El 31 de marzo de 1621, con la muerte de Felipe III, accedía al trono un príncipe de dieciséis años: Felipe IV. Su reinado, el segundo más largo de la historia de España —cuarenta y cuatro años—, coincide con la cumbre absoluta del Siglo de Oro español: Velázquez pinta Las Meninas; Calderón estrena La vida es sueño; Quevedo escribe sus mejores sonetos; Murillo, Zurbarán y Ribera consagran la pintura barroca; Lope de Vega muere viejo y reverenciado. Y, simultáneamente, es el reinado durante el cual la Monarquía Hispánica deja de ser la primera potencia de Europa y se convierte en la potencia herida que firma Westfalia en 1648 y los Pirineos en 1659.

Si el reinado de su padre fue el de la Pax Hispanica fugaz, el de Felipe IV fue el de la guerra continuada en seis frentes: contra los holandeses (reanudada en 1621), contra Francia (declarada en 1635), contra los suecos en Alemania (1630-1648), contra los rebeldes catalanes (1640-1659), contra los rebeldes portugueses (1640-1668) y, en África, contra los corsarios berberiscos. La derrota en Rocroi (1643) destruyó el mito de invencibilidad de los tercios; la separación definitiva de Portugal y el reconocimiento internacional de la independencia holandesa marcaron el fin del imperio universal de Carlos V. La España que Felipe IV dejó a su hijo Carlos II todavía era enorme, pero ya nadie en Europa la temía.

El joven rey y su valido, el conde-duque de Olivares
Felipe IV nació en Valladolid el 8 de abril de 1605, primogénito varón de Felipe III y Margarita de Austria. Su educación estuvo a cargo de don Galcerán Albanell. Era inteligente, melancólico, aficionado a la pintura, al teatro y a las mujeres —se le atribuyen al menos treinta hijos ilegítimos, de los cuales reconoció a varios, entre ellos al pintor de batallas Juan José de Austria. Carecía, como su padre, de gusto por la administración.
Apenas heredó el trono, confió el gobierno a Gaspar de Guzmán y Pimentel, conde-duque de Olivares. Sevillano, intelectualmente formidable, ambicioso, irritable, con problemas crónicos de salud, Olivares tenía un programa diametralmente opuesto al de Lerma: rearme integral, guerra contra Francia y los protestantes, reformas administrativas para sacar más recursos a los reinos no castellanos y, en esencia, devolver a España el papel hegemónico de tiempos de Felipe II. Durante 22 años, de 1621 a 1643, ejerció una de las dictaduras ministeriales más enérgicas y, finalmente, más fracasadas de la historia europea moderna.
La Unión de Armas y el programa de Olivares
El plan más ambicioso de Olivares fue el Memorial Secreto de 1624 y la Unión de Armas de 1625-1626. Hasta entonces, Castilla había soportado el grueso de los costes militares del imperio mientras Aragón, Cataluña, Valencia y Portugal contribuían poco. Olivares propuso una caja común: cada reino aportaría hombres y dinero proporcionalmente a su población y riqueza. Sobre el papel era una racionalización; en la práctica, una violación de los fueros de los reinos periféricos. Las Cortes de Aragón aceptaron a regañadientes; las de Valencia, condicionalmente; las de Cataluña se negaron en redondo. La tensión acumulada estallaría en 1640.
Olivares también levantó el Buen Retiro en Madrid (1632-1640), un palacio-villa nuevo destinado a fastos cortesanos, decorado por Velázquez, Carducho, Zurbarán y Maíno con el ciclo de las victorias del rey. La inversión fue colosal en un momento de bancarrotas en cadena (1627, 1647, 1652).
Las guerras simultáneas (1621-1640)
Apenas expirada la Tregua de los Doce Años en 1621, los Tercios reanudaron la guerra en Flandes contra las Provincias Unidas. Hubo grandes victorias iniciales:
- Bahía de Todos los Santos (1625): recuperación de la ciudad de Bahía (Brasil) en manos de los holandeses.
- Breda (1625): el general Ambrosio Spínola tomó la fortaleza tras un asedio mítico que Velázquez inmortalizó en La rendición de Breda, conocido como Las lanzas.
- Nördlingen (1634): los Tercios al mando del cardenal-infante Fernando aplastaron al ejército sueco-protestante en Alemania.
Pero el coste humano y económico era inasumible. En 1635, Francia, gobernada por Richelieu, declaró formalmente la guerra a España. La guerra europea se convirtió en franco-española total. Los frentes se multiplicaban: Flandes, Italia, Cataluña, los Pirineos, Alsacia.
1640: el año en que se rompió la Monarquía
El año 1640 es la fecha cardinal del reinado y, probablemente, del Siglo de Oro entero. Dos sublevaciones simultáneas quebraron la unidad ibérica de los Habsburgo:
- Cataluña (junio de 1640): el llamado Corpus de Sangre en Barcelona —un linchamiento de soldados castellanos durante la procesión— y, semanas después, el asesinato del virrey conde de Santa Coloma por segadores armados, abrió la Guerra dels Segadors. El presidente de la Generalitat, Pau Claris, declaró el Principado república y, ante la imposibilidad de sostenerlo, lo entregó al rey de Francia Luis XIII. Cataluña sería territorio franco-catalán hasta 1652.
- Portugal (1 de diciembre de 1640): un grupo de nobles asaltó el palacio real de Lisboa, defenestró al secretario de Estado portugués Miguel de Vasconcelos —que servía a Madrid— y proclamó rey al duque de Braganza con el nombre de João IV. Restauración de la independencia portuguesa, sesenta años después de su unión personal con la Corona española en 1580. La guerra duraría 28 años; España no la reconocería hasta 1668, ya bajo Carlos II.
Olivares, responsable a ojos de la nobleza castellana de haber provocado ambas crisis al forzar la Unión de Armas, perdió la confianza del rey en enero de 1643. Se retiró a Loeches y luego a Toro, donde murió en 1645 entre delirios. La frase que se le atribuye en el lecho de muerte —«¡Y todo lo perdí, todo!»— resume su balance.
Rocroi (19 de mayo de 1643): el fin de un mito
Apenas días después de la caída de Olivares, el ejército español de Flandes —al mando del portugués Francisco de Melo— intentaba invadir Francia para llegar a París. En las llanuras de las Ardenas, junto a la fortaleza de Rocroi, lo esperaba el joven duque de Enghien —el futuro «Gran Condé»— con 23.000 soldados franceses. La batalla, librada el 19 de mayo de 1643, terminó con la destrucción de los Tercios viejos, que aguantaron tres cargas francesas seguidas y combatieron hasta la última cápsula. La frase del Gran Condé al ver el campo de batalla —«Si quieren saber dónde están los muertos, búsquenlos donde estaba la línea española»— resume su disciplina y su tragedia.
Rocroi no fue militarmente decisivo —los Tercios siguieron combatiendo bien durante una década más, ganando incluso a los franceses en Valenciennes (1656)—, pero sí fue simbólicamente terminante: por primera vez desde Pavía (1525), un ejército enemigo había aplastado al cuerpo principal de la infantería española en una batalla campal. La leyenda de invencibilidad, que se sostenía desde hacía 118 años, se rompió.
Westfalia (1648) y los Pirineos (1659)
El 30 de enero de 1648, en Münster, Felipe IV firmaba con las Provincias Unidas la paz de Westfalia. Era una rendición diplomática: España reconocía la independencia plena de Holanda —el llamado «patrimonio de los rebeldes»— y aceptaba la pérdida de las plazas y posesiones que habían arrebatado. Era el final de ochenta años de guerra que habían arruinado la hacienda castellana. Holanda emergía como potencia colonial competidora; Amsterdam, no Sevilla, sería el centro financiero del siglo XVII tardío.
La guerra contra Francia continuó once años más. Los Tercios recuperaron Cataluña (1652) tras un asedio brutal a Barcelona, pero perdieron Dunkerque (1658) ante un ejército francoinglés. La Paz de los Pirineos, firmada el 7 de noviembre de 1659 en la isla de los Faisanes, en el Bidasoa, marcó el fin de la guerra y el comienzo del declive territorial:
- España cedía a Francia el Rosellón, parte de la Cerdaña y el Conflent, fijando la frontera pirenaica que sigue vigente.
- Cedía también el Artois y plazas dispersas en Flandes y Luxemburgo.
- Como sello matrimonial, la infanta María Teresa, hija de Felipe IV, se casaría con Luis XIV de Francia. La cláusula renunciaba a sus derechos al trono español a cambio de una dote de 500.000 escudos. La dote nunca se pagó: con esa excusa, Luis XIV reclamaría Flandes y desencadenaría la Guerra de Devolución (1667-1668) y la de Sucesión Española (1700-1714).
El mecenas de Velázquez
Pese al desastre político, Felipe IV fue, junto con su antepasado Felipe II, el mayor mecenas artístico de la historia de la monarquía hispánica. En 1623 conoció en Madrid al joven Diego Velázquez, sevillano de 24 años, y lo nombró pintor de cámara. La relación —cuarenta años, decenas de retratos del rey, sus hijos, sus enanos, sus bufones, sus caballos— es la más larga y la más íntima entre un monarca y un pintor en la historia europea. Velázquez fue también su aposentador mayor, su organizador de las fiestas reales y, en 1656, autor de Las Meninas, la obra cumbre del Siglo de Oro y, posiblemente, de la pintura europea entera.
El rey escribió poesía discreta, asistió personalmente a estrenos teatrales, visitó talleres, encargó cientos de obras para el palacio del Buen Retiro y para El Escorial, y al final de su vida —tras la muerte de su primera esposa Isabel de Borbón en 1644 y del único heredero superviviente, el príncipe Baltasar Carlos, en 1646— sostuvo una correspondencia espiritual de seiscientas cartas con la monja sor María de Ágreda, en las que se leía a un hombre roto y consciente de su fracaso.
La sucesión: Carlos II y la herencia imposible
De su primer matrimonio con Isabel de Borbón sólo le sobrevivió la infanta María Teresa, casada con Luis XIV. De su segundo matrimonio con su sobrina Mariana de Austria nació, en 1661, Carlos II. El niño era enfermizo, deforme, infértil: producto de la endogamia extrema de la rama hispánica de los Habsburgo, que llevaba seis generaciones casándose con tías y primas Habsburgo austriacos. Carlos sería conocido como «el Hechizado»; reinaría 35 años bajo regencias y validos, y a su muerte sin descendencia en 1700 abriría la Guerra de Sucesión Española.
Felipe IV murió en Madrid el 17 de septiembre de 1665, a los 60 años, agotado por la gota, las renunciaciones políticas y la culpa religiosa. Le sucedió Carlos II con cuatro años, bajo la regencia de su madre Mariana. La rama hispánica de los Habsburgo entraba en su agonía final.
El balance: el rey que perdió un imperio mientras patrocinaba una edad de oro
La paradoja de Felipe IV es perfecta. Heredó la mayor monarquía territorial de Occidente y dejó una potencia herida. Heredó las arcas vacías y las dejó más vacías todavía, con cuatro bancarrotas (1627, 1647, 1652, 1662) y una caída demográfica del 25% en Castilla. Heredó un imperio sin enemigos hegemónicos y dejó a Francia consagrada como la primera potencia europea, situación que se mantendría durante siglo y medio.
Pero también heredó una corte y dejó la mejor edad de oro pictórica de la historia europea —Velázquez, Murillo, Zurbarán, Ribera, Carreño, Mazo—; heredó un teatro nacional y dejó la consagración definitiva de Calderón, Tirso, Rojas Zorrilla, Moreto. La España política de Felipe IV se hundió mientras la España cultural alcanzaba su techo. Pocas veces una decadencia material y una cumbre artística han coincidido con tanta exactitud.