Entre los reyes de los reinos de taifas, ninguno ha fascinado tanto a poetas e historiadores como al-Mutamid ibn Abbad (1040-1095), tercer y último rey de la taifa de Sevilla. Poeta extraordinario, gobernante de la taifa más poderosa de al-Ándalus, protagonista de una de las grandes historias de amor de la literatura árabe y, al final, prisionero desterrado que murió encadenado en Marruecos llorando en verso su caída: su vida parece escrita por un dramaturgo, y sin embargo está documentada por las crónicas de su tiempo.

Los abadíes: una dinastía de cadíes convertidos en reyes
Cuando el Califato de Córdoba se hundió en la fitna, el cadí (juez principal) de Sevilla, Abu l-Qasim Muhammad ibn Abbad, asumió el gobierno de la ciudad hacia 1023. Su hijo Abbad al-Mutadid (1042-1069) convirtió aquel gobierno municipal en el reino más agresivo del sur peninsular, anexionando una a una las pequeñas taifas vecinas. Al-Mutadid fue también uno de los personajes más siniestros de su siglo: las crónicas cuentan que conservaba los cráneos de sus enemigos vencidos y que usaba los de los más ilustres como maceteros de flores en su jardín.
Su hijo Muhammad, el futuro al-Mutamid, era otra cosa: un príncipe educado en la poesía, que a los doce años ya gobernaba nominalmente Silves (en el Algarve) y que convirtió la corte sevillana en el mayor centro literario de al-Ándalus.
Ibn Ammar y el verso junto al río
En Silves, el joven príncipe conoció al poeta Ibn Ammar, un hombre de origen humilde y talento deslumbrante que se convirtió en su inseparable compañero, confidente y más tarde visir. La amistad entre ambos —celebrada, envidiada y comentada por los cronistas— marcaría toda la vida del rey, hasta su desenlace sangriento.
A esa época pertenece la anécdota más famosa de la literatura andalusí. Cuenta la tradición que, paseando junto al Guadalquivir, el príncipe improvisó un verso mirando el viento rizar el agua —”El viento teje lorigas en las aguas”— y retó a completarlo. Antes de que Ibn Ammar respondiera, una voz femenina remató: “¡Qué armadura si se helaran!”. Era Rumaykiyya, una esclava que trabajaba junto al río. Al-Mutamid, prendado de su ingenio y su belleza, la compró, la liberó y la convirtió en su esposa con el nombre de Itimad. Fue la mujer de su vida: le dio a sus hijos y lo acompañó hasta el destierro final.
Los caprichos de Itimad: nieve y barro perfumado
En torno a la pareja floreció todo un anecdotario que las crónicas árabes transmitieron con deleite. Una nevada rarísima cubrió un día la sierra de Córdoba, y al derretirse Itimad lloró porque nunca volvería a ver la nieve: al-Mutamid mandó plantar almendros en la sierra para que, cada febrero, su floración blanca le devolviera la nevada. Otra vez, viendo a unas mujeres pisar barro descalzas, Itimad se lamentó de que ella nunca podría hacerlo: el rey hizo preparar en el patio de palacio un “barro” de ámbar, almizcle y agua de rosas para que su esposa lo pisara. Son relatos embellecidos por la leyenda, pero definen cómo sus contemporáneos veían aquella corte: refinada hasta el exceso, en un mundo político que se desmoronaba.
El rey de Sevilla… y de Córdoba
Al-Mutamid heredó el trono en 1069, a los 29 años. Bajo su reinado, Sevilla llegó a su máxima extensión: en 1070 anexionó la mismísima Córdoba —la vieja capital califal—, y después Murcia, gobernando de facto casi todo el cuadrante suroccidental de la Península. Su corte reunía a los mejores poetas del siglo, y él mismo escribía versos que la crítica sigue considerando de los más logrados de la lírica andalusí.
La traición de Ibn Ammar
La conquista de Murcia (1078) la dirigió Ibn Ammar, ya visir y hombre fuerte del reino. Y allí el amigo se perdió: se hizo proclamar señor de la ciudad por su cuenta, desafiando a su rey, y en el enfrentamiento posterior compuso una sátira feroz contra al-Mutamid en la que insultaba a Itimad y a sus hijas. Capturado años después, fue llevado a Sevilla cargado de cadenas. Las crónicas cuentan que el rey dudaba en perdonarlo —el viejo afecto pesaba—, hasta que, en una última entrevista, acabó matándolo con sus propias manos con un hacha. Después lloró sobre el cadáver y le dio sepultura honrosa. Ninguna tragedia literaria se atrevería a tanto.
“Antes camellero que porquero”: la llamada a los almorávides
Como todas las taifas, Sevilla compraba la paz pagando parias (tributos) a los reinos cristianos. Pero tras la caída de Toledo en 1085, al-Mutamid comprendió que Alfonso VI ya no quería tributos: quería reinos. Contra el consejo de quienes le advertían del peligro, tomó la decisión más trascendental del siglo: pedir ayuda a los almorávides, el imperio bereber que dominaba el norte de África. A quienes le recordaban que Yusuf ibn Tashfin podía quedarse con todo, respondió con la frase que lo inmortalizó: “Antes camellero en África que porquero en Castilla”.
En 1086, la coalición almorávide-andalusí aplastó a Alfonso VI en la batalla de Sagrajas (Zallaqa), cerca de Badajoz, con al-Mutamid combatiendo en primera línea y resultando herido. Pero la advertencia se cumplió: en 1090 Yusuf volvió a cruzar el Estrecho, esta vez para quedarse. Una a una fue deponiendo a los reyes taifas, acusados por los alfaquíes de impiedad y de pactar con los cristianos. Sevilla resistió un asedio y cayó en septiembre de 1091.
Agmat: el poeta encadenado
Al-Mutamid fue embarcado con su familia y desterrado a Agmat, una pequeña ciudad al pie del Atlas marroquí, cerca de Marrakech. Allí vivió sus últimos cuatro años prisionero y en la pobreza, viendo —según sus propios versos— a sus hijas hilar para extraños, descalzas y vestidas de harapos, ellas que habían pisado ámbar en los patios de Sevilla. Los poemas del cautiverio de Agmat, dolorosos y serenos a la vez, son la cima de su obra y una de las cumbres de la poesía árabe clásica: en ellos se despide de Sevilla, de Itimad —que murió en el exilio poco antes que él— y de sí mismo.
Murió en 1095. Su tumba en Agmat, hoy un mausoleo levantado en el siglo XX, sigue recibiendo visitantes: poetas, hispanistas y viajeros que acuden a saludar al último gran rey de la Sevilla andalusí. En España lo recuerdan placas y monumentos en Sevilla y en el Algarve, y su figura —el rey poeta que lo ganó y lo perdió todo— sigue siendo el símbolo perfecto del esplendor y la fragilidad del mundo de las taifas, aquel que también vivió su propia versión en la taifa de Zaragoza.
- Su padre, al-Mutadid, coleccionaba los cráneos de sus enemigos y usaba los más ilustres como maceteros en su jardín.
- Conoció a su esposa Itimad (Rumaykiyya) cuando ella, siendo esclava, completó al vuelo un verso que él había improvisado junto al río.
- Cuenta la tradición que plantó almendros en la sierra de Córdoba para que su esposa "viera nevar" cada febrero.
- Para que Itimad pisara barro como las mujeres del pueblo, hizo preparar un lodo de ámbar, almizcle y agua de rosas.
- Mató con sus propias manos a su antiguo amigo y visir Ibn Ammar... y después lloró sobre su cadáver y le dio sepultura honrosa.
- Su frase "antes camellero en África que porquero en Castilla" resume la disyuntiva imposible de las taifas.
- Combatió en primera línea y resultó herido en la batalla de Sagrajas (1086), donde los almorávides frenaron a Alfonso VI.
- Su tumba en Agmat (Marruecos) es hoy un mausoleo visitado por poetas e hispanistas de todo el mundo.
Preguntas frecuentes
Muhammad ibn Abbad al-Mutamid (1040-1095), tercer y último rey de la taifa de Sevilla, la más poderosa de al-Ándalus en el siglo XI, y uno de los mejores poetas de la literatura árabe clásica.
Tras la caída de Toledo en manos de Alfonso VI (1085), comprendió que los tributos ya no comprarían la paz. Pidió ayuda al imperio almorávide del norte de África asumiendo el riesgo, resumido en su frase: "antes camellero en África que porquero en Castilla".
Una esclava de ingenio extraordinario a la que al-Mutamid conoció, según la tradición, cuando completó un verso suyo junto al Guadalquivir. La liberó, se casó con ella y fue la gran figura de su corte y de su poesía.
Los almorávides, tras vencer a los cristianos, depusieron a los reyes taifas. Sevilla cayó en 1091 y al-Mutamid fue desterrado a Agmat (Marruecos), donde vivió prisionero y pobre hasta su muerte en 1095, escribiendo los poemas más celebrados de su obra.
El reino surgido en Sevilla tras la desintegración del Califato de Córdoba, gobernado por la dinastía abadí (c. 1023-1091). Bajo al-Mutadid y al-Mutamid absorbió taifas vecinas —incluida Córdoba— y fue la gran potencia del sur peninsular.
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Fuentes
- Emilio García Gómez, Poemas arabigoandaluces (Espasa).
- María Jesús Rubiera Mata, Al-Mutamid ibn Abbad. Poesías (Instituto Hispano-Árabe de Cultura).
- El siglo XI en 1.ª persona. Las «Memorias» de Abd Allah, último rey zirí de Granada, trad. de E. Lévi-Provençal y E. García Gómez (Alianza).