Francisco Pizarro González (Trujillo, Extremadura, c. 1478 – Lima, 1541) fue el conquistador español del Imperio Inca, el Estado más grande y organizado de la América precolombina, cuya caída protagonizó entre 1532 y 1533 con apenas 168 hombres y 37 caballos. La conquista del Perú fue, junto a la de México por su primo lejano Hernán Cortés una década antes, la empresa militar más asombrosa y brutal de la historia moderna. En apenas unos meses, un puñado de extremeños y andaluces sometieron un imperio que gobernaba sobre más de diez millones de personas y se extendía más de 4.000 kilómetros desde el sur de Colombia hasta el norte de Chile y Argentina. Con la conquista comenzó una de las colonizaciones más prolongadas y violentas de la historia —el virreinato del Perú duraría tres siglos— y la transformación radical de América del Sur.

Los oscuros orígenes extremeños
Francisco Pizarro nació hacia 1478 en Trujillo (Cáceres, Extremadura), hijo natural no reconocido del capitán Gonzalo Pizarro “el Largo” y de una joven sirvienta llamada Francisca González. No tuvo educación formal —nunca aprendió a leer ni a escribir— y según la tradición local pasó su infancia como porquerizo, cuidando cerdos en los alrededores de Trujillo. El propio Bernal Díaz del Castillo lo describió como un hombre «sin saber leer ni firmar, y solo sabía poner su nombre con unos raros trazos». Era primo segundo de Hernán Cortés, nacido en la vecina Medellín: la coincidencia de que los dos mayores conquistadores del siglo XVI fueran parientes extremeños sigue sorprendiendo a los historiadores.
Con veintipocos años emigró a Indias atraído por los relatos de las Antillas. Se sabe con certeza que estuvo en La Española en 1502 (en la expedición de Nicolás de Ovando), en la expedición de Alonso de Ojeda en 1509, y que acompañó a Vasco Núñez de Balboa en el descubrimiento del océano Pacífico el 25 de septiembre de 1513. Paradójicamente, años después, él mismo participaría en la detención y ejecución de Balboa por orden del gobernador Pedrarias Dávila.
El descubrimiento del Perú: tres expediciones (1524-1532)
La asociación con Almagro y Luque
En Panamá, Pizarro formó una sociedad con otros dos castellanos: el soldado Diego de Almagro —también extremeño, también hijo natural, también iletrado— y el clérigo Hernando de Luque, que aportaba el dinero. La empresa del Levante buscaba seguir rumor de un gran imperio al sur (“el país del oro” o Birú / Pirú). En 1524 realizaron una primera expedición exploratoria al litoral del actual Colombia, que fracasó por el hambre y las enfermedades. En 1526 hicieron una segunda más lejana, llegando hasta el golfo de Guayaquil y el norte de Perú, donde tuvieron el primer contacto con embarcaciones y gentes del imperio inca. Cuando el gobernador de Panamá ordenó la vuelta, Pizarro se negó: trazó una línea en la arena con su espada y pronunció la célebre frase (recogida por los cronistas pero posiblemente embellecida): «Por aquí se va a Panamá, a ser pobres. Por allá, al Perú, a ser ricos. Escoged». Trece hombres —conocidos como “los Trece de la Fama”— cruzaron la línea y se quedaron con él.
La Capitulación de Toledo (1529)
Tras probar la existencia del Imperio Inca en un viaje de reconocimiento, Pizarro viajó a España en 1528 para negociar personalmente con Carlos V el permiso y los términos de la conquista. En Toledo, el 26 de julio de 1529, firmó con la reina regente Isabel de Portugal (Carlos V estaba en Italia) la famosa Capitulación de Toledo, que le concedía el título de Adelantado, Gobernador y Capitán General del territorio que conquistara, el nombramiento de sus hermanos Hernando, Juan y Gonzalo en cargos secundarios, y el derecho a llevar 250 hombres. Almagro y Luque quedaban en posición subordinada, lo que sembró desde el principio la semilla del conflicto futuro entre ellos.
La conquista del Imperio Inca (1532-1533)
Un imperio en guerra civil
Cuando Pizarro llegó al Perú en enero de 1531, el Tahuantinsuyu —el Estado inca, que significa “los cuatro cuarteles del mundo” en quechua— estaba saliendo de una guerra civil catastrófica. A la muerte del emperador Huayna Cápac hacia 1527 (probablemente de viruela, traída desde Panamá por las expediciones exploratorias), el imperio se había dividido entre sus dos hijos: Huáscar, reconocido como legítimo en Cusco, y Atahualpa, apoyado por el ejército del norte con base en Quito. Tras una larga guerra, Atahualpa acababa de derrotar y capturar a Huáscar en abril de 1532. Los generales de Atahualpa, Quisquis y Calcuchímac, ocupaban Cusco y ejecutaban sistemáticamente a la nobleza cuzqueña. El imperio estaba desgarrado internamente, con la mitad de la población hostil al vencedor. Fue una oportunidad única que Pizarro supo aprovechar.
El encuentro de Cajamarca (16 de noviembre de 1532)
Tras desembarcar en Tumbes y fundar la ciudad de San Miguel de Piura (la primera ciudad española del Perú), Pizarro avanzó al interior con 168 hombres, 37 caballos y 3 arcabuceros hacia el campamento militar del emperador Atahualpa, situado cerca de los baños termales de Cajamarca. El ejército inca tenía unos 80.000 guerreros. La desproporción era absurda —cinco soldados españoles contra cada mil incas— pero Pizarro jugó la carta de la sorpresa.
La tarde del 16 de noviembre de 1532, Atahualpa acudió a la plaza de Cajamarca con unos 6.000 guerreros desarmados (su escolta ceremonial), confiando en que el pequeño grupo español no suponía amenaza alguna. El fraile Vicente de Valverde, acompañado del intérprete indio Felipillo, avanzó hacia el emperador con una Biblia o un breviario y le exigió aceptar al papa como máxima autoridad religiosa y al emperador Carlos V como soberano político (el famoso “Requerimiento”). Atahualpa, tras examinar el libro —según algunas crónicas, se lo llevó al oído y al no oír nada lo arrojó al suelo—, lo rechazó. Valverde dio entonces la señal y Pizarro ordenó el ataque por sorpresa: los cañones escondidos abrieron fuego, la caballería cargó desde los edificios circundantes y los arcabuces diezmaron la muchedumbre. En dos horas de matanza murieron entre 2.000 y 7.000 incas sin que cayera un solo español. Atahualpa fue capturado vivo en su litera de oro.
El rescate de oro y la ejecución de Atahualpa
Atahualpa, comprendiendo rápidamente la codicia de sus captores, ofreció a Pizarro el rescate más célebre de la historia: llenar una habitación de 22 metros cuadrados hasta la altura que él pudiera alcanzar con su brazo levantado (unos 2,4 metros) de oro, y dos veces el mismo volumen de plata, a cambio de su libertad. Pizarro aceptó. Durante ocho meses, los súbditos del emperador cautivo enviaron desde todo el imperio las ofrendas de oro y plata requeridas, muchas de ellas piezas artísticas y ornamentales de los templos que fueron fundidas en lingotes tras su llegada a Cajamarca. El tesoro total sumó unos 6.000 kilos de oro y 12.000 de plata, el mayor botín de la historia de la conquista.
A pesar del rescate pagado, Pizarro no liberó a Atahualpa. Presionado por la llegada inminente de Almagro con refuerzos (que exigirían parte del tesoro) y por el rumor de que el emperador preparaba una rebelión, lo sometió a un juicio sumario bajo cargos de regicidio (por la muerte de su hermano Huáscar), idolatría e incesto. Fue condenado a morir en la hoguera, pena conmutada en el último momento por el garrote vil (estrangulamiento) tras aceptar el bautismo cristiano, el 26 de julio de 1533. La ejecución, injustificable incluso para algunos españoles del momento como el soldado y cronista Pedro Cieza de León, fue una de las acciones más criticadas de toda la conquista.
La toma de Cusco (1533) y la fundación de Lima (1535)
Tras la ejecución, Pizarro nombró emperador títere a Manco Cápac II, hermano de los dos rivales anteriores, y avanzó hacia el sur para tomar la capital imperial. Entró en Cusco, la “ciudad del ombligo”, el 15 de noviembre de 1533, tras vencer al general Quisquis. La toma de la capital marcó el fin efectivo del Imperio Inca como estructura política, aunque la resistencia armada continuaría durante décadas con los llamados “Incas de Vilcabamba”, el último de los cuales, Túpac Amaru I, sería ejecutado en Cusco en 1572.
Para establecer una base en la costa, Pizarro fundó la Ciudad de los Reyes —la actual Lima— el 18 de enero de 1535, en el valle del río Rímac. Fue la capital del virreinato del Perú durante casi tres siglos y sigue siendo hoy la capital del país. El nombre “Lima” deriva probablemente de la pronunciación local de “Rímac”.
Las guerras civiles y el asesinato de Pizarro
La división del enorme botín entre los conquistadores fue el origen de las guerras civiles peruanas que ensangrentaron el virreinato durante más de una década. En 1538, las rivalidades entre Pizarro y su antiguo socio Diego de Almagro —que se sentía injustamente excluido del reparto— desembocaron en la batalla de las Salinas, cerca de Cusco. Almagro fue derrotado y ejecutado por Hernando Pizarro, pero sus partidarios —los “almagristas”— juraron venganza.
El 26 de junio de 1541, un grupo de almagristas liderados por Juan de Rada y con el apoyo de Diego de Almagro “el Mozo” (el hijo mestizo del ejecutado) irrumpió en el palacio de Pizarro en Lima. El conquistador, con más de 60 años, cogió su espada y combatió con gran valor, matando a dos atacantes antes de caer acribillado. La tradición cuenta que al morir dibujó con su propia sangre una cruz en el suelo y la besó. Fue enterrado apresuradamente en la Catedral de Lima, donde aún reposa. En 1977 se identificó su cráneo en una urna descubierta durante unas obras —presentaba el tajo de la estocada mortal—, y sus restos se expusieron en una capilla lateral de la catedral, donde pueden verse todavía hoy.
Preguntas frecuentes
Francisco Pizarro (Trujillo, c. 1478 – Lima, 1541), extremeño hijo de un hidalgo y una criada, con apenas 180 hombres, 27 caballos y un cañón. Capturó al inca Atahualpa en Cajamarca el 16 de noviembre de 1532, iniciando el colapso del imperio incaico más extenso de América.
Capturado en Cajamarca, negoció un rescate sin precedentes: una habitación llena de oro y dos de plata. Pizarro aceptó el oro (unas seis toneladas) pero lo ejecutó igualmente el 26 de julio de 1533, acusado de conspirar. Murió ahorcado por garrote vil tras convertirse in extremis al cristianismo.
A orillas del río Rímac, a pocos kilómetros del Pacífico, el 18 de enero de 1535. La llamó Ciudad de los Reyes por la festividad de la Epifanía. Eligió la ubicación costera para facilitar el comercio marítimo con Panamá y Sevilla. Pasó a ser capital del Virreinato del Perú.
No. Pizarro era analfabeto, algo no infrecuente entre hidalgos pobres de la Extremadura del siglo XV. Firmaba los documentos oficiales con una rúbrica estandarizada que su secretario le dibujaba previamente. El sello de su gobierno se hizo en plata en Lima, ya que no podía firmar de puño propio.
Asesinado en su palacio de Lima el 26 de junio de 1541 por un grupo de partidarios de Diego de Almagro, su antiguo socio convertido en rival. Encabezaba el comando Juan de Rada y eran unos 20 hombres. Pizarro murió con la espada en la mano tras defenderse contra cinco asaltantes simultáneos.