Don Quijote fue armado caballero en una venta porque en la España del Siglo de Oro todo pasaba en las ventas: eran la infraestructura de un país en movimiento constante y, a la vez, el escenario de todas sus miserias. Viajar por la España de los siglos XVI y XVII era una aventura lenta, incómoda y a ratos peligrosa: jornadas de sol a sol a lomos de mula, posadas donde “solo encontrabas lo que llevabas”, ríos sin puentes y la sombra permanente de los bandoleros. Así se movía la gente por el imperio donde no se ponía el sol.

Los caminos: polvo en verano, barro en invierno
La red viaria seguía siendo, en esencia, la heredada de Roma y de los arrieros medievales: caminos reales de tierra que unían las grandes ciudades, sendas de herradura para todo lo demás. Apenas había firmes empedrados fuera de los accesos a las ciudades, y el estado del camino dependía del cielo: polvaredas asfixiantes en verano, lodazales intransitables en otoño. Los ríos eran el gran obstáculo — donde no había puente (y faltaban muchos), se cruzaba en barca, pagando, o se esperaba días a que bajara la crecida.
Las distancias se medían en leguas (unos cinco kilómetros y medio) y en jornadas. Un caminante cubría 4-6 leguas al día; una recua de mulas o un viajero montado, 8-10 con suerte. De Madrid a Sevilla —el eje del oro americano— se tardaba en torno a dos semanas; a Barcelona, otro tanto. El imperio se gobernaba a la velocidad del trote de una mula.
En qué se viajaba: de la mula a la carroza
El vehículo universal era la mula — sobria, segura en los malos pasos y más barata que el caballo, reservado a militares y presumidos. Las mercancías iban a lomos de las recuas de los arrieros (los transportistas profesionales de la época, como el maragato leonés) o en pesados carros de bueyes. Los enfermos y las damas ricas usaban literas colgadas entre dos mulas.
La gran novedad del siglo XVII fue el coche de caballos, que causó furor entre la nobleza — tanto que la corona dictó pragmáticas limitando su uso y su lujo, escandalizada por las fortunas gastadas en carrozas y por sus usos galantes: los moralistas denunciaban el coche como “aposento rodante” de citas ilícitas. Para el común de los mortales, todo esto era paisaje: se seguía yendo a pie.
Ventas y posadas: la mala fama mejor ganada de España
En despoblado, el refugio era la venta; en las ciudades, el mesón o la posada. Su fama era terrible, y los viajeros extranjeros —franceses sobre todo— llenaron sus diarios de quejas que hoy son oro para los historiadores: camas compartidas con desconocidos (y con chinches), ventero ladrón, y la regla de oro castellana de que la venta ponía techo y lumbre pero la comida la traía el viajero, que a menudo debía comprar aparte la cebada de su mula, el aceite y hasta el derecho a usar la sartén. “En las ventas de España solo se encuentra lo que uno lleva”, resumió más de un viajero.
Y sin embargo, la venta era el gran espacio social del camino: allí convivían arrieros y caballeros, pícaros y frailes, comediantes de paso y cuadrilleros de la Santa Hermandad. No es casual que Cervantes situara en ventas algunos de los mejores capítulos del Quijote: eran el teatro natural de la España viajera.
Los peligros: bandoleros y despoblados
El miedo del viajero tenía nombres propios: Sierra Morena, el paso obligado hacia Andalucía, y los caminos catalanes y valencianos, territorio del bandolerismo más organizado (el propio Don Quijote se topa con los bandoleros de Roque Guinart cerca de Barcelona). Contra ellos velaba la Santa Hermandad, la policía de los caminos creada por los Reyes Católicos, más temida por los pobres diablos que por las grandes partidas. Lo prudente era viajar en grupo, de día, y pegado a las recuas de los arrieros, que conocían cada vado y cada mal paso.
Las postas: la alta velocidad del siglo XVI
Existía, eso sí, un carril rápido: el correo. La red de postas —caballos de refresco escalonados cada pocas leguas— permitía a los correos reales cubrir en tres o cuatro días lo que un viajero normal tardaba dos semanas. Su gestión estaba arrendada a una dinastía de especialistas, los Tassis (castellanización de Taxis), Correos Mayores del reino, la misma familia que montó el correo imperial europeo. Por esas postas viajaban las órdenes de Felipe II, el rey que gobernaba medio mundo, como se decía entonces, “a golpe de papel”.
Un país en movimiento
Pese a todo, la España del Siglo de Oro se movía sin parar: cortesanos siguiendo a la corte, pleiteantes camino de las chancillerías, estudiantes hacia Salamanca y Alcalá, soldados hacia los embarcaderos de Italia y Flandes, emigrantes hacia Sevilla y las Indias, y compañías de comediantes de corral en corral. Toda esa humanidad en camino es la que desfila por la novela picaresca y por el Quijote. Para entender la literatura del Siglo de Oro conviene recordar que sus autores la escribieron, en buena parte, con los riñones molidos de ir en mula de venta en venta.
- De Madrid a Sevilla se tardaba en torno a dos semanas; el imperio se gobernaba al trote de una mula.
- En las ventas regía una regla de oro: techo y lumbre los ponía el ventero; la comida la traía el viajero.
- Los viajeros extranjeros repetían el mismo lamento: "en las ventas de España solo se encuentra lo que uno lleva".
- El coche de caballos del siglo XVII escandalizó tanto que la corona dictó pragmáticas contra su lujo... y sus usos galantes.
- La "alta velocidad" existía: los correos de postas cubrían en 3-4 días lo que un viajero normal en dos semanas.
- El correo era negocio de una dinastía, los Tassis (Taxis), Correos Mayores del reino — la familia del correo imperial europeo.
- Don Quijote fue armado caballero en una venta: Cervantes sabía dónde pasaba la vida del camino.
- El gran terror del viajero hacia Andalucía tenía nombre: los bandoleros de Sierra Morena.
Preguntas frecuentes
Un caminante hacía 4-6 leguas diarias (20-30 km) y un jinete 8-10. Madrid-Sevilla suponía en torno a dos semanas; solo los correos de postas, con caballos de refresco, lo bajaban a 3-4 días.
Un establecimiento de camino en despoblado que ofrecía techo, cuadra y lumbre — pero normalmente no comida, que traía el viajero. Su mala fama (chinches, venteros ladrones) es proverbial en la literatura del Siglo de Oro.
La montura universal era la mula; las mercancías iban con los arrieros y en carros de bueyes; los ricos usaban literas y, desde el siglo XVII, coches de caballos. La mayoría de la gente, sencillamente, caminaba.
Bastante: bandoleros (Sierra Morena, Cataluña), ríos sin puentes y despoblados enormes. Contra ellos velaba la Santa Hermandad, y lo prudente era viajar en grupo y de día.
El sistema de caballos de refresco escalonados en el camino que permitía a los correos reales galopar sin descanso. Lo gestionaba la familia Tassis, Correos Mayores de España.
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Fuentes
- Antonio Domínguez Ortiz, La sociedad española en el Siglo de Oro (Istmo).
- José García Mercadal, Viajes de extranjeros por España y Portugal (recopilación de relatos de época, fuente primaria).
- Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha (1605-1615, testimonio literario de ventas y caminos).