Las Guerras Cántabras (29-19 a.C.): la Conquista del Norte y el Fin de la Hispania Independiente

Guerras Cántabras (Bellum Cantabricum)

Las Guerras Cántabras (29-19 a.C.) fueron la última fase de la conquista romana de Hispania: diez años de campañas brutales que sometieron a cántabros y astures, los últimos pueblos indomados de la península Ibérica. Es el único conflicto militar que Augusto dirigió personalmente en toda su carrera de emperador, y el que cerró doscientos años de presencia romana incompleta en Hispania. Cuando terminaron, en 19 a.C., toda la península estaba dentro del Imperio. Y Roma podía cerrar al fin las puertas del templo de Jano.

Estatua de un guerrero cántabro, símbolo de las Guerras Cántabras
Monumento al guerrero cántabro, en recuerdo de la resistencia frente a Roma.

Doscientos años de resistencia

Roma había desembarcado en la península Ibérica en el 218 a.C., en plena Segunda Guerra Púnica. Doscientos años después, cuando Augusto se convirtió en princeps en el 27 a.C., la mayor parte del territorio peninsular llevaba ya generaciones romanizado: la Bética prosperaba, la Tarraconense producía oro y vino, Lusitania empezaba su lenta integración. Pero un triángulo de unos sesenta mil kilómetros cuadrados —la cornisa cantábrica desde Galicia hasta el País Vasco, junto con sus estribaciones montañosas hacia el sur— seguía fuera del control romano. Eran los territorios de cántabros, astures y galaicos: pueblos celtas e indoeuropeos de tradición castreña, organizados en clanes guerreros, asentados en castros fortificados en altura y dedicados a la ganadería, la metalurgia del hierro y la guerra estacional.

Los primeros choques con Roma habían empezado hacia el 137 a.C. con la campaña de Décimo Junio Bruto en Galicia, que le valió el sobrenombre de “Gallaicus”. Pero las legiones republicanas, ocupadas con las Guerras Celtibéricas y, después, con las guerras civiles entre Mario y Sila, entre César y Pompeyo, no tuvieron capacidad para someter el norte. Los cántabros y astures explotaron esa pasividad estratégica: cuando las cosechas eran malas, bajaban a saquear las llanuras del Duero y de la Meseta Norte. Las ciudades romanas del valle del Duero —Pisoraca, Segovia, Confluentia— vivían bajo la amenaza permanente de las incursiones cántabras. Roma no podía consolidar la pacificación de Hispania mientras existiera ese frente abierto.

Augusto en Hispania (26-24 a.C.)

El emperador Augusto llegó a Tarraco en el verano del 26 a.C. con la intención de cerrar personalmente la conquista del norte peninsular. Era la única expedición militar que dirigiría en toda su carrera. La operación se planificó con una escala desconocida hasta entonces en Hispania: siete legiones —más de setenta mil hombres— operando simultáneamente en varios frentes, apoyadas por la flota imperial en el Cantábrico para impedir las retiradas hacia el mar y para abastecer a las legiones desde el norte.

La estrategia fue triple. Una columna avanzaba desde el sur a través del valle del Pisuerga; otra subía desde el suroeste por las cuencas del Esla y del Cea; una tercera, con apoyo naval, atacaba la costa cantábrica por sus puertos naturales. Las primeras batallas —Vellica, Aracillum— fueron victorias romanas, pero las pérdidas legionarias fueron altísimas y los pueblos sometidos se sublevaban en cuanto las legiones se desplazaban. Augusto, que llevaba meses al frente, enfermó gravemente en el invierno del 25-24 a.C. y se retiró a Tarraco. El mando operativo pasó a su yerno y mejor general, Marco Vipsanio Agripa.

Agripa y el aplastamiento final (19 a.C.)

Agripa entendió que la guerra de posiciones convencional no funcionaba en aquel terreno. Cambió la estrategia: desplegó las legiones en operaciones de tipo policial sostenido, ocupó sistemáticamente los castros uno por uno, esclavizó a la población masculina capaz de combatir y deportó a los supervivientes a las llanuras del Duero para impedirles refugiarse en sus montañas tradicionales. Era una guerra de exterminio territorial, no de sumisión: el objetivo era vaciar los focos de resistencia, no asimilarlos.

El episodio más célebre de esta fase final fue el sitio del Mons Medullius, en algún lugar del valle del Sil que la arqueología no ha podido localizar con certeza. Los cántabros y astures cercados allí prefirieron, según la narración de Floro y de Paulo Orosio, el suicidio colectivo —veneno de tejo, fuego, espada propia entre familiares— antes que rendirse y ser esclavizados. La imagen quedaría como uno de los grandes símbolos de la resistencia indígena ante Roma, junto al Numancia un siglo antes. Para el 19 a.C., las últimas bolsas de resistencia estaban liquidadas. Agripa pudo informar al emperador que Hispania entera estaba pacificada.

Las ciudades de la conquista: Astorga, Lugo, Braga, Iuliobriga

Roma no se limitó a someter: fundó. Para controlar el territorio recién conquistado, Augusto y Agripa establecieron una red de ciudades militares y administrativas que cambiarían para siempre la geografía del noroeste peninsular. Asturica Augusta (la actual Astorga), fundada como castrum legionario hacia el 14 a.C., se convirtió pronto en capital del Conventus Asturum y nudo del oro de Las Médulas. Lucus Augusti (Lugo) nació como cuartel general de la Legio VI Victrix en 25 a.C. y aún conserva, dos mil años después, una muralla romana íntegra que es Patrimonio de la Humanidad. Bracara Augusta (la actual Braga, en el norte de Portugal) fue la cabeza del Conventus Bracarensis.

En la propia Cantabria, Roma fundó Iuliobriga, junto a la actual Reinosa, como capital cántabra romanizada. La elección no fue casual: estaba situada estratégicamente sobre la ruta romana entre la Meseta y el Cantábrico, dominando las cabeceras del Ebro. Durante dos siglos fue la ciudad principal de la antigua Cantabria, hasta que perdió importancia en favor de Castro Urdiales y de las ciudades costeras. Hoy sus ruinas son visitables y constituyen uno de los principales testimonios de la integración cántabra en el sistema imperial.

Las Médulas: el oro que justificó la guerra

Las campañas de Augusto y Agripa fueron carísimas. Siete legiones durante diez años, flota imperial, fundación de ciudades, recolonización del territorio… La conquista del norte sólo se rentabilizó económicamente después, cuando Roma puso en marcha la explotación sistemática de los recursos minerales del noroeste. Las Médulas, en el actual Bierzo leonés, se convirtió en la mayor explotación aurífera del Imperio Romano: durante los siguientes 250 años, mediante el sistema llamado ruina montium —desmoronar montañas enteras canalizando agua a presión— Roma extrajo allí unas mil quinientas toneladas de oro.

El paisaje de Las Médulas —un anfiteatro rojizo de montañas mutiladas, hoy Patrimonio de la Humanidad— es el testimonio físico de lo que las Guerras Cántabras hicieron posible. Sin la sumisión de los astures, sin la deportación de las comunidades libres a las llanuras del Duero, sin la red de ciudades militares (Asturica Augusta a 30 kilómetros de las minas), aquella explotación masiva habría sido imposible. La guerra que parecía una operación marginal en una esquina del Imperio resultó, a la larga, una de las inversiones militares más rentables de la historia romana.

El cierre del templo de Jano

En el año 13 a.C., con la conquista de Hispania consolidada y las fronteras del Rin pacificadas tras las campañas de Druso, Augusto pudo realizar un gesto simbólico de enorme importancia: cerrar las puertas del templo de Jano en el foro romano. Las puertas permanecían abiertas siempre que Roma estuviera en guerra en algún lugar del Imperio; cerrarlas significaba la paz universal. En toda la historia de Roma —según Augusto mismo en su Res Gestae— sólo se había hecho dos veces antes: una en tiempos mitológicos y otra al final de la Primera Guerra Púnica. Augusto las cerró tres veces durante su reinado. La primera de ellas fue posible directamente gracias a la victoria en las Guerras Cántabras.

El simbolismo era inmenso: por primera vez en más de doscientos años, no había ya en ningún lugar de los dominios romanos un ejército organizado luchando contra Roma. La Pax Romana empezaba. Y empezaba, paradójicamente, no en el Mediterráneo —el corazón del Imperio— sino en las montañas verdes de Cantabria y Asturias, donde los últimos guerreros indoeuropeos de Hispania habían pagado con su libertad el privilegio romano de cerrar simbólicamente las puertas de la guerra.

Preguntas frecuentes

¿Cuándo fueron las Guerras Cántabras?

Las Guerras Cántabras se desarrollaron entre el 29 y el 19 a.C. La fase más intensa, dirigida personalmente por el emperador Augusto y después por su yerno Agripa, transcurrió entre el 26 y el 19 a.C. Fueron las últimas guerras de conquista de Hispania.

¿Por qué fueron tan importantes para Roma?

Porque sometieron a los últimos pueblos indomados de Hispania —cántabros y astures— y permitieron incorporar toda la península al Imperio Romano. Hasta entonces, doscientos años después de la llegada de Roma, la cornisa cantábrica era el único territorio peninsular fuera del control romano.

¿Quién dirigió las Guerras Cántabras?

En la primera fase (26-24 a.C.) las dirigió Augusto en persona, en la única campaña militar de su reinado. Cuando enfermó y se retiró a Tarraco, el mando pasó a su yerno Marco Vipsanio Agripa, que culminó la conquista en 19 a.C. con el aplastamiento definitivo de la última revuelta cántabra.

¿Qué ocurrió en el Mons Medullius?

El Mons Medullius fue uno de los últimos baluartes de la resistencia cántabra. Cercados por las legiones romanas y sin posibilidad de escapar, los defensores prefirieron el suicidio colectivo —veneno de tejo, fuego, espada propia— antes que rendirse a Roma. El episodio quedó como uno de los grandes símbolos de la resistencia indígena en Hispania.

¿Qué consecuencias tuvieron las Guerras Cántabras?

Permitieron a Roma completar la conquista de Hispania doscientos años después de iniciarla. Augusto fundó las ciudades de Asturica Augusta (Astorga), Lucus Augusti (Lugo), Bracara Augusta (Braga) e Iuliobriga (Cantabria) para controlar el territorio. La explotación aurífera de Las Médulas, una de las mayores del Imperio, sólo fue posible tras la sumisión de los astures.

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