersas de los siglos anteriores: era urbanismo en el sentido pleno de la palabra.
Enterrados bajo el suelo de casa
Una de las señas de identidad argáricas es su ritual funerario: los muertos se enterraban individualmente bajo el suelo de las viviendas, en fosas, cistas de piedra o grandes tinajas cerámicas (pithoi). Los ajuares que los acompañan son un espejo de la desigualdad social: la mayoría apenas llevaba un cuenco, mientras una minoría se enterraba con espadas, alabardas, diademas de plata y brazaletes de oro.
Esa distancia entre tumbas ricas y pobres, mantenida generación tras generación, es uno de los argumentos centrales para hablar de una sociedad de clases hereditaria, dividida —según los investigadores del proyecto argárico— en una élite dominante, un pueblo llano con derechos y una masa servil o esclava.
La Almoloya y la “princesa” argárica
En 2014, la excavación de La Almoloya (Pliego, Murcia) sacó a la luz un edificio excepcional: una gran sala con bancos corridos y capacidad para decenas de personas, interpretada como el palacio o sala de gobierno más antiguo de Europa occidental. Bajo su suelo apareció la tumba 38: una mujer joven enterrada con una diadema de plata y un ajuar de una riqueza extraordinaria, junto a un hombre con marcas de vida guerrera.
El hallazgo reabrió un debate fascinante: ¿pudieron algunas mujeres argáricas ejercer poder político? Los ajuares femeninos más ricos —las diademas de plata solo aparecen en tumbas de mujeres— sugieren que el rango, al menos, se transmitía también por línea femenina.
El colapso: un final abrupto
Hacia el 1550 a.C., la cultura de El Argar se derrumbó en apenas unas décadas. Los grandes poblados se abandonaron o incendiaron y el sureste se despobló durante siglos. Las hipótesis combinan agotamiento ecológico —deforestación, suelos esquilmados por el monocultivo de cebada— con conflictos internos: una revuelta contra unas élites que habían llevado la explotación del territorio y de las personas al límite.
Tras el colapso argárico, la Península no volvería a conocer una concentración de poder semejante hasta la llegada de fenicios y griegos, casi un milenio después. El Argar quedó como un experimento precoz y fallido de Estado, redescubierto por la arqueología como uno de los capítulos más singulares de la prehistoria peninsular.
- El Argar fue excavado en los años 1880 por los hermanos belgas Enrique y Luis Siret, pioneros de la arqueología científica española.
- A La Bastida (Totana) se la llama la "Troya del sudeste" por sus imponentes fortificaciones, únicas en la Europa occidental de su tiempo.
- Los argáricos enterraban a sus muertos bajo el suelo de sus propias casas, a menudo dentro de grandes tinajas de cerámica.
- Las diademas de plata argáricas solo se han hallado en tumbas de mujeres, lo que sugiere que el rango se transmitía también por línea femenina.
- La sala de La Almoloya, con bancos corridos para decenas de personas, se considera el edificio de gobierno más antiguo de Europa occidental.
- Los análisis de dieta muestran fuertes desigualdades: las élites comían mucha más carne que la población común.
- El monocultivo de cebada y la deforestación por la metalurgia pudieron provocar el colapso ecológico que acabó con la cultura.
- Tras el colapso argárico hacia 1550 a.C., el sureste quedó semidespoblado durante siglos.
Preguntas frecuentes
Una sociedad de la Edad del Bronce (c. 2200-1550 a.C.) del sureste peninsular, caracterizada por poblados fortificados en altura, metalurgia avanzada, enterramientos bajo las viviendas y una fuerte jerarquía social. Muchos arqueólogos la consideran el primer Estado de Iberia.
Su núcleo estaba en las actuales provincias de Almería y Murcia, con expansión hacia Granada, Jaén, Alicante y Ciudad Real: unos 35.000 km² en su apogeo. El yacimiento epónimo está en Antas (Almería).
Por la concentración del poder y la metalurgia en unos pocos centros, el control del territorio mediante poblados jerarquizados, la desigualdad hereditaria visible en los ajuares funerarios y edificios de gobierno como la sala de La Almoloya.
Un yacimiento argárico en Pliego (Murcia) donde en 2014 se halló un gran edificio de gobierno y la tumba 38: una mujer enterrada con diadema de plata y un ajuar excepcional, popularmente conocida como la "princesa" argárica.
Hacia el 1550 a.C. sus poblados se abandonaron o incendiaron en pocas décadas. Las hipótesis apuntan a una crisis ecológica (deforestación, suelos agotados) combinada con revueltas internas contra las élites.
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Fuentes
- Vicente Lull, Rafael Micó, Cristina Rihuete y Roberto Risch, publicaciones del proyecto ASOME-UAB sobre La Bastida y La Almoloya.
- Luis Siret y Enrique Siret, Las primeras edades del metal en el sudeste de España (1890).
- «Emblems and spaces of power during the Argaric Bronze Age at La Almoloya, Murcia», Antiquity (2021).