Las Brujas de Zugarramurdi y el Auto de Fe de Logroño (1610)

Siglo XVII

En noviembre de 1610, ante decenas de miles de personas llegadas de toda la comarca, la Inquisición celebró en Logroño el auto de fe más famoso de la historia de España: el de las brujas de Zugarramurdi. Once personas fueron condenadas a la hoguera acusadas de adorar al demonio en las cuevas de un pequeño pueblo navarro. Y sin embargo, lo más extraordinario del caso no fue la condena, sino lo que vino después: la investigación de un inquisidor escéptico que desmontó todo el proceso y logró que España dejara de quemar brujas casi un siglo antes que el resto de Europa.

Interior de la gran cueva de Zugarramurdi, en Navarra, escenario de los supuestos akelarres de 1610
La gran cueva de Zugarramurdi (Navarra), donde las confesiones del proceso de 1610 situaban los akelarres.

Zugarramurdi, un pueblo en la frontera del pánico

Zugarramurdi es una aldea del norte de Navarra pegada a la frontera francesa, famosa por sus grandes cuevas naturales atravesadas por una regata que la tradición llamaba Infernuko erreka, “el arroyo del infierno”. Al otro lado de la muga, en el Labourd francés, el juez Pierre de Lancre desató entre 1608 y 1609 una persecución brutal que envió a la hoguera a decenas de personas acusadas de brujería. El pánico cruzó la frontera con los pastores y temporeros que iban y venían: la caza de brujas española nació, literalmente, importada de Francia.

Cómo empezó: la confesión de María de Ximildegui

A finales de 1608, una joven del pueblo, María de Ximildegui, que regresaba de trabajar en Francia, aseguró haber asistido allí a reuniones de brujas y reconoció haber participado también en los akelarres de Zugarramurdi, señalando a varias vecinas. Presionada por la comunidad, una de las acusadas, María de Jureteguía, confesó públicamente y pidió perdón. Al principio el asunto se resolvió a la manera tradicional del pueblo: confesión, perdón y reconciliación vecinal.

Pero la noticia llegó al tribunal inquisitorial de Logroño, que en enero de 1609 hizo detener a las primeras cuatro mujeres. Las confesiones en cadena —muchas de ancianas que apenas entendían castellano, pues la lengua del valle era el euskera— fueron engordando el sumario hasta convertir una disputa aldeana en la mayor causa de brujería de la historia del Santo Oficio.

El proceso de Logroño (1609-1610)

El tribunal procesó a unas 53 personas del entorno de Zugarramurdi y Urdax. Dos de los tres inquisidores del tribunal, Alonso Becerra y Juan de Valle Alvarado, estaban convencidos de la realidad de la secta brujeril; el tercero, recién llegado, era un jurista formado en Salamanca llamado Alonso de Salazar y Frías, que pronto empezó a expresar dudas: las confesiones no coincidían entre sí, no había una sola prueba material y buena parte de los acusados solo confesaban tras ser señalados por otros.

Fue voto minoritario. El 6, 7 y 8 de noviembre de 1610 se celebró en Logroño el gran auto de fe, con 31 procesados por diversos delitos, entre ellos los acusados de brujería. Seis fueron quemados vivos y otros cinco en efigie —habían muerto en prisión durante el proceso—, mientras dieciocho que confesaron y pidieron misericordia fueron “reconciliados”. La ceremonia, con sermones, procesiones y gradas levantadas al efecto, congregó según los relatos de la época a más de 30.000 espectadores: fue un espectáculo de masas cuidadosamente escenificado.

El akelarre: qué contaban las confesiones

Las actas del proceso dibujan el imaginario completo del akelarre —palabra vasca formada sobre aker, “macho cabrío”, popularizada precisamente por este proceso—: reuniones nocturnas en las cuevas presididas por el demonio en forma de cabrón negro, banquetes, bailes, misas negras que parodiaban la liturgia, sapos vestidos que servían de guardianes, polvos y ungüentos para volar y para dañar cosechas, y niños llevados en volandas a las reuniones. Todo procedía de la cultura demonológica europea del momento, filtrada por las preguntas de los propios interrogadores: los acusados confesaban lo que el tribunal esperaba oír.

Salazar y Frías, “el abogado de las brujas”

Tras el auto de fe, el pánico se extendió por toda Navarra y Guipúzcoa: cientos de personas, muchísimos niños, se autoinculpaban o señalaban a vecinos. La Suprema, inquieta, ordenó una visita de inspección con un edicto de gracia, y el encargado fue precisamente Salazar. Durante ocho meses de 1611 recorrió la zona y reunió cerca de 1.800 declaraciones, más de la mitad de menores. Sometió los testimonios a algo insólito para la época: verificación empírica. Hizo analizar los supuestos ungüentos (resultaron ser mezclas inofensivas), comprobó coartadas, contrastó relatos de un mismo akelarre que resultaban incompatibles entre sí.

Su conclusión, elevada a la Suprema en una serie de memoriales, es una de las frases más citadas de la historia del racionalismo español: “No hubo brujas ni embrujados en el lugar hasta que se comenzó a hablar y escribir de ellos”. El problema no era el demonio: era el rumor, el sermón alarmista y la tortura.

1614: España deja de quemar brujas

La Suprema dio la razón a Salazar. Las instrucciones de 1614 ordenaron a todos los tribunales tratar los casos de brujería con extrema cautela probatoria, suspender las confiscaciones y ejecuciones y favorecer la reconciliación silenciosa. En la práctica, la Inquisición española —paradójicamente, el tribunal con peor fama de Europa— dejó de enviar brujas a la hoguera, mientras en Alemania, Francia, Suiza o Escocia las ejecuciones por brujería continuaron durante décadas y se cobraron decenas de miles de vidas. Los historiadores del Santo Oficio subrayan esta asimetría como uno de los datos más contraintuitivos de la historia europea de la brujería.

Zugarramurdi hoy

El pueblo ha convertido su trauma en memoria: las cuevas se visitan, un Museo de las Brujas recuerda a los procesados —con sus nombres reales— y cada verano el solsticio se celebra con un festival en las propias cuevas. El caso inspiró novelas, ensayos clásicos como el de Julio Caro Baroja y hasta el cine de Álex de la Iglesia. Y en la historiografía mundial, el binomio Logroño 1610 / Salazar 1611 se estudia como el momento en que un tribunal aprendió a desconfiar de las confesiones imposibles. Para entender el contexto institucional del proceso, puedes leer nuestro artículo sobre la Inquisición española.

💡 Curiosidades
  • 📜La palabra akelarre viene del euskera aker ("macho cabrío") y se popularizó precisamente a raíz de este proceso.
  • 📜El pánico brujeril llegó de Francia: el juez Pierre de Lancre estaba quemando a decenas de personas justo al otro lado de la frontera.
  • 📜Muchas acusadas solo hablaban euskera y apenas entendían los interrogatorios en castellano.
  • 📜Al auto de fe de Logroño asistieron, según los relatos de la época, más de 30.000 personas.
  • 📜De los once condenados a la hoguera, cinco ya habían muerto en prisión y fueron quemados "en efigie".
  • 📜Salazar y Frías hizo analizar los ungüentos de las supuestas brujas: resultaron mezclas inofensivas sin efecto alguno.
  • 📜Su informe reunió unas 1.800 declaraciones, más de la mitad de niños, sin encontrar una sola prueba verificable.
  • 📜Gracias a las instrucciones de 1614, España prácticamente dejó de quemar brujas mientras en Alemania o Francia las hogueras siguieron décadas.

Preguntas frecuentes

¿Qué pasó con las brujas de Zugarramurdi?

Entre 1609 y 1610 la Inquisición de Logroño procesó a medio centenar de vecinos de Zugarramurdi y su comarca por brujería. En el auto de fe de noviembre de 1610, seis personas fueron quemadas vivas y cinco en efigie; otras dieciocho fueron reconciliadas.

¿Qué era un akelarre?

Según las confesiones del proceso, una reunión nocturna presidida por el demonio en forma de macho cabrío, con banquetes, danzas y misas negras. La palabra procede del euskera aker (macho cabrío) y este proceso la hizo universal.

¿Quién fue Alonso de Salazar y Frías?

El inquisidor del propio tribunal de Logroño que dudó del caso. Tras revisar unas 1.800 declaraciones en 1611 concluyó que no existía prueba alguna de brujería: "No hubo brujas ni embrujados hasta que se comenzó a hablar de ellos". Se le conoce como "el abogado de las brujas".

¿Dejó España de quemar brujas?

Prácticamente sí. Las instrucciones de la Suprema de 1614, basadas en los informes de Salazar, impusieron tal exigencia probatoria que las ejecuciones por brujería casi desaparecieron en España, un siglo antes que en buena parte de Europa.

¿Se pueden visitar las cuevas de Zugarramurdi?

Sí. Las cuevas y el Museo de las Brujas de Zugarramurdi (Navarra) están abiertos al público, y cada verano se celebra en las cuevas una fiesta del solsticio que recuerda aquella historia.

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Fuentes

  • Gustav Henningsen, El abogado de las brujas. Brujería vasca e Inquisición española (Alianza).
  • Julio Caro Baroja, Las brujas y su mundo (Alianza).
  • Juan de Mongastón, Relación del auto de fe de Logroño (1611, fuente primaria).