La Expulsión de los Judíos (1492): El Edicto de Granada y la Diáspora Sefardí

Reyes Católicos (1492)

La Expulsión de los judíos de España del 31 de marzo de 1492 fue uno de los acontecimientos más trascendentales —y más controvertidos— del reinado de los Reyes Católicos y uno de los puntos de inflexión más dolorosos de la historia del judaísmo europeo. Mediante el Edicto de Granada, también conocido como Edicto de Expulsión o Decreto de la Alhambra, Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón ordenaron a todos los judíos de sus reinos convertirse al cristianismo o abandonar el país en un plazo de cuatro meses, bajo pena de muerte. Se calcula que entre 50.000 y 150.000 judíos abandonaron la Península Ibérica en los meses siguientes, poniendo fin a una comunidad que había vivido allí durante al menos 1.500 años.

Documento del Edicto de Granada, expulsión de los judíos de España en 1492.
Documento del Edicto de Granada, expulsión de los judíos de España en 1492.

Los sefardíes: 1.500 años de historia peninsular

La comunidad judía de la Península Ibérica —conocida como sefardí, del hebreo Sfarad (ספרד), nombre bíblico de Hispania— era una de las más antiguas y prestigiosas del mundo. Los judíos estaban presentes en Hispania desde época romana, probablemente desde el siglo I d.C., y habían sobrevivido a los visigodos (con episodios de persecución como el III Concilio de Toledo del 589 o las leyes antijudías del rey Égica), a la conquista islámica del 711 (en muchos casos colaborando con los conquistadores) y a los siglos de Al-Ándalus, donde vivieron una auténtica Edad de Oro bajo los Omeyas de Córdoba (siglos IX-XI), con figuras como el gramático Menahem ben Saruq, el filósofo Ibn Gabirol, el médico y escritor Yehudá Haleví o el gran poeta Samuel ibn Nagrella.

Con la Reconquista cristiana, muchos judíos pasaron a los reinos del norte, donde también fueron tratados con relativa tolerancia durante los siglos XII y XIII. Alfonso X el Sabio los integró en su famosa Escuela de Traductores de Toledo, donde colaboraron con cristianos y musulmanes traduciendo al castellano y al latín las obras científicas y filosóficas árabes, hebreas y griegas. Las principales aljamas (juderías) estaban en Toledo, Sevilla, Córdoba, Zaragoza, Barcelona, Valencia y Lisboa. Los judíos ejercían como médicos, astrónomos, financieros, recaudadores de impuestos, comerciantes y prestamistas.

La crisis de 1391 y el problema converso

El giro trágico comenzó con la oleada de pogromos de 1391. Aquel verano, predicaciones incendiarias del arcediano Ferrant Martínez en Sevilla desencadenaron matanzas antijudías que destruyeron las grandes aljamas de Sevilla, Córdoba, Toledo, Valencia, Barcelona y Mallorca. Decenas de miles de judíos fueron asesinados; otros miles, convertidos forzosamente al cristianismo para salvar la vida. Estos “nuevos cristianos” o conversos (también llamados despectivamente “marranos”, probablemente del árabe muharram, “prohibido”) se integraron en el siglo XV en la sociedad castellana como cortesanos, médicos, funcionarios y comerciantes, escalando posiciones que los viejos cristianos les disputaban con creciente hostilidad.

En el siglo XV se extendió la sospecha de que muchos conversos seguían practicando el judaísmo en secreto en el ámbito familiar, una situación que los historiadores llaman “criptojudaísmo”. El miedo social al “falso converso” alimentó los estatutos de limpieza de sangre (el primero en Toledo en 1449), que excluían a los conversos y sus descendientes de cargos públicos y órdenes militares. Y fue el principal pretexto para la creación de la Inquisición Española en 1478, instrumento específico para perseguir a los judaizantes.

El Edicto de Granada (31 de marzo de 1492)

Tres meses después de la toma de Granada, los Reyes Católicos firmaron en la Alhambra, el 31 de marzo de 1492, el Edicto de Expulsión. El texto, redactado probablemente por Tomás de Torquemada y firmado por los reyes, ordenaba que «todos los judíos y judías, de cualesquier edad que sean, que viven y moran y están en los dichos nuestros reynos… salgan de todos los dichos nuestros reynos y señoríos… hasta en fin del mes de julio primero que viene de este presente año, y que no sean osados de tornar ni estar en ellos ni en parte alguna de ellos». Los que se convirtieran al cristianismo podían quedarse y conservar sus propiedades. Los que no, debían irse con lo que pudieran llevar (con exclusión del oro y la plata, que el edicto les prohibía sacar del reino).

Las razones alegadas en el texto eran fundamentalmente religiosas: la presencia judía suponía un peligro de “contaminación” para los conversos sinceros, a los que los judíos presuntamente seducirían para volver al judaísmo. Los historiadores actuales, sin embargo, consideran que hubo también motivaciones políticas (voluntad de unificación religiosa del reino recién consolidado tras la toma de Granada) y presiones internas de la Inquisición, especialmente de Torquemada, confesor personal de Isabel y defensor radical de la expulsión.

El financiero Isaac Abravanel, recaudador real judío, y Abraham Senior, rabino mayor de Castilla, ofrecieron a los reyes una enorme suma en oro (30.000 ducados según las crónicas) a cambio de la revocación del edicto. Fernando habría estado tentado de aceptar, pero Torquemada —según la célebre anécdota— irrumpió en la cámara real blandiendo un crucifijo y gritando: «Aquí lo tenéis, venderlo de nuevo», en alusión a Judas Iscariote. La expulsión se mantuvo.

El éxodo sefardí

Los judíos que no se convirtieron tuvieron hasta finales de julio de 1492 para abandonar la Península. El número total de expulsados sigue siendo objeto de debate historiográfico. Las cifras tradicionales hablaban de 300.000 o incluso 800.000, pero los estudios modernos basados en los padrones fiscales —especialmente de Haim Beinart, Henry Kamen y Jaime Contreras— rebajan significativamente esas estimaciones. La cifra más aceptada actualmente se sitúa entre 50.000 y 150.000 personas: los reinos de Castilla y Aragón probablemente contaban con unos 200.000 judíos en 1492, de los cuales aproximadamente la mitad se convirtió y la otra mitad optó por la expulsión.

Los destinos del exilio fueron múltiples:

  • Portugal: recibió inicialmente a unos 120.000 refugiados tras negociar pagos por persona con el rey Juan II. Pero en 1496, Manuel I decretó una conversión forzosa similar y muchos convertidos portugueses emigraron luego a otros destinos.
  • Norte de África: Fez, Tremecén, Argel, Túnez recibieron comunidades sefardíes que se integraron en las comunidades judías locales. Las del Marruecos actual siguen identificándose como sefardíes hoy.
  • Imperio otomano: el sultán Bayaceto II los recibió con los brazos abiertos y se dice que comentó irónicamente: «¿Y llamáis sabio a Fernando, que empobrece su reino para enriquecer el mío?». Estambul, Salónica, Esmirna, Adrianópolis y el Cairo acogieron grandes comunidades. Salónica llegó a ser una ciudad de mayoría sefardí hasta el Holocausto.
  • Italia: Roma, Ferrara, Venecia, Liorna y el Reino de Nápoles (hasta 1541) acogieron comunidades importantes que mantuvieron durante siglos la cultura y la lengua sefardíes.
  • Países Bajos: a partir del siglo XVII, Ámsterdam se convirtió en el principal centro sefardí del norte de Europa, incluyendo la familia de Baruch Spinoza.

El legado sefardí: el ladino y la memoria cultural

Los sefardíes conservaron durante más de cinco siglos la lengua y la cultura de la España de 1492. La lengua sefardí —conocida como judeoespañol, ladino o djudezmo— es una variedad del castellano medieval con préstamos del hebreo, del turco, del griego y del árabe, y sigue hablándose hoy por unas 200.000 personas, principalmente en Israel, Turquía, Grecia y comunidades de la diáspora. Mantiene palabras arcaicas como agora (ahora), amigavle (amigable) o fazer (hacer) que los filólogos estudian como una cápsula del tiempo del castellano del siglo XV.

La música sefardí —romances viejos, canciones de boda, nanas— conservó un repertorio castellano medieval que se ha perdido en la propia España. Figuras como la cantante Yasmin Levy han popularizado este legado en el siglo XXI. La Ley de la Memoria Sefardí aprobada por el parlamento español en 2015 (Ley 12/2015) concedió la nacionalidad española a los descendientes de los expulsados que pudieran acreditarlo mediante certificados genealógicos, lingüísticos o del apellido. Más de 132.000 personas la solicitaron antes del cierre del plazo en 2021, principalmente desde México, Venezuela, Israel, Estados Unidos y Turquía.

El reconocimiento institucional y los debates actuales

El edicto de 1492 fue oficialmente derogado por la Constitución liberal del siglo XIX, pero solo en 1924 el dictador Primo de Rivera ofreció por decreto la nacionalidad española a los sefardíes que la solicitaran —una medida poco aplicada en la práctica—. Durante el Holocausto, el diplomático español Ángel Sanz Briz y otros funcionarios utilizaron aquella disposición para salvar a varios miles de sefardíes en Hungría y los Balcanes. En 1992, coincidiendo con el quinto centenario, el rey Juan Carlos I visitó por primera vez una sinagoga en Madrid y pidió públicamente perdón por la expulsión. El gesto fue simbólico pero políticamente importante.

El debate histórico sobre el edicto sigue abierto. Para unos historiadores, la expulsión fue un acto de fanatismo religioso que empobreció drásticamente a España (al perder una clase comercial, médica y financiera esencial) y contribuyó al posterior declive del siglo XVII. Para otros, fue la culminación lógica de un proceso secular de tensión antijudía que había comenzado en 1391 y que solo los Reyes Católicos tuvieron la fuerza política para cerrar de manera definitiva. En todo caso, el edicto cambió irreversiblemente el perfil demográfico y cultural de España y marcó uno de los grandes traumas fundacionales del judaísmo europeo.

Preguntas frecuentes

¿En qué año se expulsó a los judíos de España?

El Edicto de Granada, firmado por los Reyes Católicos el 31 de marzo de 1492, daba a los judíos hasta el 31 de julio para convertirse al catolicismo o abandonar los reinos de Castilla y Aragón. Se cumple por tanto el 31 de julio el aniversario real de la expulsión.

¿Cuántos judíos fueron expulsados de España?

Las estimaciones más fiables hablan de entre 40.000 y 100.000 judíos expulsados de un total de unos 250.000 residentes en los reinos hispanos. La mayoría se convirtió para no marchar; los que emigraron se refugiaron en Portugal, Navarra, el norte de África, el Imperio Otomano, Italia y los Países Bajos.

¿Qué es un sefardí?

Judío descendiente de los expulsados de la Península Ibérica en 1492. El nombre viene de Sefarad, topónimo hebreo de España en la Biblia. Los sefardíes mantienen tradiciones litúrgicas, rituales y lingüísticas propias, distintas de las de los judíos asquenazíes del centro y este de Europa.

¿Qué es el ladino o judeoespañol?

La lengua de los sefardíes descendientes de los expulsados de 1492. Es una variante del castellano del siglo XV conservada durante cinco siglos en Salónica, Estambul, Marruecos y otros destinos. Incluye hebraísmos, turquismos y arabismos, y se escribe tradicionalmente en caracteres hebreos.

¿Los descendientes de los judíos expulsados pueden ser españoles?

Sí. La Ley 12/2015 concedió la nacionalidad española a los sefardíes de origen español que pudieran acreditar su ascendencia mediante apellidos, lengua familiar (ladino), certificados rabínicos y exámenes de conocimiento del español. El plazo extraordinario expiró en 2019, tras unas 130.000 solicitudes.

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