Clara Campoamor Rodríguez (Madrid, 1888-Lausana, 1972) es la mujer a la que España debe el sufragio universal femenino. Su intervención en las Cortes Constituyentes de la Segunda República, el 1 de octubre de 1931, consiguió lo que hoy parece obvio —que las españolas pudieran votar— y que entonces no lo era: su propio partido, el Partido Radical, le votó en contra; la izquierda socialista mayoritaria temía que el voto de «las mujeres influidas por la Iglesia» condenara a la República; y su otra compañera diputada, Victoria Kent, defendió precisamente el aplazamiento del sufragio femenino por esa misma razón. Campoamor, sola, con un discurso jurídico impecable y una convicción feminista de acero, convenció al hemiciclo por 161 votos a favor frente a 121. Fue una de las decisiones políticas más importantes del siglo XX español: y la pagó con el aislamiento posterior, el exilio y el olvido.

De costurera a abogada: una vida que parecía imposible
Clara nació en Madrid el 12 de febrero de 1888 en una familia obrera modestísima. Su padre, contable de un periódico, murió cuando ella tenía diez años; su madre sacó adelante a los tres hijos trabajando como modista. A los trece, Clara entró a trabajar: fue modistilla, dependienta en un comercio y, desde los 21, telegrafista tras aprobar unas oposiciones estatales que le abrieron la primera puerta de una vida distinta.
Con 32 años, compaginando el trabajo en Telégrafos con clases nocturnas, terminó el bachillerato. Con 36, la carrera de Derecho en la Universidad Central de Madrid. Se colegió como abogada en el Colegio de Madrid en 1924, una de las muy pocas mujeres que ejercían. En 1925 defendió su primer caso ante el Tribunal Supremo. Nadie de su entorno original imaginaba, cuando Clara repartía encargos a los trece años, que llegaría a ser una de las juristas más respetadas del país.
La militancia republicana
Campoamor militó inicialmente en el Partido Radical de Alejandro Lerroux, atraída por su programa laicista, republicano y reformista. En 1931, proclamada la Segunda República, fue elegida diputada por Madrid —una de las tres primeras mujeres en las Cortes junto con Victoria Kent (Izquierda Republicana) y Margarita Nelken (PSOE)—. Las mujeres podían ser elegidas pero no electoras: ninguna española había votado hasta entonces. Una contradicción flagrante que el texto constitucional tenía que resolver.
El debate del 1 de octubre de 1931
El artículo 36 del proyecto constitucional reconocía el sufragio universal sin distinción de sexo. Contra lo previsible, la izquierda mayoritaria —socialistas y Acción Republicana— se dividió. La tesis dominante entre los varones era que, dada la influencia de la Iglesia Católica sobre muchas mujeres, su voto consolidaría a la derecha y pondría en peligro la República. Victoria Kent lo defendió explícitamente: «Pido a la Cámara que aplace el voto femenino hasta que la mujer española se haya emancipado educativamente de la influencia clerical».
Clara Campoamor respondió con el discurso más célebre de las Cortes republicanas. «La mujer española —dijo— ha luchado conmigo y con vosotros por conseguir la República. Se la puede venir a decir ahora: «Habéis hecho la República, os debo la gratitud, pero no voy a reconoceros como ciudadanas». Añadió con precisión jurídica: «No podéis postular ningún principio democrático en estas Cortes si no es arrancado sobre la base de la igualdad de sexos». Y zanjó: «Yo, que sé como vosotros que la Iglesia trabaja sobre la mujer, digo a mi partido, digo a este hemiciclo, que no es lícito privar a la mitad de los ciudadanos del derecho fundamental que les corresponde».
La votación y la victoria
La Cámara votó: 161 a favor del sufragio femenino, 121 en contra. Aprobado. El 1 de octubre de 1931, España reconoció el derecho al voto de las españolas. La primera elección general con voto femenino fue la del 19 de noviembre de 1933 —que, irónicamente, ganó la derecha CEDA—. Los adversarios internos del PSOE y del propio Partido Radical culparon a Campoamor del resultado, acusándola de haber «perdido la República por el voto de las mujeres». La acusación era infundada: análisis posteriores (César Jalón, Pilar Folguera, Rosa Capel) han demostrado que el voto femenino se repartió de manera muy similar al masculino, con la diferencia debida sobre todo al abstencionismo socialista. Pero la leyenda negra ya estaba fabricada.
El aislamiento y el exilio
Tras 1934, Clara quedó políticamente huérfana. Rota con el Partido Radical tras el escándalo del estraperlo, intentó ingresar en Izquierda Republicana, en la CEDA-Progresista y en diversas pequeñas plataformas, sin éxito. Quiso ser elegida magistrada del Tribunal de Garantías Constitucionales, pero su solicitud fue rechazada. En 1936, al estallar la Guerra Civil, huyó a París —acertadamente consciente de que los dos bandos podían considerarla enemiga—. Escribió el lúcido La revolución española vista por una republicana (París, 1937), publicado en francés, uno de los mejores análisis contemporáneos del drama español.
Los largos años de exilio
Desde Francia pasó a Argentina en 1937, donde vivió quince años ejerciendo de abogada y escribiendo biografías de grandes mujeres: El pensamiento vivo de Concepción Arenal, Sor Juana Inés de la Cruz. En 1955 se trasladó a Lausana (Suiza), país del que solicitó asilo político. Al Franco de los años 40 y 50 había intentado pedirle el regreso: la respuesta fue siempre negativa, pese a la intercesión de diversos amigos. Murió en Lausana el 30 de abril de 1972 de un cáncer, sin haber podido regresar a España. Tenía ochenta y cuatro años.
El olvido y la recuperación
Durante el franquismo, Clara Campoamor fue borrada sistemáticamente de los libros de historia. El sufragio femenino apareció como un regalo de la II República, sin mencionar a quien lo había arrancado en solitario en el hemiciclo. Solo en 1981, una década después de su muerte, sus restos fueron trasladados a San Sebastián por decisión de su amiga y albacea Antoinette Quinche. A partir de los años 90 empezó una recuperación biográfica lenta —con los libros de Neus Samblancat, Concha Fagoaga y Rosa María Capel— que en el siglo XXI ha llegado al gran público con la televisión, el cine (Clara Campoamor, la mujer olvidada, 2011), los nombres de calles y una Fundación que custodia su memoria.
Por qué importa
La historia de Clara Campoamor es, a la vez, la historia individual de una mujer extraordinaria y la historia colectiva de una España que tuvo que pelear dos veces el derecho al voto femenino: una en 1931 contra su propio campo progresista; otra tras 1975, cuando la democracia volvió a España y reconoció automáticamente el sufragio universal —entonces ya sin el más mínimo debate—. El discurso de Campoamor el 1 de octubre de 1931 sigue siendo un texto fundacional de la democracia española: demostró que los derechos no se conceden, se arrancan; que la igualdad no es un regalo, sino una conquista; y que basta una mujer convencida y preparada para cambiar la ley si encuentra las palabras exactas en el momento exacto.
«Votad, diputados, votad», terminó aquel discurso. «Votad, porque pesa sobre vosotros la obligación histórica de acoger a la mitad del género humano». La Cámara lo hizo. España cambió para siempre.
Preguntas frecuentes
Jurista, escritora y diputada española (Madrid, 1888 – Lausana, 1972) que consiguió el voto femenino en las Cortes de la Segunda República el 1 de octubre de 1931. Procedente de una familia obrera, fue una de las primeras abogadas españolas y la principal impulsora del sufragio universal español.
El 1 de octubre de 1931, cuando las Cortes Constituyentes de la II República aprobaron el sufragio femenino por 161 votos a favor frente a 121. La primera elección general con voto femenino fue el 19 de noviembre de 1933. Fue una votación cerrada: muchos republicanos de izquierda se opusieron.
Victoria Kent, otra diputada republicana, pidió aplazar el sufragio femenino temiendo que las mujeres influidas por la Iglesia católica votaran contra la República. Campoamor la rebatió con un discurso jurídico impecable: la democracia no puede fundarse excluyendo a la mitad de la ciudadanía.
En Lausana (Suiza) el 30 de abril de 1972, a los 84 años, tras 36 años de exilio. Huyó de España en 1936 al estallar la Guerra Civil, vivió en París y Buenos Aires, y se instaló en Lausana en 1955. Nunca pudo regresar: el franquismo le negó el retorno pese a sus peticiones.
No hay relación directa: son marcos distintos. Lo que sí ocurrió es que los restos de Campoamor fueron trasladados a San Sebastián en 1981, tras la democracia. España ha reconocido progresivamente su papel en el voto femenino, con monumentos, una fundación con su nombre y la inclusión en los libros escolares desde los años 90.