Pocos nombres de la historia de España evocan tanto como el de Tomás de Torquemada (1420-1498). Primer Inquisidor General de Castilla y Aragón, organizador del tribunal más longevo de la historia europea y figura clave en la expulsión de los judíos de 1492, Torquemada se convirtió ya en vida en un personaje temido, y después de muerto, en el símbolo universal del fanatismo religioso. Pero entre la leyenda negra y la realidad documentada hay matices que merecen contarse.

De Segovia a la corte: los orígenes
Tomás de Torquemada nació hacia 1420, probablemente en Valladolid, en una familia vinculada a la villa palentina de Torquemada de la que tomaba el apellido. Muy joven ingresó en la orden de los dominicos —la orden de predicadores que tradicionalmente nutría los tribunales inquisitoriales medievales— y llegó a ser prior del convento de Santa Cruz de Segovia, cargo que ejerció durante más de dos décadas.
Su familia guarda una ironía histórica notable: su tío, el cardenal Juan de Torquemada, fue uno de los teólogos más prestigiosos del siglo XV y un destacado defensor de los conversos, autor de un tratado contra los estatutos de limpieza de sangre. El cronista Hernando del Pulgar —él mismo converso— llegó a escribir que los abuelos del inquisidor tenían ascendencia judía, un dato que los historiadores siguen discutiendo pero que, de ser cierto, añadiría una capa turbadora al personaje.
El confesor de la reina
La tradición cuenta que Torquemada conoció a Isabel de Castilla cuando esta era una joven princesa en Segovia, y que se convirtió en su confesor y consejero. Lo documentado es que gozó de un enorme ascendiente sobre los Reyes Católicos y que fue uno de los impulsores de la petición a Roma que dio origen al Santo Oficio español: la bula Exigit sincerae devotionis, concedida por el papa Sixto IV en 1478, que autorizaba a los reyes a nombrar inquisidores propios.
Aquella novedad lo cambiaba todo: a diferencia de la vieja Inquisición medieval, controlada por los obispos y el papa, la Inquisición española nacía como un instrumento de la Corona. Su objetivo inicial no eran los judíos —sobre los que el tribunal no tenía jurisdicción—, sino los judeoconversos sospechosos de seguir practicando su antigua religión en secreto.
Inquisidor General: la construcción de la maquinaria
En 1483, el papa nombró a Torquemada Inquisidor General de Castilla, y poco después también de la Corona de Aragón: por primera vez, una misma institución operaba en todos los reinos peninsulares de los Reyes Católicos. Con el apoyo de la monarquía creó el Consejo de la Suprema y General Inquisición, organizó tribunales de distrito por toda la geografía y dotó al Santo Oficio de la estructura centralizada que mantendría durante tres siglos y medio, hasta su abolición definitiva en 1834.
Su obra más duradera fueron las Instrucciones de 1484, aprobadas en una junta celebrada en Sevilla: veintiocho artículos que reglamentaban todo el procedimiento inquisitorial. Allí quedaron fijados el edicto de gracia (un plazo para autoinculparse a cambio de penas leves), el secreto del proceso, el anonimato de los testigos, el uso del tormento como herramienta procesal, la confiscación de bienes y las penas: desde llevar el sambenito penitencial hasta la “relajación al brazo secular”, el eufemismo que significaba morir en la hoguera, pues la Iglesia no ejecutaba directamente.
¿Cuántas víctimas tuvo Torquemada?
Es la pregunta más repetida y la más manipulada en ambos sentidos. Las cifras enormes que circularon durante siglos proceden de Juan Antonio Llorente, un exsecretario del Santo Oficio que escribió en el exilio a comienzos del siglo XIX y cuyos cálculos (casi 9.000 quemados solo bajo Torquemada) la investigación moderna considera muy exagerados. El cronista contemporáneo Hernando del Pulgar hablaba de unos 2.000 quemados hasta la década de 1490.
Los historiadores actuales estiman que durante los quince años del mandato de Torquemada (1483-1498) fueron ejecutadas entre 1.200 y 2.000 personas, la inmensa mayoría judeoconversos, además de miles de procesados con penas menores. Fue, con diferencia, el periodo más sangriento de toda la historia de la Inquisición española: en los siglos posteriores el tribunal ejecutó a muchas menos personas, aunque su sombra —el miedo, la delación, los sambenitos colgados en las iglesias durante generaciones— marcó la sociedad española mucho más allá de las cifras.
El Santo Niño de La Guardia y la expulsión de 1492
En 1490-1491, el tribunal de Ávila instruyó bajo la supervisión de Torquemada el proceso más infame de su mandato: el del Santo Niño de La Guardia. Varios judíos y conversos fueron acusados de crucificar a un niño cristiano en un ritual mágico. Nunca apareció cadáver alguno, ninguna familia denunció la desaparición de un niño, y las confesiones —arrancadas bajo tormento— se contradecían entre sí. Aun así, los acusados fueron quemados en Ávila en noviembre de 1491.
El caso, difundido con intención propagandística, caldeó el ambiente en vísperas del edicto de expulsión. La tradición atribuye a Torquemada un papel decisivo en la decisión final de 1492: según un relato muy posterior, cuando los judíos ofrecieron una gran suma a los reyes para revocar el edicto, el inquisidor irrumpió con un crucifijo exclamando que Judas había vendido a Cristo por treinta monedas. La anécdota es probablemente legendaria, pero refleja bien el papel que sus contemporáneos le atribuían.
Los últimos años: poder, miedo y muerte en Ávila
Torquemada vivió sus últimos años en el monasterio de Santo Tomás de Ávila, cuya construcción había impulsado y que funcionó también como sede inquisitorial. Para entonces era un hombre tan odiado que —según relatos de la época— viajaba escoltado por decenas de jinetes armados y guardaba en su mesa un cuerno de unicornio (en realidad, de narval) que se creía capaz de detectar venenos.
En 1494, el papa Alejandro VI, alegando la avanzada edad del inquisidor, le asignó cuatro ayudantes que en la práctica limitaron su poder. Murió el 16 de septiembre de 1498 y fue enterrado en Santo Tomás. Su tumba fue profanada y sus restos quemados en 1832, en vísperas de la abolición definitiva del tribunal que había creado: un final póstumo casi simétrico al destino de sus víctimas.
El personaje y su leyenda
Torquemada fue un asceta personal —no acumuló riquezas, rechazó el arzobispado de Sevilla— que aplicó con eficacia burocrática implacable un proyecto de uniformidad religiosa compartido por la monarquía y por buena parte de la sociedad de su tiempo. Eso no lo redime: lo explica. Su nombre quedó como sinónimo de intolerancia en todas las lenguas europeas, y su maquinaria procesal —el secreto, la delación anónima, la confesión bajo coacción— sigue estudiándose como el arquetipo de la justicia sin garantías.
- Su tío, el cardenal Juan de Torquemada, fue uno de los grandes defensores de los conversos del siglo XV: la ironía familiar es total.
- El cronista Hernando del Pulgar afirmó que los abuelos del inquisidor tenían ascendencia judía, un extremo que los historiadores siguen debatiendo.
- Viajaba escoltado, según los relatos de la época, por decenas de jinetes armados: era uno de los hombres más odiados de Castilla.
- Guardaba en su mesa un "cuerno de unicornio" (en realidad de narval) que se creía capaz de detectar venenos.
- Rechazó el arzobispado de Sevilla: prefirió el poder del Santo Oficio a los honores eclesiásticos.
- Sus Instrucciones de 1484 siguieron siendo la base del procedimiento inquisitorial durante más de tres siglos.
- En el proceso del Santo Niño de La Guardia se condenó a muerte a los acusados sin que jamás apareciera cadáver ni denuncia de desaparición.
- Su tumba en Ávila fue profanada y sus restos quemados en 1832, dos años antes de la abolición definitiva de la Inquisición.
Preguntas frecuentes
Un fraile dominico (c. 1420-1498), prior de Santa Cruz de Segovia y confesor de los Reyes Católicos, que en 1483 se convirtió en el primer Inquisidor General de Castilla y Aragón y organizó la estructura de la Inquisición española.
Los historiadores actuales estiman entre 1.200 y 2.000 ejecuciones durante su mandato (1483-1498), la mayoría judeoconversos, además de miles de penas menores. Las cifras de decenas de miles que circularon durante siglos proceden de cálculos exagerados del siglo XIX.
Es posible pero no seguro. El cronista contemporáneo Hernando del Pulgar escribió que su abuela era conversa. Parte de la historiografía lo acepta y otra parte lo cuestiona por falta de documentación concluyente.
El reglamento de 28 artículos aprobado en Sevilla que fijó el procedimiento inquisitorial: edicto de gracia, secreto procesal, testigos anónimos, uso del tormento, confiscación de bienes y penas como el sambenito o la hoguera.
En el monasterio de Santo Tomás de Ávila, que él mismo había impulsado, el 16 de septiembre de 1498. Allí fue enterrado hasta la profanación de su tumba en 1832.
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Fuentes
- Henry Kamen, La Inquisición española. Una revisión histórica (Crítica).
- Joseph Pérez, Breve historia de la Inquisición en España (Crítica).
- Hernando del Pulgar, Crónica de los Reyes Católicos (siglo XV, fuente primaria).