La organización provincial de Hispania es uno de los logros administrativos más duraderos de la presencia romana en la península Ibérica. Durante seis siglos —desde la creación de las dos primeras provincias en 197 a.C. hasta el colapso del Imperio Occidental en el 409 d.C.—, Roma gobernó la Península mediante un sistema provincial flexible, racional y eficaz que evolucionó tres veces para adaptarse a las circunstancias: la división republicana en Citerior y Ulterior, la gran reforma augustea en Bética, Lusitania y Tarraconense, y la reorganización tardo-imperial de Diocleciano en cinco provincias agrupadas en la Diócesis Hispaniarum. Conocer este esquema es la llave para entender toda la Hispania romana: cómo se gobernaba, dónde estaban las capitales, qué ciudades importaban, por qué dieron emperadores el sur bético y no el norte cántabro, cómo se romanizó realmente la Península. Es el armazón administrativo sobre el cual se construyó todo lo demás.

Las dos provincias republicanas: Citerior y Ulterior (197 a.C.)
Cuando Roma se hizo con el control de las antiguas posesiones cartaginesas en Hispania tras la victoria final de la Segunda Guerra Púnica en el 206 a.C., se planteó por primera vez la cuestión de cómo administrar territorios tan extensos y diversos. La solución, adoptada formalmente en el año 197 a.C., fue la creación de dos provincias: la Hispania Citerior (“la más cercana”, desde el punto de vista de Roma) y la Hispania Ulterior (“la más lejana”). El criterio de la división era exclusivamente la distancia desde la Urbe, no la geografía peninsular ni la etnografía indígena. La frontera entre ambas provincias era una línea convencional que cruzaba la Península de norte a sur, aproximadamente por el actual centro de Andalucía y prolongándose hacia el norte por la sierra Morena y los Pirineos.
La Citerior incluía toda la costa mediterránea desde los Pirineos hasta Cartagena, el valle del Ebro y la mayor parte de la Meseta. Su capital era Tarraco. La Ulterior incluía el valle del Guadalquivir, la actual Andalucía y el sur de la Lusitania, con capital primero en Corduba y posteriormente compartida con Hispalis (Sevilla). Cada provincia era gobernada por un praetor (un magistrado de rango pretorio) que ejercía simultáneamente las funciones militar, judicial y administrativa. La duración del cargo era de un año, prorrogable. Las grandes campañas de conquista del siglo II a.C. —contra los celtíberos de Numancia, contra los lusitanos de Viriato, contra los galaicos— se libraron bajo este esquema.
La gran reforma de Augusto (27 a.C.): tres provincias
Con la victoria de Augusto en las guerras civiles romanas y la consolidación del Imperio, llegó el momento de racionalizar la administración territorial. En el año 27 a.C., el primer emperador romano reorganizó completamente Hispania. La división simple en Citerior y Ulterior, que llevaba 170 años funcionando, dejaba de ser práctica: las nuevas conquistas del norte —las Guerras Cántabras que el propio Augusto dirigía— hacían necesario un esquema más sofisticado, capaz de combinar pacificación militar, romanización cultural y explotación económica de territorios muy diferentes entre sí.
La reforma augustea creó tres provincias hispanas. Cada una tenía un estatuto jurídico distinto:
- Hispania Baetica (“Bética”, por el río Betis = Guadalquivir) — Provincia senatorial, sin presencia militar permanente, gobernada por un procónsul nombrado por el Senado. Capital: Corduba. Era la provincia más rica y romanizada, exportadora masiva de aceite, vino, garum y minerales.
- Hispania Lusitania — Provincia imperial, con presencia militar, gobernada por un legado del emperador. Capital: Emerita Augusta (Mérida, fundada por Augusto en 25 a.C. para los veteranos de las Guerras Cántabras). Comprendía el actual Portugal central y meridional, más Extremadura.
- Hispania Tarraconensis — Provincia imperial, la más grande del Imperio junto con Egipto. Comprendía dos tercios de la península: toda la costa mediterránea, el valle del Ebro, la Meseta Norte, Galicia, Asturias y Cantabria. Capital: Tarraco. Albergaba durante el siglo I d.C. tres legiones (VI Victrix, VII Gemina, X Gemina).