Sagunto (219-218 a.C.): el Sitio de Aníbal que Desencadenó la Segunda Guerra Púnica

Saguntum (asedio cartaginés)

El asedio de Sagunto (primavera del 219 a.C. — invierno del 219-218 a.C.) es uno de los episodios más célebres de la Antigüedad mediterránea. Una ciudad ibera de la costa levantina, aliada de Roma desde el Tratado del Ebro, fue sitiada durante ocho meses por Aníbal Barca. Sus habitantes, conocedores de que la rendición significaba la esclavitud y de que Roma no llegaría a tiempo para socorrerlos, prefirieron arrojarse a una gran hoguera colectiva antes que entregarse a los cartagineses. Su muerte fue el casus belli que desencadenó la Segunda Guerra Púnica, la guerra más larga y devastadora de toda la historia romana, que acabaría llevando a Roma a dominar el Mediterráneo occidental. Sin Sagunto no habría existido la Hispania Romana tal como la conocemos: la fidelidad suicida de aquel pueblo ibero fue el primer eslabón de una cadena que culminaría, doscientos años después, con la conquista total de la península Ibérica por las legiones romanas.

Castillo y restos romanos de Sagunto, Valencia
Sagunto, la ciudad cuyo sitio por Aníbal desencadenó la Segunda Guerra Púnica.

La ciudad ibera de Arse: edetanos en la costa

Sagunto era, antes de la conquista romana, una ciudad de los edetanos, uno de los pueblos iberos más romanizados de la costa levantina ya antes incluso de la propia presencia romana. Su nombre originario en lengua ibera era probablemente Arse; los romanos la latinizarían posteriormente como Saguntum. La ciudad estaba estratégicamente situada sobre una colina de unos 240 metros de altura, a 25 kilómetros al norte de la actual Valencia, dominando la salida natural del valle del Palancia hacia el Mediterráneo y la ruta costera que conectaba el sur peninsular con los Pirineos. A sus pies, un puerto natural permitía el comercio con griegos focenses (desde Emporion), fenicios púnicos (desde Cartago) y romanos (desde el siglo III a.C.).

Hacia el año 250 a.C., Sagunto era ya una ciudad próspera con acuñación de moneda propia (las primeras monedas peninsulares con leyenda en alfabeto ibérico levantino), producción cerámica de prestigio, comercio de cereales, vino y aceite, y una oligarquía indígena que se relacionaba con todos los actores mediterráneos del momento. Su orientación política natural era pragmática: comerciar con quien pagara mejor, sin alinearse permanentemente con ninguna potencia. Esa neutralidad cambiaría tras la Primera Guerra Púnica (264-241 a.C.), cuando Cartago empezó a expandir militarmente su presencia en Hispania bajo Amílcar Barca, Asdrúbal el Bello y Aníbal.

El Tratado del Ebro y la posición de Sagunto (226 a.C.)

En el año 226 a.C., Roma y Cartago habían firmado el llamado Tratado del Ebro: un acuerdo diplomático que delimitaba las zonas de influencia mediterránea de las dos potencias. El río Ebro era la frontera. Cartago se comprometía a no avanzar al norte del Ebro; Roma reconocía implícitamente el dominio cartaginés en el resto de Hispania. Pero en el tratado se introdujo una excepción significativa: Sagunto, aunque situada al sur del Ebro (teóricamente en zona cartaginesa), conservaba un estatuto especial como aliada de Roma. La razón era política: Sagunto era una pieza estratégica de control del Mediterráneo occidental, y Roma quería mantener ese punto de apoyo en territorio teóricamente cartaginés.

La situación era explosiva pero pacífica mientras los Barca aceptaran el statu quo. Amílcar y Asdrúbal el Bello lo aceptaron. Aníbal Barca, que asumió el mando del frente hispano en el 221 a.C. a los 26 años, no estaba dispuesto a hacerlo. Su programa estratégico era claro: invadir Italia por tierra, atravesando los Alpes, antes de que Roma pudiera reaccionar. Para llevarlo a cabo necesitaba consolidar primero la retaguardia hispana, eliminando cualquier punto de apoyo romano. Sagunto tenía que caer.

Primavera del 219 a.C.: comienza el asedio

En la primavera del 219 a.C., Aníbal puso sitio a Sagunto con una fuerza que las fuentes antiguas estiman en unos 150.000 hombres —cifra probablemente exagerada, pero que refleja la magnitud de la operación—. Las primeras semanas fueron de tanteo: los cartagineses sondearon los puntos débiles de las murallas saguntinas, intentaron sobornar a la oligarquía local, lanzaron ataques exploratorios contra las puertas. Los saguntinos resistieron con extraordinaria firmeza. Disponían de armas, víveres acumulados y, sobre todo, de la convicción de que Roma acudiría a socorrerlos.

Los embajadores saguntinos viajaron a Roma para denunciar el ataque. Los embajadores romanos viajaron al campamento de Aníbal para exigir el levantamiento del sitio. Aníbal los recibió con desprecio, alegando que Sagunto había agredido primero a tribus vecinas amigas de Cartago. La cancillería romana, dividida entre los partidarios de actuar inmediatamente y los que querían no romper el equilibrio mediterráneo, perdió tiempo. Cuando finalmente el Senado decidió enviar una expedición de socorro, ya era invierno. Sagunto estaba sola.

Ocho meses: la resistencia heroica

Los meses de verano y otoño del 219 a.C. fueron los de la resistencia más fiera. Tito Livio dedica varias páginas extraordinarias a los detalles del asedio: las máquinas de guerra cartaginesas (catapultas, arietes, torres de asalto móviles), los túneles de zapa para socavar las murallas, los contraataques saguntinos durante las noches que destruyeron parte de las máquinas enemigas, los duelos individuales en las brechas. El propio Aníbal fue gravemente herido por un dardo en el muslo durante uno de los asaltos y tuvo que retirarse del frente durante semanas. La resistencia saguntina fue extraordinaria: una ciudad de quizás 25.000 habitantes contuvo durante ocho meses a un ejército profesional varias veces superior.

Pero el desgaste era inevitable. Las murallas saguntinas, aunque sólidas, no podían resistir indefinidamente. Los cartagineses tenían tiempo y recursos. Hacia el final del año 219, la primera línea de muros cayó. Los defensores se replegaron a la ciudad alta. Las reservas de alimentos se agotaron. Los enfermos y heridos se acumulaban. Y la esperanza del socorro romano se había desvanecido: era ya invierno y ningún ejército romano cruzaría los Alpes hasta la primavera siguiente.

La hoguera del foro: el suicidio colectivo

Cuando los saguntinos supervivientes comprendieron que la caída era inminente y que la única alternativa era la esclavitud cartaginesa, tomaron una decisión colectiva que la posteridad recordaría como uno de los episodios más impresionantes de la Antigüedad. Según el relato de Tito Livio —escrito doscientos años después, pero basado en fuentes contemporáneas perdidas—, los magistrados saguntinos ordenaron encender una gran hoguera en el foro de la ciudad. Allí arrojaron todos los bienes preciosos —oro, plata, joyas, vajillas, telas— para que no cayeran en manos cartaginesas. Después, sistemáticamente, las familias enteras se arrojaron a las llamas. Algunos hombres mataron primero a sus mujeres e hijos para evitarles la deshonra y después salieron a combatir contra los cartagineses hasta morir en las brechas.

La ciudad cayó en pocos días. Los cartagineses encontraron un escenario de horror: cadáveres calcinados, casas vacías, almacenes destruidos, escasos supervivientes que se vendieron como esclavos. El botín fue muy inferior al esperado. La ciudad fue saqueada y parcialmente arrasada. Pero la victoria política era de Aníbal: había eliminado el principal punto de apoyo romano en Hispania.

Roma declara la guerra (marzo 218 a.C.)

Cuando la noticia de la caída de Sagunto llegó a Roma, el Senado convocó sesión extraordinaria. Los más prudentes pidieron negociar todavía. Los más belicosos pidieron declarar inmediatamente la guerra. Una embajada romana de tres senadores —encabezada por Quinto Fabio Máximo, futuro héroe de la guerra— viajó a Cartago para presentar un ultimátum. La escena, narrada por Polibio y Tito Livio, es legendaria. Ante el Consejo de Cartago, Fabio levantó la toga formando un pliegue: “En este pliegue de mi toga traigo la paz y la guerra. Decid cuál preferís”. Los cartagineses, sorprendidos pero orgullosos, respondieron: “Lo que tú quieras”. Fabio extendió la toga: “Pues entonces, recibid la guerra”.

Era marzo del 218 a.C. Empezaba la Segunda Guerra Púnica, la guerra más larga y costosa de toda la historia romana. Duraría 17 años. Implicaría a todo el Mediterráneo. Acabaría con la victoria romana en la batalla de Zama (202 a.C.) y la destrucción definitiva del poder político cartaginés. Y abriría el camino a la conquista romana de Hispania, que se prolongaría durante dos siglos más hasta las Guerras Cántabras de Augusto.

La reconstrucción romana (212 a.C. – siglo II d.C.)

Tras la expulsión de los cartagineses de Hispania y la victoria romana en la batalla de Ilipa (206 a.C.) —que daría origen a la cercana Itálica—, los Escipiones recuperaron Sagunto en 212 a.C. y la reconstruyeron como ciudad romana. La nueva Sagunto se levantó sobre el solar de la antigua ciudad ibera arrasada. Mantuvo su carácter portuario y comercial, ahora plenamente integrado en la red mediterránea romana. Recibió el estatuto de municipium ciudadano romano hacia el año 49 a.C. bajo César, lo que dio ciudadanía plena a sus habitantes. Durante los siglos I y II d.C., Sagunto se convirtió en una próspera localidad de la Tarraconense, con foro, basílica, templos, termas, anfiteatro y un teatro espectacular construido en la falda de la antigua ciudadela.

El Teatro Romano de Sagunto, construido en el siglo I d.C. con capacidad para unos 8.000 espectadores, es hoy uno de los teatros romanos mejor conservados de España. Excavado en la propia roca de la colina, ofrecía vistas espectaculares al Mediterráneo. Una restauración polémica de los años 1980-1990, dirigida por los arquitectos Giorgio Grassi y Manuel Portaceli, devolvió al teatro su uso escénico moderno; la intervención es discutida desde el punto de vista patrimonial pero ha convertido al monumento en un escenario activo.

Sagunto hoy: cuatro mil años en una colina

La actual Sagunto, con sus 67.000 habitantes, conserva uno de los conjuntos arqueológicos más densos de toda la costa mediterránea española. El cerro fortificado —con murallas iberas, romanas, visigodas, musulmanas, medievales cristianas y modernas— acumula cuatro mil años de ocupación continuada en el mismo emplazamiento. Cada palmo de tierra contiene varias capas históricas superpuestas. Las excavaciones modernas han recuperado el foro romano, los almacenes del puerto antiguo, restos del templo de Diana (que los antiguos identificaban con el mítico templo de Hércules saguntino), el barrio judío medieval y restos islámicos.

El recuerdo del sitio de Aníbal pervive en la toponimia, en la museografía y en la conciencia local. En el siglo XIX, los románticos españoles —especialmente los liberales que veían en Sagunto un símbolo de resistencia patriótica— alentaron una iconografía heroica que comparaba el suicidio colectivo del 218 a.C. con las defensas modernas de Numancia, Zaragoza y Gerona. Esa lectura romántica, aunque exagerada, contenía una verdad histórica de fondo: la fidelidad de Sagunto a Roma fue la primera puerta de entrada de la civilización romana a la península Ibérica. Sin Sagunto, Hispania romana habría tenido otro origen y otro destino.

Preguntas frecuentes

¿Qué fue el sitio de Sagunto?

El sitio de Sagunto fue el asedio que el general cartaginés Aníbal Barca puso a la ciudad ibera de Sagunto (aliada de Roma) en la primavera del 219 a.C. Tras ocho meses de cerco, la ciudad cayó en el invierno del 219-218 a.C. La destrucción de Sagunto fue el detonante directo de la Segunda Guerra Púnica (218-201 a.C.) entre Roma y Cartago.

¿Por qué Aníbal atacó Sagunto?

Por dos razones estratégicas. Primero, Sagunto era una cuña política romana en territorio cartaginés: aunque estaba al sur del Ebro (teóricamente zona cartaginesa según el Tratado del Ebro de 226 a.C.), había firmado tratado de amistad con Roma. Segundo, Aníbal necesitaba provocar la guerra abierta con Roma en condiciones favorables a Cartago: atacar a una aliada romana garantizaba una respuesta bélica, y el plan general cartaginés era invadir Italia por tierra antes de que Roma pudiera reaccionar.

¿Qué pasó con los habitantes de Sagunto?

Según el relato de Tito Livio, en la fase final del asedio los saguntinos prefirieron la muerte colectiva a la rendición. Reunieron sus tesoros en una gran hoguera en el foro y se arrojaron a las llamas junto con sus familias. Otros mataron a sus mujeres e hijos antes de combatir hasta morir. Los pocos supervivientes fueron esclavizados por los cartagineses. La ciudad fue saqueada y parcialmente destruida.

¿Cuándo fue reconstruida Sagunto?

Tras la victoria romana en la batalla de Ilipa (206 a.C.) y la expulsión cartaginesa de Hispania, los Escipiones recuperaron Sagunto en 212 a.C. y la reconstruyeron como ciudad romana. Recibió el estatuto de municipium ciudadano romano hacia el año 49 a.C. bajo César. Se convirtió en una próspera localidad de la Tarraconense con foro, teatro, anfiteatro, templos y una notable producción cerámica.

¿Qué se puede ver hoy en Sagunto?

La actual Sagunto (provincia de Valencia) conserva un excelente conjunto monumental: el castillo ibero-romano-medieval sobre la colina con murallas de seis épocas distintas; el famoso Teatro Romano del siglo I d.C., uno de los mejor conservados de España; restos del foro romano; el barrio judío medieval; el Museo Arqueológico de Sagunto con piezas iberas y romanas. El cerro entero es Bien de Interés Cultural.

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