El Motín de Esquilache (23-26 de marzo de 1766) fue la revuelta popular más importante de la España del siglo XVIII y el episodio que marcó un punto de inflexión en el reinado de Carlos III, el rey ilustrado. La chispa fue un decreto del ministro italiano Leopoldo de Gregorio, marqués de Esquilache, que prohibía en Madrid el uso de las capas largas y los sombreros de ala ancha (chambergos), obligando a los madrileños a vestir capa corta y tricornio al estilo francés. Lo que parecía una anécdota de vestuario escondía un conflicto profundo: la carestía del pan, el rechazo a los ministros extranjeros que acaparaban el poder, las tensiones entre la reforma ilustrada y las tradiciones populares, y la sospechada manipulación por parte de los jesuitas y sectores conservadores que querían frenar las reformas. El motín obligó a Carlos III a huir de Madrid a Aranjuez, destituir a Esquilache, satisfacer las demandas populares y, como consecuencia indirecta, tomar la decisión más drástica de su reinado: la expulsión de la Compañía de Jesús en 1767.

Las causas: más que un sombrero
La carestía del pan
La causa más profunda del motín fue la crisis de subsistencias. En 1765, Esquilache había liberalizado el comercio de granos, aboliendo la tasa (precio máximo fijado por el gobierno) que protegía a los consumidores pobres. La intención ilustrada era buena: eliminar las trabas al comercio para que la oferta aumentara y los precios bajaran naturalmente. Pero el resultado fue el contrario: los acaparadores compraron el trigo a bajo precio en las zonas productoras y lo revendieron caro en las ciudades. El precio del pan —el alimento básico de las clases populares— se disparó durante el invierno de 1765-1766. Madrid, con más de 150.000 habitantes, dependía del pan como alimento principal, y la carestía golpeó especialmente a los jornaleros, artesanos, criados y pobres que gastaban más del 50% de su salario en pan.
El decreto de las capas y sombreros
El detonante superficial fue el bando del 10 de marzo de 1766 que prohibía el uso de la capa larga y el sombrero chambergo (de ala ancha y caída) en las calles de Madrid, sustituyéndolos por la capa corta y el tricornio (sombrero de tres picos al estilo francés). Las razones oficiales eran de seguridad pública: la capa larga permitía esconder armas, ocultar el rostro y facilitar la huida tras un crimen; el chambergo impedía identificar a los portadores. Pero la medida fue percibida por los madrileños como un ataque a la identidad española por parte de un ministro extranjero italiano que quería “afrancesar” a los españoles. El chambergo y la capa larga eran la vestimenta tradicional del pueblo llano madrileño: quitárselos era como quitarles un pedazo de su identidad.
El rechazo a los ministros italianos
Carlos III había llegado a España desde Nápoles en 1759 acompañado de un equipo de colaboradores italianos: el marqués de Esquilache (secretario de Hacienda y Guerra) y el marqués de Grimaldi (secretario de Estado). Ambos ocupaban los dos ministerios más poderosos, lo que generaba un resentimiento generalizado en la clase política española, que se veía apartada del poder por extranjeros. Esquilache era percibido como arrogante, autoritario y despectivo con las costumbres españolas. La combinación de hambre + decreto impopular + resentimiento xenófobo fue explosiva.
Los tres días de motín (23-26 de marzo de 1766)
La mañana del Domingo de Ramos, 23 de marzo de 1766, una multitud de varios miles de personas se congregó en la Plaza de Antón Martín y avanzó hacia la casa del marqués de Esquilache en la calle de las Infantas. La muchedumbre asaltó y saqueó la casa (Esquilache no estaba, había huido al Palacio Real), destruyó los muebles, rompió los cristales y quemó un retrato del ministro en la calle. Los alguaciles y los guardias intentaron contener a la multitud pero fueron desbordados.
La revuelta se extendió rápidamente por todo el centro de Madrid. Los amotinados apedrearon a los guardias valones (la guardia flamenca del rey, otra fuente de resentimiento por ser extranjera), volcaron faroles de alumbrado público (que Esquilache había instalado como mejora urbana pero que los madrileños asociaban con la vigilancia del gobierno), y levantaron barricadas en las calles principales. Los gritos eran: «¡Abajo Esquilache! ¡Pan barato! ¡Fuera los extranjeros!».
El día 24, la multitud rodeó el Palacio Real. Carlos III, asustado y furioso, se encerró en sus aposentos. El padre Eleta, confesor del rey, y el conde de Revillagigedo actuaron como intermediarios: salieron al balcón del palacio para parlamentar con la multitud, que presentó seis demandas:
- Destitución de Esquilache y expulsión de los ministros italianos.
- Que todos los ministros fueran españoles.
- Rebaja del precio del pan, el aceite, el jabón y otros productos básicos.
- Supresión de la Junta de Abastos (el organismo que controlaba los precios).
- Permiso para vestir capa larga y sombrero chambergo.
- Perdón general para los amotinados.
Carlos III, aconsejado por sus ministros, aceptó todas las demandas. Esquilache fue destituido y desterrado a Nápoles. La multitud, eufórica, se dispersó. Pero esa misma noche del 24, el rey, avergonzado por haber cedido ante el populacho, huyó secretamente de Madrid hacia Aranjuez, disfrazado y escoltado por guardias de confianza. No regresó a la capital hasta diciembre de 1766, nueve meses después. Nunca perdonó a Madrid la humillación: durante el resto de su reinado, Carlos III prefirió residir en Aranjuez, La Granja o El Escorial antes que en la capital.
La represión silenciosa y los jesuitas
Aunque Carlos III aceptó públicamente las demandas, en la sombra organizó una represión metódica. Una investigación secreta dirigida por el fiscal del Consejo de Castilla, Pedro Rodríguez de Campomanes, y por el presidente del Consejo, el conde de Aranda, concluyó que detrás del motín había una conspiración organizada por los jesuitas (la Compañía de Jesús), que habrían manipulado al pueblo para desestabilizar al gobierno reformista y frenar las medidas que limitaban su poder (especialmente en la enseñanza y la influencia sobre la corte).
La prueba de la participación jesuita fue siempre circunstancial y muchos historiadores la cuestionan: es posible que Campomanes y Aranda, que eran antijesuitas convencidos, exageraran las pruebas para convencer al rey de expulsar a una orden que les estorbaba políticamente. Pero Carlos III, que desconfiaba de los jesuitas desde los motines y que ya había visto cómo Francia (1764) y Portugal (1759) los habían expulsado, se dejó convencer. El 2 de abril de 1767, en una operación nocturna coordinada con precisión militar, 2.746 jesuitas de 146 casas fueron detenidos simultáneamente en toda España, embarcados y expulsados a los Estados Pontificios. Sus bienes fueron confiscados y sus colegios transferidos a otras órdenes o al Estado. Fue la consecuencia más trascendental del Motín de Esquilache.
Los nuevos hombres fuertes: Aranda, Campomanes, Floridablanca
El motín tuvo una consecuencia política inmediata: Carlos III sustituyó a los ministros italianos por reformistas españoles de su confianza. El nuevo equipo fue formidable:
- El conde de Aranda (presidente del Consejo de Castilla): un aristócrata aragonés ilustrado, masón, voltairiano, que ejecutó la expulsión de los jesuitas y reorganizó la administración municipal.
- Pedro Rodríguez de Campomanes (fiscal del Consejo): el jurista más brillante de la España del XVIII, impulsor de la reforma agraria, la desamortización eclesiástica, las Sociedades Económicas de Amigos del País y la educación popular.
- El conde de Floridablanca (secretario de Estado a partir de 1777): murciano, pragmático y eficaz, dirigió la política exterior, las obras públicas y las reformas económicas del último decenio del reinado.
Este trío reformista convirtió los últimos 22 años del reinado de Carlos III (1766-1788) en la época más fecunda de la Ilustración española: libre comercio con América, manufacturas reales, Paseo del Prado, Puerta de Alcalá, Jardín Botánico, Museo del Prado, colonización de Sierra Morena, Sociedades Económicas. Todo ello nació, indirectamente, de la crisis del Motín de Esquilache, que obligó al rey a prescindir de los italianos y confiar en los mejores cerebros españoles.
El legado: un motín que cambió la historia
El Motín de Esquilache parece, a primera vista, una anécdota pintoresca sobre sombreros y capas. Pero fue mucho más: fue la primera gran revuelta urbana de la España moderna, un episodio que mostró el poder del pueblo llano madrileño para desafiar a un rey absoluto, que provocó la caída de un gobierno, la expulsión de los jesuitas, la reforma administrativa y, en última instancia, la época más brillante de la Ilustración española. Fue también un precedente de los motines populares que sacudirían a España en los siglos siguientes: el 2 de mayo de 1808, la Semana Trágica de 1909, las huelgas generales de la República.
La escena del rey huyendo de noche de su propia capital, disfrazado, porque el pueblo lo ha desafiado por un sombrero, es una de las estampas más reveladoras del Antiguo Régimen español: un sistema en el que el monarca absoluto, pese a todo su poder, podía ser humillado por una multitud hambrienta si se empeñaba en cambiar lo que la gente consideraba suyo. La capa larga y el chambergo se convirtieron en símbolo de la resistencia popular contra la modernización impuesta desde arriba, un tema recurrente en la historia española que reaparecería, con variaciones, en la quema de iglesias de 1909 y 1936, en la resistencia al desarrollismo franquista, y en las protestas de la España del siglo XXI.
Preguntas frecuentes
Fue una revuelta popular que sacudió Madrid del 23 al 26 de marzo de 1766, provocada por un decreto del ministro italiano marqués de Esquilache que prohibía las capas largas y los sombreros de ala ancha. Detrás estaban la carestía del pan (tras la liberalización del comercio de granos), el rechazo a los ministros italianos y posiblemente la manipulación de los jesuitas. La multitud asaltó la casa de Esquilache, rodeó el Palacio Real y presentó demandas al rey. Carlos III aceptó todo, destituyó a Esquilache y huyó de Madrid a Aranjuez. Fue la revuelta popular más importante de la España del XVIII.
Esquilache argumentó razones de seguridad: la capa larga permitía esconder armas, ocultar el rostro y facilitar la huida tras un crimen. El sombrero chambergo de ala ancha impedía identificar a los portadores. Quería sustituirlos por la capa corta y el tricornio al estilo francés. Pero los madrileños percibieron el decreto como un ataque a la identidad española por parte de un ministro extranjero que quería "afrancesarlos". El chambergo y la capa larga eran la vestimenta tradicional del pueblo llano madrileño, y quitárselos era como quitarles un pedazo de su identidad.
Seis demandas: (1) destitución de Esquilache y expulsión de los ministros italianos, (2) que todos los ministros fueran españoles, (3) rebaja del precio del pan, aceite, jabón y otros productos básicos, (4) supresión de la Junta de Abastos, (5) permiso para vestir capa larga y sombrero chambergo, (6) perdón general para los amotinados. Carlos III aceptó todas. Pero esa misma noche huyó secretamente de Madrid a Aranjuez y no regresó hasta nueve meses después.
Tras el motín, una investigación secreta dirigida por Campomanes y Aranda concluyó que los jesuitas habían manipulado al pueblo para desestabilizar al gobierno reformista. Las pruebas eran circunstanciales, pero Carlos III se dejó convencer. El 2 de abril de 1767, en una operación nocturna, 2.746 jesuitas de 146 casas fueron detenidos, embarcados y expulsados a los Estados Pontificios. La expulsión (que culminó con la disolución de la Compañía por el papa en 1773) fue la consecuencia más trascendental del motín.
Leopoldo de Gregorio, marqués de Esquilache (Mesina, Sicilia, 1699 – Venecia, 1785), fue un político italiano que llegó a España como colaborador de Carlos III cuando este heredó el trono en 1759. Fue secretario de Hacienda y Guerra, los dos ministerios más poderosos. Emprendió reformas urbanas en Madrid (empedrado, alumbrado, limpieza) pero su autoritarismo, su origen extranjero y el decreto de las capas provocaron el motín. Fue destituido y desterrado a Nápoles en marzo de 1766. Acabó sus días en Venecia.
Sí. Tras aceptar públicamente las demandas de los amotinados el 24 de marzo, Carlos III huyó esa misma noche secretamente de Madrid hacia Aranjuez, disfrazado y escoltado por guardias de confianza. No regresó a la capital hasta diciembre de 1766, nueve meses después. Nunca perdonó a Madrid la humillación: durante el resto de su reinado prefirió residir en Aranjuez, La Granja o El Escorial. El episodio lo convenció de sustituir a los ministros italianos por reformistas españoles (Aranda, Campomanes, Floridablanca) y de expulsar a los jesuitas.