Diego Rodríguez de Silva y Velázquez (Sevilla, 1599 – Madrid, 1660) es, junto a Goya y Picasso, uno de los tres grandes pintores de la historia de España y uno de los más influyentes del arte universal. Pintor de cámara del rey Felipe IV durante casi cuarenta años, dejó una obra relativamente corta pero absolutamente decisiva para la pintura occidental. Su cuadro más célebre, Las Meninas (1656), es considerado por muchos críticos —desde Manet hasta Foucault— como la obra maestra de la pintura europea y el cuadro más estudiado, analizado y reinterpretado de toda la historia del arte.

La formación sevillana (1599-1622)
Velázquez nació en Sevilla en 1599 en una familia de origen portugués y judeoconverso. Con apenas once años entró como aprendiz en el taller del pintor Francisco Pacheco, uno de los teóricos de la pintura más influyentes del momento, maestro riguroso y autor del tratado Arte de la pintura. En el taller de Pacheco, Velázquez aprendió la técnica tenebrista de raíz caravaggista que estaba triunfando en la Sevilla del momento y que aplicaría a sus primeras obras. En 1617 aprobó el examen del gremio de pintores y abrió taller propio. Un año después, en 1618, se casó con Juana Pacheco, hija de su maestro.
De esta primera etapa son los llamados “bodegones sevillanos”: escenas de taberna, cocina y la vida cotidiana con un realismo intenso, claroscuro dramático y atención minuciosa a los objetos. El Aguador de Sevilla (c. 1620), la Vieja friendo huevos (1618) y el Cristo en casa de Marta y María (1618) son ejemplos cumbre de este Velázquez sevillano, todavía marcado por Caravaggio y por el gusto tenebrista pero ya mostrando un dominio técnico excepcional para un pintor tan joven.
La llegada a la corte de Felipe IV (1622-1629)
En 1622, Velázquez hizo un primer viaje a Madrid con cartas de recomendación de su suegro, en busca de una oportunidad en la corte. No consiguió retratar al rey, pero llamó la atención del conde-duque de Olivares, el valido todopoderoso de Felipe IV, también sevillano. Olivares lo llamó de nuevo al año siguiente. En agosto de 1623, Velázquez pintó su primer retrato de Felipe IV, que gustó tanto al rey que este declaró que a partir de entonces solo él podría retratarlo. A los 24 años, Velázquez era nombrado pintor del rey.
Durante los años siguientes, Velázquez fue escalando posiciones en la jerarquía palaciega. En 1628 conoció en Madrid al pintor flamenco Pedro Pablo Rubens, que visitó la corte como embajador. El encuentro fue decisivo: Rubens admiró profundamente al joven sevillano y lo animó a viajar a Italia, como él mismo había hecho.
El primer viaje a Italia (1629-1631)
En 1629 Velázquez obtuvo permiso real para viajar a Italia, financiado por la Corona. Visitó Venecia, Ferrara, Roma y Nápoles, donde admiró a Tiziano, Tintoretto y Veronese. En Roma residió varios meses en la Villa Médici. De esta estancia son dos obras fundamentales: La fragua de Vulcano y La túnica de José, ambas realizadas en Roma en 1630 y hoy en el Prado y en El Escorial respectivamente. En ellas se ve el abandono del tenebrismo sevillano y la asimilación del colorido veneciano, más luminoso y libre.
El Velázquez maduro: los años del Salón de Reinos (1634-1648)
A su regreso a Madrid, Velázquez recibió el encargo de decorar el Salón de Reinos del Buen Retiro, el nuevo palacio construido por Olivares para Felipe IV. Para este programa iconográfico realizó en 1634-1635 varias de sus obras más célebres, entre ellas La rendición de Breda o Las lanzas, el mayor cuadro de historia del Siglo de Oro español y una de las obras maestras absolutas del género bélico: en ella, el general español Ambrosio Spínola recibe las llaves de la ciudad holandesa de Breda del vencido Justino de Nassau en un gesto de humanidad y magnanimidad sin precedentes en la pintura militar.
En esos mismos años realizó los célebres retratos ecuestres de Felipe IV, la reina Isabel de Borbón, el príncipe Baltasar Carlos y el propio conde-duque de Olivares, así como las series de retratos de bufones y enanos de la corte —El Niño de Vallecas, Don Sebastián de Morra, Francisco Lezcano—, obras de asombrosa humanidad y profundidad psicológica en las que Velázquez trata a estos personajes marginales con la misma dignidad que a los reyes.
El segundo viaje a Italia y la Venus del espejo (1649-1651)
Entre 1649 y 1651, Velázquez hizo un segundo viaje a Italia con el encargo oficial de comprar obras de arte y modelos para la colección real. En Roma pintó el célebre retrato del papa Inocencio X (Galleria Doria Pamphilj), considerado por muchos como el mejor retrato papal de la historia y que el propio papa, al verse retratado, habría exclamado: «Troppo vero!» (“¡Demasiado verdadero!”). También realizó en Roma la Venus del espejo (hoy en la National Gallery de Londres), el único desnudo femenino conservado de su obra y una de las cumbres del desnudo occidental.
Las Meninas (1656): la obra maestra absoluta
Las Meninas, o La familia de Felipe IV (como se llamaba en los inventarios reales), fue pintado por Velázquez en 1656, en sus últimos años. Es un lienzo de grandes dimensiones (3,18 × 2,76 metros) que representa una escena aparentemente cotidiana en el cuarto del príncipe del Alcázar de Madrid: la infanta Margarita Teresa, de cinco años, está acompañada por sus meninas (damas de honor) María Agustina Sarmiento e Isabel de Velasco, la enana Maribárbola y el enano Nicolasito Pertusato, un perro, la dueña doña Marcela de Ulloa y el guardadamas. A la izquierda del cuadro, Velázquez mismo aparece pintando ante un gran lienzo del que solo vemos el reverso.
Pero la verdadera singularidad del cuadro está en un espejo al fondo, en la pared, en el que se reflejan las figuras del rey Felipe IV y su esposa Mariana de Austria. ¿Qué están haciendo ahí? La interpretación más aceptada es que los reyes están fuera del cuadro, en el lugar del espectador: Velázquez los está pintando, y la escena que vemos es lo que ellos ven desde su posición. El cuadro invierte así la convención pictórica: el espectador no mira el cuadro, sino que está dentro de él. Es una reflexión sobre la pintura, la representación y la mirada que no tiene precedentes en la historia del arte.
La técnica es extraordinaria: pincelada suelta, casi impresionista tres siglos antes del Impresionismo, que al acercarse al lienzo se descompone en manchas abstractas y solo al alejarse se resuelve en figuras reconocibles. Velázquez lleva la pintura al al límite de lo que se creía posible en el siglo XVII. El cuadro fue comparado por Luca Giordano con la “teología de la pintura” y Théophile Gautier, al verlo en el siglo XIX, exclamó: «Mais où est donc le tableau?» (“¿Pero dónde está el cuadro?”), reconociendo que Las Meninas parecía la realidad misma, no una representación.
El Velázquez aposentador y la muerte (1652-1660)
En 1652, Felipe IV nombró a Velázquez aposentador mayor de palacio, un cargo administrativo que absorbía gran parte de su tiempo y que le dejaba poco margen para pintar. Su último gran anhelo era el ingreso en la Orden de Santiago, una orden militar vetada en principio a los pintores (considerados “artesanos” y no nobles). Consiguió la concesión en noviembre de 1659, con dispensa papal incluida. En Las Meninas, pintado tres años antes, aparece ya con la cruz roja de Santiago en el pecho: la tradición cuenta que fue el propio Felipe IV quien la añadió al cuadro a mano tras la muerte del pintor, como tributo final.
Velázquez murió el 6 de agosto de 1660 en Madrid, poco después de regresar agotado de organizar la boda de la infanta María Teresa con Luis XIV de Francia en la frontera del Bidasoa. Su esposa murió una semana después. Fue enterrado en la iglesia de San Juan Bautista, destruida durante la invasión napoleónica: sus restos están perdidos.
Legado: Manet, Picasso, Foucault
La influencia de Velázquez en la pintura posterior es inmensa. Fue olvidado relativamente durante el siglo XVIII y redescubierto por los pintores románticos y realistas del siglo XIX. Édouard Manet, tras visitar Madrid en 1865, lo llamó «el pintor de los pintores» y lo consideró el verdadero precursor de la pintura moderna. Pablo Picasso realizó en 1957 una serie de 58 variaciones sobre Las Meninas que hoy se conservan en el Museo Picasso de Barcelona. El filósofo Michel Foucault abrió su libro Las palabras y las cosas (1966) con un análisis del cuadro que se ha convertido en un texto canónico de la crítica contemporánea. El cuadro se conserva en la sala 12 del Museo del Prado, en Madrid, donde es una de las obras más visitadas del mundo.
Preguntas frecuentes
Diego Velázquez (Sevilla, 1599 – Madrid, 1660) fue el pintor más importante del Siglo de Oro español y uno de los mayores de la historia del arte. Pintor de cámara de Felipe IV desde 1623, es autor de Las Meninas, La rendición de Breda, Las hilanderas y decenas de retratos reales.
Pintada en 1656, Las Meninas es considerada la obra maestra absoluta de Velázquez y una de las cumbres de la pintura universal. Su composición con varios planos, el juego de espejos, el autorretrato del pintor y la mirada de la infanta Margarita han fascinado a Foucault, Picasso y Dalí durante siglos.
En el Museo del Prado de Madrid, sala 12, desde 1819. Es probablemente la obra más famosa del museo y uno de los cuadros más visitados del mundo. Sus dimensiones son enormes: 3,18 × 2,76 metros. Velázquez lo pintó para una habitación privada del Alcázar Real, hoy desaparecido.
Velázquez retrató a Felipe IV en múltiples ocasiones a lo largo de cuatro décadas. Desde el joven rey de Felipe IV en Fraga (1644) hasta el rey envejecido del retrato de 1656. También retrató a la reina Mariana de Austria, a los infantes Baltasar Carlos y Margarita, y a los bufones de la corte con dignidad revolucionaria.
Velázquez, sin duda. Lo nombró pintor de cámara con apenas 24 años y lo fue ascendiendo en la corte hasta aposentador mayor de palacio (1652), cargo burocrático y honorífico excepcional. En 1659 le concedió el hábito de la Orden de Santiago, que Velázquez pintó en su autorretrato de Las Meninas.