Quinto Sertorio (c. 123-72 a.C.) fue uno de los generales más brillantes y enigmáticos de la República romana. Enemistado con el régimen de Sila, convirtió Hispania en el escenario de una larga guerra civil en la que, apoyado por los pueblos íberos y celtíberos, llegó a desafiar durante casi una década al poder de Roma. Su figura, mezcla de estratega genial y caudillo carismático, fascinó ya a los autores antiguos.

Lejos de ser un simple rebelde, Sertorio creó en la Península un Estado romano paralelo, con su propio senado, su administración y hasta una escuela para los hijos de la aristocracia hispana. Su guerra (82-72 a.C.) fue tanto un conflicto entre facciones romanas como un episodio decisivo en la integración de Hispania en el mundo romano.
De oficial romano a proscrito
Nacido en Nursia, en la región sabina, Sertorio se formó como militar en las duras guerras del norte, donde perdió un ojo —herida que, lejos de ocultar, lucía con orgullo como prueba de valor—. Su talento lo llevó a destacar en las campañas contra cimbrios y teutones y en la guerra de los aliados itálicos.
Cuando estalló la guerra civil entre Mario y Sila, Sertorio se alineó con el bando popular. Tras el triunfo de Sila y sus sangrientas proscripciones, fue enviado —o más bien apartado— a la Hispania Citerior como gobernador. Allí, declarado enemigo público por el nuevo régimen, decidió resistir en lugar de rendirse, y la Península se convirtió en su bastión.
El caudillo de los hispanos
El gran acierto de Sertorio fue ganarse a los pueblos indígenas, hartos de los abusos de los gobernadores romanos. Rebajó impuestos, respetó costumbres locales y trató a los hispanos como aliados y no como súbditos. A cambio recibió una lealtad extraordinaria: los lusitanos y celtíberos formaron el grueso de sus ejércitos.
Para reforzar su autoridad, Sertorio supo aprovechar la religiosidad de los pueblos íberos. Según cuentan Plutarco y otros autores, llevaba siempre consigo una cierva blanca a la que presentaba como un don de la diosa Diana y de la que decía recibir avisos divinos. La cierva se convirtió en símbolo de su carisma y le permitió presentar sus decisiones militares como inspiradas por los dioses.
En Osca (la actual Huesca) fundó una escuela donde los hijos de los nobles hispanos aprendían latín y griego. Aunque servían también como rehenes que garantizaban la fidelidad de sus familias, la iniciativa muestra su política de fusión entre el mundo romano y el indígena, anticipando la futura romanización de Hispania.
La guerra contra Pompeyo
Roma envió contra él a sus mejores generales. Tras el fracaso de Metelo Pío, el Senado mandó al joven y ambicioso Pompeyo Magno. Durante años, Sertorio practicó una guerra de desgaste y emboscadas —una auténtica guerra de guerrillas avant la lettre— que neutralizó la superioridad numérica de las legiones senatoriales y puso a Pompeyo en serios apuros.
Conocedor del terreno gracias a sus aliados hispanos, Sertorio evitaba las grandes batallas campales y atacaba columnas, líneas de suministro y destacamentos aislados. Su dominio de la táctica era tal que Pompeyo llegó a escribir al Senado pidiendo refuerzos y dinero so pena de que la guerra se trasladara a Italia. La maestría de Sertorio en este tipo de conflicto lo emparenta con otros grandes resistentes hispanos como Viriato.
Traición y final
Lo que las legiones romanas no consiguieron en el campo de batalla lo logró la traición. A medida que la guerra se alargaba, las tensiones crecieron entre los oficiales romanos del entorno de Sertorio, recelosos de su poder. En el año 72 a.C., su lugarteniente Marco Perpenna lo asesinó durante un banquete.
El crimen no benefició al conjurado: privadas de su líder, las fuerzas sertorianas se desmoronaron y Pompeyo derrotó sin dificultad a Perpenna, al que ejecutó. Con la muerte de Sertorio terminó la última gran resistencia del bando popular y se consolidó el control romano sobre la Península. Su recuerdo, sin embargo, perduró como el del general que estuvo a punto de construir una Hispania romana a su medida.
Preguntas frecuentes
Quinto Sertorio (c. 123-72 a.C.) fue un general romano del bando popular que, enemistado con Sila, convirtió Hispania en la base de una larga guerra civil contra el régimen senatorial de Roma.
Tras el triunfo de Sila fue declarado enemigo público. En lugar de rendirse, resistió desde Hispania, donde gobernaba, apoyándose en los pueblos íberos y celtíberos, hartos de los abusos romanos.
Una cierva amaestrada que Sertorio presentaba como un don de la diosa Diana y de la que decía recibir avisos divinos, usándola para dar autoridad religiosa a sus decisiones ante los hispanos.
No fue vencido en el campo de batalla. Murió asesinado en el año 72 a.C. por su lugarteniente Marco Perpenna durante un banquete; después Pompeyo aplastó fácilmente a los rebeldes.
Fue la última gran resistencia del bando popular y aceleró la romanización de Hispania, además de mostrar el talento de un general capaz de desafiar a Roma durante casi una década.
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