Guerrilleros y Partidas: La Guerra Asimétrica Española contra Napoleón

Guerra de la Independencia (1808–1814)

En mayo de 1808, cuando el levantamiento del 2 de mayo en Madrid se extendió por toda la península como una onda expansiva, nadie —ni Napoleón ni los generales franceses ni siquiera los propios españoles— imaginaba que el Imperio más poderoso de Europa iba a ser desgastado durante seis años por una forma de guerra que apenas tenía nombre: la guerrilla. Nacida de la desesperación y la incapacidad del ejército español regular para oponerse a los veteranos napoleónicos, la guerra de partidas —de pequeñas unidades armadas, móviles, con base en la población civil— inmovilizó a 150.000 soldados franceses, consumió sus recursos, cortó sus líneas de comunicación y, en 1813, fue decisiva para la retirada imperial. La palabra guerrilla pasó del castellano al inglés, al francés y al ruso, y con ella una nueva forma universal de hacer la guerra.

Los fusilamientos del 3 de mayo de 1808 en la Montaña del Príncipe Pío, Francisco de Goya, Museo del Prado
El 3 de mayo en Madrid (Los fusilamientos). Francisco de Goya, 1814. Museo Nacional del Prado.

Los memoriales del Empecinado, los libros de Juan Martín Díez, los informes militares franceses (Suchet, Soult, Thiébault), las canciones populares y los diarios de párrocos y escribanos permiten reconstruir este fenómeno bélico, social y cultural en toda su extensión.

El origen: el fracaso del ejército regular

Tras las primeras batallas —victoria española en Bailén (julio 1808), pero derrotas estrepitosas en Tudela, Somosierra, Uclés y Ocaña—, el ejército español quedó desintegrado. Los veteranos de Napoleón —el mejor ejército del mundo en aquel momento— barrieron a las tropas regulares. Pero la península era enorme; sus montañas, bosques y pueblos, perfectos para la guerra irregular. Por todas partes, militares retirados, oficiales de milicia provincial, párrocos rurales, cazadores, contrabandistas y campesinos empezaron a organizar partidas: grupos de 20 a 200 hombres armados con escopetas, trabucos, navajas y algún que otro fusil de munición tomada al enemigo, que operaban en un territorio conocido, atacando convoyes y desapareciendo luego en la sierra.

Las partidas célebres

Algunas partidas alcanzaron fama nacional e internacional:

  • Juan Martín Díez, “el Empecinado” (1775–1825): campesino de Castrillo de Duero (Valladolid), organizó una de las mayores partidas de toda Castilla. Llegó a mandar 5.000 hombres, a ganar grados de general del ejército regular y a liberar Guadalajara, Sigüenza y Molina de Aragón. Terminó fusilado en 1825 por el absolutismo de Fernando VII.
  • El Cura Merino (1769–1844): Jerónimo Merino Cob, párroco de Villoviado (Burgos), mandó los escopeteros de la Bureba y las sierras de Neila. 3.000 hombres a su mando en la fase álgida. Luego, paradójicamente, se alineará con el absolutismo carlista.
  • Francisco Espoz y Mina (1781–1836): Navarro, organizó la “División de Navarra”, verdadero ejército regular camuflado de guerrilla con 13.000 hombres en su apogeo. Controló toda Navarra durante los últimos dos años de guerra.
  • Francisco Javier Mina “el Mozo” (1789–1817): sobrino del anterior; mandó la partida de Navarra antes de ser capturado por los franceses. Luego se exilió y murió luchando por la independencia de México.
  • Julián Sánchez “el Charro” (1774–1832): salmantino, mandó los lanceros de Castilla. Aliado con Wellington en la frontera portuguesa.
  • Juan Díaz Porlier “el Marquesito” (1788–1815): organizó partida en Cantabria.
  • El Empecinado, Merino, Mina, el Charro, Porlier: los cinco nombres más citados. Pero existieron cientos de partidas menores en todas las provincias.

Tácticas: ataque, retirada, escondite

La táctica guerrillera era sencilla y demoledora:

  1. Emboscada: una partida de 50–300 hombres esperaba oculta en un paso estrecho, un desfiladero, un puente. Al llegar el convoy francés, disparaba desde varios puntos simultáneamente.
  2. Asalto: en pocos minutos, los franceses perdían 20, 50 o 200 hombres, y los guerrilleros capturaban armas, uniformes, alimentos, caballos, oro del correo militar, prisioneros (a veces canjeados, a veces fusilados).
  3. Dispersión: la partida se desintegraba en grupos de 5 o 10, que desaparecían en caminos secundarios. Cuando los refuerzos franceses llegaban, no quedaba nadie.
  4. Reunión: al día siguiente, en un punto acordado, la partida se reagrupaba para atacar en otro lugar.

Los franceses nunca supieron cómo enfrentar esta guerra. Sus tácticas de represalia —fusilar civiles, incendiar pueblos— no hacían sino aumentar el apoyo popular a las partidas. Sus columnas móviles —las famosas colonnes infernales— recorrían regiones enteras sin encontrar al enemigo y gastaban más soldados en marchas sin combate que los que perdían en emboscadas.

La vida en el monte

Un guerrillero vivía en los bosques, en las sierras, en cuevas y cabañas improvisadas. Se alimentaba con lo que los campesinos dejaban en puntos acordados (huevos, pan, tocino, vino), con lo que capturaba al enemigo, con caza menor y pesca de río. Dormía a la intemperie, envuelto en manta, con el trabuco al lado. En invierno, algunas partidas bajaban a pueblos acogedores; en verano, vivían en lo más alto de la sierra. La enfermedad (tifus, disentería, heridas infectadas) era constante; el cirujano de partida, inexistente. Un guerrillero herido grave moría en cuestión de días, sin hospital.

La red civil: el soporte invisible

Ninguna partida podría haber sobrevivido sin la red civil. En cada pueblo cercano al territorio de una partida había:

  • Enlaces: niños, mujeres, pastores que llevaban mensajes entre pueblos y campamentos.
  • Despenseros: dejaban comida en puntos fijos (la cueva del santo, el molino abandonado, el pozo seco).
  • Informadores: avisaban de los movimientos franceses (número de tropas, camino, hora).
  • Enfermeros clandestinos: barberos, parteras o curas que curaban a heridos en granjas apartadas.
  • Armeros: reparaban armas, fundían balas con plomo de canalones de iglesia.
  • Párrocos: daban absolución a los combatientes y a veces organizaban colectas de dinero.

Esta red civil era invisible para los franceses y casi imposible de desmantelar. Cuando los ocupantes fusilaban a un enlace, aparecían tres nuevos al día siguiente.

El impacto militar

El general Jean-Joseph de Thiébault calculaba en sus memorias que la guerrilla española consumió, durante los seis años de guerra, más recursos franceses que todas las batallas campales combinadas. 150.000 soldados estuvieron permanentemente ocupados en tareas de retaguardia: proteger convoyes, custodiar carreteras, guarnecer depósitos, perseguir partidas. El correo de Madrid a París podía tardar semanas en llegar; las paga de los soldados nunca llegaban a tiempo; los suministros de pólvora y forraje quedaban atascados. Cuando Wellington lanzó su gran ofensiva en 1812–1813 (Arapiles, Vitoria), los franceses ya estaban exhaustos por seis años de guerrilla.

La palabra que se hizo universal

El término guerrilla (diminutivo de guerra) se acuñó en España durante estos años. Pasó al inglés en 1809 (“guerrilla warfare”), al francés, al alemán, al ruso. A lo largo del siglo XIX y XX, será adoptado por movimientos de resistencia en Italia contra Austria, en los Balcanes, en Rusia contra Napoleón y contra Hitler, en China, en Cuba, en Argelia, en Vietnam, en toda América Latina. La palabra y la técnica son, ambas, herencia directa de aquellos hombres y mujeres que la inventaron sin saberlo en las sierras de Castilla, Andalucía y Navarra.

Herencia: héroes, traiciones y el Trienio

Terminada la guerra en 1814, los grandes caudillos guerrilleros fueron tratados ambivalentemente por Fernando VII. Algunos —el Empecinado, Porlier— se convirtieron en liberales y terminaron perseguidos, encarcelados o fusilados por el absolutismo. Otros —el Cura Merino— abrazaron el carlismo. Mina murió en México luchando por la independencia americana, paradójicamente contra España. Sus figuras, a la vez épicas y trágicas, son hoy mitología nacional. Y la forma de guerra que ellos inventaron —la guerrilla— sigue siendo el modelo dominante de los conflictos asimétricos del siglo XXI. Un pequeño campesino de Castrillo de Duero contribuyó, sin proponérselo, a reescribir la historia militar del mundo.

Preguntas frecuentes

¿Qué fue la guerrilla en la Guerra de la Independencia?

Una forma de guerra irregular en la que pequeñas partidas civiles (20-200 hombres) hostigaban a los franceses con emboscadas, sabotajes, secuestros y golpes de mano, evitando batallas campales. Se apoyaban en el terreno y en la complicidad del campesinado. Ocuparon a 300.000 soldados franceses durante seis años.

¿Quiénes fueron los principales guerrilleros españoles?

Francisco Espoz y Mina (Navarra), Juan Martín Díez «el Empecinado» (Castilla), Jerónimo Merino «el Cura de Villoviado» (Burgos), Julián Sánchez «el Charro» (Salamanca) y Francisco Javier Mina (sobrino de Espoz). Cada uno controlaba una zona y operaba con notable autonomía respecto del ejército regular.

¿Por qué se llamaban el Empecinado y el Cura?

El Empecinado viene de «pecina», barro negro del río Botijas (Guadalajara). El Cura era Jerónimo Merino, sacerdote de Villoviado (Burgos) que abandonó la parroquia para dirigir una partida guerrillera. Los apodos reflejan el origen popular de los guerrilleros: campesinos, artesanos y clérigos rurales.

¿Qué aportó la guerrilla española a la historia militar?

La palabra guerrilla pasó al inglés, francés, alemán y ruso tras la guerra peninsular. Carl von Clausewitz dedicó un capítulo a la guerra irregular española en De la guerra. Guerrilleros del siglo XX (Mao, Castro, Giap) estudiaron las tácticas de Espoz y Mina. Es origen de la doctrina de contrainsurgencia moderna.

¿Qué pasó con los guerrilleros tras la guerra?

Muchos se integraron en el ejército regular con ascensos. Otros, decepcionados con la Restauración absolutista de Fernando VII, se unieron a las conspiraciones liberales. Espoz y Mina participó en pronunciamientos; el Empecinado fue ahorcado por los absolutistas en 1825. El resto dispersó sus partidas.

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