Vida Cotidiana durante la Guerra de Independencia
La Guerra de la Independencia (1808-1814) rompió en pedazos la vida cotidiana española. La invasión napoleónica, el levantamiento del 2 de mayo en Madrid y la larga guerra de guerrillas y sitios dejaron al país arrasado: Zaragoza y Gerona sitiadas, Madrid hambriento, Cádiz como único reducto donde se redactaba la Constitución de 1812. La población civil fue a la vez víctima y protagonista de una resistencia que inventó el término «guerrilla».
Entre el hambre, los bombardeos, las requisas francesas y la movilización de sacerdotes, mujeres y labradores convertidos en insurgentes, los españoles conocieron una modernización forzada en lo político al tiempo que retrocedían décadas en lo material y demográfico.

Alimentación y gastronomía
La guerra trajo una hambruna generalizada. Madrid, ocupada por José I, sufrió el «año del hambre» (1811-1812) en el que se vendían gatos como conejos y murieron más de 20.000 personas por inanición. En las ciudades sitiadas (Zaragoza, Gerona, Cádiz) se comieron perros, caballos, ratas e incluso cuero hervido de las correas. Las requisas francesas y guerrilleras dejaban los pueblos sin grano, sin vino y sin aceite. El bacalao noruego y el arroz del Levante salvaron vidas en los puertos. Solo los colaboracionistas afrancesados y los jefes militares mantuvieron mesas dignas. Las recetas populares se redujeron a gachas de agua y harina, sopa de ajo, migas con tocino si había suerte, y el mítico potaje de Cuaresma que alargaba cuatro días un puñado de garbanzos.
Vivienda y vida doméstica
Miles de casas quedaron en ruinas tras los sitios de Zaragoza (donde murió el 50% de la población) o Gerona. Los bombardeos franceses en Madrid, Burgos o San Sebastián arrasaron manzanas enteras. Muchas familias acogían a parientes desplazados, y los conventos y palacios se reconvirtieron en hospitales militares. La convivencia con tropas ocupantes (francesas o británicas) generó episodios de violencia, pillaje y violaciones que alimentaron el odio popular. El combustible escaseaba: se quemaron muebles, puertas y vigas para cocinar. Las epidemias de tifus y viruela hicieron estragos en el desnutrido pueblo. Solo el Cádiz de las Cortes vivió relativamente al margen, convertido en la capital ilustrada y resistente de la España libre.
Trabajo y oficios
La economía se militarizó. Labradores, artesanos y pastores pasaron a la guerrilla bajo caudillos como Espoz y Mina, el Empecinado, el Cura Merino o Juan Martín Díez, que hostigaban a los franceses, asaltaban convoyes y se convertían en héroes populares. Las mujeres ejercieron oficios tradicionalmente masculinos —panaderas, cargadoras, enfermeras— y algunas empuñaron las armas como Agustina de Aragón, Manuela Malasaña o la condesa de Bureta. La Iglesia movilizó frailes y curas guerrilleros. Los comerciantes sufrieron el bloqueo: las flotas atlánticas se hundieron y la industria catalana colapsó. En el Cádiz libre, los artesanos imprimían la Constitución de 1812 y los masones difundían las ideas liberales.
Ocio, fiestas y costumbres
Las fiestas populares se redujeron al mínimo: sin vino, sin pólvora para cohetes, sin cabalgatas. Las Semanas Santas y las procesiones del Corpus se celebraban con sordina en zonas ocupadas. En Cádiz, sin embargo, florecieron tertulias, logias masónicas, cafés políticos (el del León de Oro, el Apolo) y la primera prensa plural con periódicos liberales como El Semanario Patriótico, El Conciso o el Diario Mercantil. La sátira antinapoleónica se extendió en coplillas, pasquines y romances de ciego que narraban las hazañas guerrilleras. Los grabados de los «Desastres de la guerra» de Goya dejaron constancia del horror, mientras que estampas heroicas de Agustina o el general Castaños alimentaban la moral patriótica.
Artículos sobre Vida Cotidiana durante la Guerra de Independencia
Gachas de agua, sopas de ajo, migas si había tocino, bacalao y arroz donde llegaba. En ciudades sitiadas (Zaragoza, Madrid en 1811-12) se comieron gatos, perros, ratas y cuero hervido. El hambre mató a decenas de miles.
Dos asedios franceses (1808 y 1809) a la ciudad de Zaragoza defendida por Palafox, Agustina de Aragón y miles de civiles. El segundo terminó con la rendición tras cuatro meses de combates casa por casa, con unas 50.000 muertes, la mitad de la población.
Combatientes civiles organizados en partidas que hostigaban a los franceses con emboscadas. Los más célebres: Espoz y Mina (Navarra), el Empecinado (Castilla), Juan Martín Díez, el Cura Merino (Burgos) y Francisco Sánchez, «el Chaleco» (Extremadura). El término «guerrilla» se acuñó en esta guerra.
La primera constitución española, aprobada en Cádiz el 19 de marzo de 1812 («La Pepa») mientras el resto del país estaba ocupado. Proclamó la soberanía nacional, la división de poderes y los derechos individuales, aunque fue abolida por Fernando VII en 1814.