Juana I de Castilla (Juana la Loca): La Reina Prisionera en Tordesillas

Juana I de Castilla (1479–1555)

Juana I de Castilla (1479-1555), conocida por la posteridad con el nombre denigrante de «Juana la Loca», fue heredera legítima de las coronas de Castilla y Aragón y una de las mujeres políticamente más poderosas de la Europa del siglo XVI… hasta que fue encerrada durante casi cincuenta años en el palacio de Tordesillas por los tres hombres que debieron protegerla: su padre Fernando el Católico, su marido Felipe el Hermoso y su hijo Carlos V. Su largo encierro —el más dilatado de ninguna reina europea— ha sido convertido por la historiografía tradicional en un caso de locura hereditaria, pero las fuentes más recientes apuntan con cada vez mayor claridad a lo contrario: un secuestro político premeditado para despojarla de un trono que no querían compartir con ella.

Retrato iluminado de Juana I de Castilla con su escudo de armas
Retrato de Juana I de Castilla en el folio 26r de Las Muy Ricas Horas de Juana I

La figura de Juana sintetiza, por eso, dos realidades inseparables de la España moderna: la primera, el papel decisivo —y muchas veces borrado— de las mujeres en la política dinástica; la segunda, los mecanismos patriarcales que podían destruir a una reina legítima reduciéndola a patología clínica.

Tercera hija de los Reyes Católicos

Juana nació en Toledo el 6 de noviembre de 1479, tercera de los cinco hijos supervivientes de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón. No era presunta heredera: delante tenía a su hermano Juan —el príncipe de Asturias— y a su hermana mayor Isabel, casada con el rey de Portugal. Sin embargo, una sucesión de muertes inesperadas la catapultó al primer plano. Primero murió el príncipe Juan (1497); después su hermana Isabel (1498); luego el hijo de esta, el infante Miguel (1500). En solo tres años, Juana se convirtió en heredera legítima de las dos coronas peninsulares y, por añadidura, de Portugal.

El matrimonio con Felipe el Hermoso

En 1496, cuando Juana tenía dieciséis años, los Reyes Católicos la casaron con Felipe el Hermoso, archiduque de Austria e hijo del emperador Maximiliano I. La boda, celebrada en Lier (Flandes), tenía una lógica geopolítica impecable: aislar a Francia y garantizar una alianza continental para Castilla. Lo que no se había previsto era que Juana se enamoraría apasionadamente del joven heredero borgoñón, y que él, pronto aburrido, la traicionaría con sistemáticas infidelidades cortesanas.

Las crónicas de la corte flamenca documentan escenas de celos espectaculares: Juana habría cortado el cabello a rivales sospechosas, habría rechazado comer durante días, habría emprendido travesías en invierno en barco para seguir a su marido. Los partidarios de Felipe en Castilla —y después Fernando el Católico— utilizarían estas conductas para edificar la leyenda de su desequilibrio. Pero los mismos gestos en un rey se habrían considerado temperamento; en una reina, locura.

Reina de Castilla (1504)

Isabel la Católica murió en Medina del Campo el 26 de noviembre de 1504. Por testamento, dejó clarísima la legitimidad de Juana: su hija heredaba íntegramente el reino, con Fernando como regente solo si Juana estaba imposibilitada. La reina madre conocía el carácter de su yerno flamenco y temía su ambición; por eso estableció que, si Juana reinaba por sí misma, los Países Bajos quedaran separados de Castilla.

Juana pasó a ser reina con veinticinco años. Pero desde el principio se vio cercada. Su padre Fernando se negó a devolverle el poder real; su marido Felipe quería gobernar sin compartir. En 1506, ambos firmaron una concordia a sus espaldas por la que el padre se retiraba a Aragón y el marido se quedaba con Castilla. Juana, reina legítima, no había sido consultada.

La muerte de Felipe y el comienzo del secuestro

Felipe el Hermoso murió repentinamente en Burgos el 25 de septiembre de 1506, a los veintiocho años, con toda probabilidad envenenado (aunque la causa oficial fue una fiebre tras un partido de pelota). Juana, embarazada de su hija Catalina, se negó a permitir que enterraran el cuerpo sin autopsia verificada y cargó con el féretro durante meses en un cortejo fúnebre que recorrió Castilla. Esta conducta —abrazar un cadáver, desear verlo, acompañarlo— ha sido el eje de la leyenda de la locura. Lo cierto es que en la Europa barroca posterior tal comportamiento se habría considerado luto digno; en 1507, en la Castilla de Fernando, fue utilizado como argumento de incapacidad.

Cincuenta años en Tordesillas

Fernando el Católico, con el pretexto de la «flaqueza de ánimo» de su hija, la hizo encerrar en el palacio de Tordesillas (Valladolid) en febrero de 1509. Allí pasaría Juana los siguientes cuarenta y siete años. Primero bajo la custodia del bellísimo Luis Ferrer, oficial castellano-aragonés; después, tras la muerte de Fernando en 1516, bajo la de su propio hijo Carlos V, que reinó como si su madre no existiera, manteniéndola como rehén de su dinastía hasta la muerte.

Las fuentes conservan testimonios de la lucidez de Juana durante el encierro. En 1520, los Comuneros capitaneados por Juan de Padilla ocuparon Tordesillas y pidieron a la reina que se pusiera al frente de la revuelta contra su hijo. Juana los recibió, habló con ellos coherentemente, expresó sus reservas políticas y se negó a firmar documentos contra Carlos. Ninguna crónica comunera la describe como loca: al contrario, los insurgentes la trataron con el respeto debido a una reina plenamente capaz. La derrota de los Comuneros en Villalar (1521) selló su destino: nunca volvería a salir.

La dureza final del encierro

Las últimas décadas de Juana fueron durísimas. Su carcelero Bernardo de Sandoval y Rojas (marqués de Denia) —designado por Carlos V— la sometió a aislamiento extremo, la privó de contacto con confesores, le ocultó la muerte de familiares y, según el testimonio del propio san Francisco de Borja (que la visitó en 1554), llegó a aplicarle disciplina física. Juana murió el Viernes Santo de 1555, el 12 de abril, con setenta y cinco años. Fue enterrada finalmente en la Capilla Real de Granada, junto a sus padres y su marido.

¿Estaba realmente loca?

La historiografía contemporánea —desde los trabajos pioneros de Manuel Fernández Álvarez hasta los más recientes de Bethany Aram, Georgina Dopico Black y Aránzazu Echevarría— ha desmontado la leyenda. Juana presentó signos de neurosis celosa, sí; posibles rasgos obsesivos, también; incluso una tendencia depresiva tras traumas graves (la muerte de su madre, la traición del marido, el encierro). Pero no hay en ella indicios clínicos de psicosis o de incapacidad para el gobierno. Su encierro no respondía a una enfermedad, sino a una decisión política: tres hombres sucesivos —su padre, su marido y su hijo— prefirieron a una reina anulada antes que compartir con ella la soberanía castellana.

Una figura que ha vuelto

El siglo XIX la convirtió en mito romántico, por vía de Pradilla (cuyo célebre cuadro Doña Juana la Loca la muestra junto al féretro de Felipe) y de novelas y óperas sentimentales. El siglo XX la redescubrió como víctima política: el cine de Juan de Orduña (1948), el de Vicente Aranda (2001) y la serie televisiva de Salvador Calvo La corona partida (2016) han actualizado su figura para el gran público. Hoy, en Tordesillas, el palacio-convento de Santa Clara sigue conservando su celda y su sepultura inicial. Y en el imaginario español ya no es «la Loca»: es la reina legítima que fue apartada del trono por tres hombres de su propia sangre.

Preguntas frecuentes

¿Por qué se llama "la Loca" a Juana I de Castilla?

Su apodo se consolidó solo en el siglo XIX con el cuadro Doña Juana la Loca de Pradilla (1877). En vida nunca se la llamó así. La historiografía contemporánea ha desmontado la supuesta locura: presentó rasgos depresivos y celotípicos, pero no psicosis. Su encierro fue una decisión política, no clínica.

¿Cuántos años estuvo Juana I encerrada en Tordesillas?

Cuarenta y siete años (1509-1555), el encierro más largo de una reina europea. Fue encerrada por su padre Fernando el Católico en 1509; después, tras la muerte de Fernando en 1516, su hijo Carlos V la mantuvo recluida hasta su muerte el Viernes Santo de 1555.

¿Con quién se casó Juana I?

Con Felipe el Hermoso, archiduque de Austria e hijo del emperador Maximiliano I, en 1496 cuando ella tenía 16 años. Tuvieron seis hijos, entre ellos dos emperadores: Carlos V y Fernando I. Felipe murió en Burgos en 1506, a los 28 años, probablemente envenenado.

¿Por qué era Juana heredera de los Reyes Católicos?

Porque sus hermanos mayores murieron en cadena entre 1497 y 1500: primero el príncipe Juan, después su hermana Isabel y finalmente el sobrino Miguel. En solo tres años Juana, tercera en la línea, se convirtió en heredera legítima de Castilla, Aragón y Portugal.

¿Dónde está enterrada Juana I?

En la Capilla Real de la Catedral de Granada, junto a su marido Felipe el Hermoso y a sus padres Isabel la Católica y Fernando II de Aragón. Su cuerpo fue trasladado allí desde Tordesillas tras su muerte en 1555, como ella había pedido.

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