Rodrigo Díaz de Vivar, conocido por la historia como El Cid Campeador (c. 1043 – Valencia, 1099), es el héroe legendario de la Reconquista española y el personaje histórico más influyente del imaginario medieval hispánico. Guerrero de excepción, señor de frontera, estratega brillante y mercenario pragmático al servicio indistinto de reyes cristianos y musulmanes, su figura histórica real fue muy compleja pero la tradición literaria la convirtió en el arquetipo del caballero leal y valiente. Su nombre aparece en dos tradiciones paralelas que conviene distinguir: el Cid histórico, documentado en crónicas árabes y latinas, y el Cid literario del Cantar de Mío Cid.

Los nombres: Rodrigo, Cid, Campeador
El personaje histórico se llamaba Rodrigo Díaz (o Ruy Díaz en las fuentes medievales), y añadió a su nombre el topónimo de su lugar de origen, Vivar, una pequeña aldea cerca de Burgos. El sobrenombre de “Cid” proviene del árabe sīdī (سَيِّدِي), que significa “mi señor”, y se lo dieron sus enemigos musulmanes en reconocimiento de su autoridad como caudillo. El otro sobrenombre, “Campeador”, procede del latín campi ductor (“conductor en el campo [de batalla]”) y aludía a su condición de guerrero probado en duelos singulares y combates decisivos. Ambos apelativos se unieron para formar el nombre con el que la historia lo recuerda.
El Cid histórico: del infante al señor de Valencia
La infancia en la corte de Fernando I (1043-1065)
Rodrigo nació hacia 1043 en Vivar (Burgos), en el seno de una familia de la pequeña nobleza castellana. Tras la muerte de su padre, el joven Rodrigo fue criado en la corte del infante Sancho, hijo primogénito de Fernando I de León y Castilla, de quien se convirtió en compañero de armas y amigo personal. Al morir Fernando I en 1065, el reino se dividió entre sus tres hijos, y Sancho recibió Castilla. Rodrigo, ya un guerrero de prestigio, fue nombrado alférez real (portaestandarte del ejército) de Sancho II de Castilla, el cargo militar más importante del reino.
La muerte de Sancho II y la jura de Santa Gadea (1072)
Sancho II quiso reunificar los reinos y entró en guerra con sus hermanos Alfonso y García. En 1072, durante el cerco de Zamora, Sancho fue asesinado a traición por Vellido Dolfos, supuestamente enviado por su hermana Urraca. Como Sancho no tenía hijos legítimos, el trono pasó a su hermano Alfonso VI, que hasta entonces había sido rey de León y que estaba sospechosamente cerca del asesinato.
La leyenda cuenta que el Cid, como alférez de Sancho, exigió a Alfonso VI prestar juramento público en la iglesia de Santa Gadea en Burgos de que no había tenido parte en el asesinato. Alfonso VI habría pronunciado el juramento «a regañadientes», con ira contenida, jurando no haber participado ni ordenado la muerte de su hermano. La escena, recogida en los romances medievales y en el posterior Cantar, estableció la mala relación del nuevo rey con el Cid. El episodio histórico, sin embargo, es muy dudoso: no aparece en las fuentes contemporáneas y probablemente es una creación literaria posterior.
Los dos destierros
Pese a las tensiones, Alfonso VI mantuvo al Cid en la corte y le dio en matrimonio a su prima Doña Jimena Díaz, pariente de los condes de Oviedo, con la que tuvo tres hijos: Diego, Cristina y María. Pero las intrigas cortesanas acabaron provocando el primer destierro del Cid en 1081, tras un episodio en el que había atacado por cuenta propia el reino taifa de Toledo, entonces vasallo de Alfonso VI. Rodrigo fue expulsado con sus hombres.
Es en este primer destierro cuando el Cid se puso al servicio de al-Muqtadir y luego de al-Mutamán, reyes musulmanes de la taifa de Zaragoza, para quienes combatió durante años, incluso contra otros reyes cristianos y contra los Almorávides. Este episodio, que en el Cantar queda eliminado para preservar la imagen del héroe cristiano, es uno de los más reveladores de la realidad histórica: el Cid era un guerrero de frontera que vendía sus servicios al mejor postor, independientemente de la religión, como era habitual en la España del siglo XI.
El Cid fue readmitido por Alfonso VI en 1086, tras la derrota cristiana de Sagrajas frente a los Almorávides, cuando el rey necesitó desesperadamente a todos sus mejores guerreros. Pero el reencuentro fue breve: un segundo destierro en 1089 lo alejó definitivamente de la corte castellana.
La conquista de Valencia (1094)
Tras el segundo destierro, el Cid se lanzó a una campaña autónoma por el Levante peninsular. Actuando de nuevo como señor de frontera, cobró parias a los reyes taifas de Albarracín, Valencia y Denia, venció a los condes catalanes en la batalla de Tévar (1090) en la que apresó al conde Berenguer Ramón II, y finalmente puso cerco a Valencia, entonces gobernada por el régulo al-Qadir, títere cristiano asesinado por un partido interno favorable a los Almorávides. Tras un asedio prolongado de más de un año y medio, el Cid entró en Valencia el 15 de junio de 1094 y gobernó la ciudad como señor independiente, reconociendo nominalmente la soberanía de Alfonso VI pero actuando en la práctica como un príncipe soberano.
Su gobierno en Valencia duró cinco años, durante los cuales derrotó repetidas veces a los Almorávides en batallas como Cuarte (1094) y Bairén (1097). La ciudad conservó inicialmente a su población musulmana, a la que el Cid impuso tributos y obligó a vivir en los arrabales, reservando el núcleo urbano para los cristianos. Construyó iglesias, reorganizó la administración y actuó como rey de hecho.
La muerte (1099) y el fin de Valencia (1102)
El Cid murió en Valencia el 10 de julio de 1099, posiblemente de enfermedad (no en batalla, al contrario de la leyenda que lo hace morir tras el asedio almorávide). Su esposa doña Jimena trató de mantener la ciudad durante tres años con ayuda de Alfonso VI, pero la presión almorávide era insostenible. En 1102, Jimena decidió abandonar Valencia, quemar la ciudad y retirarse con el cadáver de su esposo a Castilla. Los restos del Cid fueron enterrados en el monasterio de San Pedro de Cardeña (Burgos), donde reposaron hasta que fueron trasladados a la Catedral de Burgos en el siglo XX. Hoy reposan allí, junto a los de doña Jimena, en el crucero de la catedral burgalesa.
El Cantar de Mío Cid y la creación del mito
El Cantar de Mío Cid es el poema épico más importante de la literatura española medieval y una de las obras clave para entender el nacimiento del castellano como lengua literaria. Se compuso hacia 1200 —unos cien años después de la muerte del Cid histórico— y se conserva en un único manuscrito, fechado en 1207 y firmado por un tal Per Abbat. El manuscrito está custodiado en la Biblioteca Nacional de España en Madrid.
El Cantar tiene 3.735 versos divididos en tres partes: Cantar del destierro (desde que el Cid sale de Vivar), Cantar de las bodas (las bodas de sus hijas con los infantes de Carrión) y Cantar de la afrenta de Corpes (donde los infantes maltratan a las hijas del Cid y éste exige justicia ante el rey). La obra modela al héroe como el vasallo perfecto: leal aún en el destierro, generoso con sus hombres, magnánimo con los vencidos, defensor del honor familiar. Es una reelaboración ideológica del Cid histórico: elimina sus servicios a los reyes musulmanes, subraya su cristiandad y construye un modelo moral que responde a las necesidades de la Castilla del siglo XIII.
La pervivencia del mito
El Cid es, junto al rey Arturo británico, Rolando francés o Sigfrido germano, uno de los grandes héroes épicos nacionales de la Europa medieval. Su figura ha sido recuperada en múltiples obras: los romances del Cid (siglos XV-XVI), el drama Le Cid de Pierre Corneille (1637) que lo hizo célebre en toda Europa, la Historia del muy noble caballero el Cid de Southey (1808), las composiciones de Manuel de Falla y el cine: la película de Anthony Mann El Cid (1961) con Charlton Heston y Sofía Loren fue uno de los grandes éxitos del género épico de Hollywood y contribuyó decisivamente a la popularización internacional del personaje.
En la actualidad, el Cid sigue presente en la imaginación popular española. El Camino del Cid es una ruta turística cultural de más de 1.400 km que sigue el itinerario del destierro según el Cantar, desde Vivar del Cid (Burgos) hasta Valencia, pasando por Soria, Zaragoza, Teruel y Castellón. La serie de televisión El Cid (Amazon Prime, 2020-2021) ha renovado el interés del público joven. Y el caballo del Cid, Babieca, sigue siendo uno de los animales más famosos de la literatura española.
Preguntas frecuentes
Rodrigo Díaz de Vivar (c. 1048-1099), noble castellano, alférez del rey Sancho II y después caballero mercenario al servicio tanto de reinos cristianos (Castilla, León) como de taifas musulmanas (Zaragoza). En 1094 conquistó Valencia y la gobernó hasta su muerte.
Viene del árabe sīdī («mi señor»). Se lo dieron sus propias tropas musulmanas cuando servía al emir de Zaragoza. «Campeador» es latín: campi doctor, «maestro del campo de batalla», apodo cristiano añadido por sus admiradores.
Ambas cosas. Alternó su carrera entre servir a los reinos cristianos de León y Castilla y a los emires de Zaragoza. Era un mercenario de altísimo nivel, no un combatiente religioso; la épica cristiana posterior lo reinventó como héroe de la Reconquista.
En la Catedral de Burgos, junto a su esposa Jimena, desde el traslado definitivo de sus restos en 1921. Antes habían reposado en el monasterio de Cardeña y en varios lugares tras la pérdida de Valencia a manos almorávides en 1102.
El Cid histórico fue un mercenario pragmático y ambicioso que sirvió a musulmanes y cristianos. El Cid literario del Cantar de Mio Cid (c. 1207) lo presenta como héroe cristiano ejemplar, fiel al rey pese al destierro. La primera obra mayor de la literatura castellana idealizó al personaje.