María Pita: La Mujer que Salvó A Coruña de Drake (1589)

María Mayor Fernández de Cámara y Pita (1565-1643)

El 14 de mayo de 1589, en las murallas rotas de la Ciudad Alta de A Coruña, una vecina de treinta y cuatro años cogió la lanza del alférez inglés que acababa de clavar la bandera isabelina en una brecha del muro, lo mató de un golpe y gritó en gallego —según la tradición— «¡quen teña honra, que me siga!». Era María Mayor Fernández de Cámara y Pita, viuda por segunda vez, vecina de la Pescadería: la mujer a la que Galicia conocería para siempre como María Pita.

Retrato de María Pita empuñando la bandera defensora frente al asedio inglés de la Coruña (1589)
María Pita (1565-1643) en el retrato de Santiago Llanta y Guerín: vecina coruñesa que, durante el asalto final inglés del 14 de mayo de 1589, mató al alférez enemigo con su propia lanza y volvió a levantar la defensa sobre las murallas rotas.

El episodio, minúsculo en la escala de la historia imperial, resultó decisivo: los defensores, desmoralizados tras dos semanas de asedio y a punto de perder la última línea de la ciudad, reaccionaron, rechazaron el asalto y forzaron a la flota inglesa a levantar el bloqueo cinco días después. La «Contraarmada» de Francis Drake y John Norris —la venganza inglesa por el desastre de la Armada Invencible del año anterior— fracasó en A Coruña y se saldaría, tras el desastre posterior en Lisboa, con más bajas inglesas que las que la propia Invencible había causado en Inglaterra.

La Contraarmada: la venganza inglesa de 1589

El verano de 1588 había terminado en humillación para Felipe II: la Gran Armada enviada contra Inglaterra regresó destrozada tras las tormentas del Atlántico Norte y el acoso inglés. Isabel I, consciente de que España seguía siendo la primera potencia militar del mundo, decidió atacar. Encomendó a dos veteranos —Francis Drake, corsario legendario del Pacífico, y John Norris, soldado curtido en Flandes— una operación ambiciosa: destruir los restos de la flota española refugiados en los puertos cantábricos, sublevar Portugal contra Felipe II restableciendo a don Antonio de Crato, e interceptar la flota de Indias a su llegada a Europa.

La expedición, conocida como English Armada o Contraarmada, zarpó de Plymouth el 18 de abril de 1589: ciento treinta navíos, veintitrés mil soldados y cuatro mil marineros. Superaba en hombres a la Armada de Felipe II. Pero sus órdenes eran confusas: Isabel exigía que se atacaran primero los restos navales en Santander y San Sebastián. Drake, impaciente por botín, decidió dirigirse directamente a A Coruña, donde creía —equivocadamente— que se habían refugiado muchos de los galeones dañados en 1588.

La ciudad antes del asedio

A Coruña, hacia 1589, tenía unos cuatro mil habitantes, divididos entre dos núcleos amurallados: la Ciudad Alta, sede del gobernador y de la iglesia colegial de Santa María del Campo, y la Pescadería, barrio marinero de artesanos, taberneros y pescadores al abrigo del puerto. La guarnición regular apenas llegaba a quinientos hombres. La defensa local estaba en manos de las milicias urbanas y del gobernador Juan Pacheco de Toledo, marqués de Cerralbo.

María Pita había nacido hacia 1565 en la propia Coruña. Casada muy joven con Juan de Vivero, que murió pronto, se había casado en segundas nupcias con Gregorio de Rocamonde, un suboficial de la milicia urbana. En 1589 vivía en la Pescadería, tenía hijos pequeños y acompañaba a su marido, alférez de su compañía, en las tareas de vigilancia del barrio portuario.

El desembarco inglés (4-5 de mayo)

La flota inglesa apareció ante A Coruña el 4 de mayo. Al día siguiente, unos nueve mil soldados desembarcaron en la ensenada de Oza, al este de la ciudad, sin encontrar apenas resistencia. El 5 de mayo, los ingleses tomaron la Pescadería casi sin lucha: los defensores, superados en proporción veinte a uno, se replegaron a la Ciudad Alta. Drake y Norris establecieron sus cuarteles en el monasterio de Santo Domingo y comenzaron a bombardear las murallas.

Durante los primeros días de combate, el marido de María Pita, Gregorio de Rocamonde, cayó abatido de un disparo mientras defendía una de las torres. La crónica tradicional sitúa aquí el momento en que la futura heroína, en lugar de recogerse en el luto, tomó las armas de su marido y ocupó su puesto en el muro. Este detalle, transmitido por tradición oral antes que por documentos coetáneos, explica su posición sobre el adarve el día decisivo.

El asalto final (14 de mayo)

Después de nueve días de bombardeo, la mañana del 14 de mayo los ingleses ordenaron el asalto general. Una mina hizo saltar un tramo de la muralla de la Ciudad Alta. Por la brecha, a pesar del fuego defensor, avanzó una columna inglesa con escalas: al frente, un oficial al que las crónicas españolas identifican como «el alférez del ejército inglés», posiblemente un joven portaestandarte próximo al entorno de Drake. El hombre alcanzó la cima del muro y clavó la bandera de Isabel I sobre la mampostería rota.

En ese instante, María Pita, que defendía el tramo junto a otros vecinos, cogió una lanza —una pica corta de las que usaba la milicia— y, según la versión más difundida por los cronistas locales, la hundió en el costado del portaestandarte, que se desplomó dentro del muro. Acto seguido empuñó la bandera enemiga, la blandió ante los defensores y gritó la frase que la hizo célebre. La reacción coruñesa fue inmediata: los milicianos y vecinos volvieron al asalto, recuperaron la brecha y rechazaron la columna inglesa.

Retrato de María Pita empuñando la bandera defensora frente al asedio inglés de la Coruña (1589)
María Pita (1565-1643) en el retrato de Santiago Llanta y Guerín: vecina coruñesa que, durante el asalto final inglés del 14 de mayo de 1589, mató al alférez enemigo con su propia lanza y volvió a levantar la defensa sobre las murallas rotas.

La retirada inglesa (19 de mayo)

El fracaso del asalto general fue decisivo. Cinco días más tarde, el 19 de mayo, los ingleses reembarcaron tras haber perdido en A Coruña entre mil y mil quinientos hombres —varias fuentes elevan la cifra a cuatro mil, sumando las muertes por disentería en los campamentos—. La expedición siguió hacia Lisboa, donde también fracasó: ni los portugueses se sublevaron ni la ciudad cayó. Drake regresó a Inglaterra con solo una fracción de la flota original, Isabel I lo apartó del favor real durante años y el mito del corsario invencible quedó herido.

El reconocimiento real

Las informaciones sobre la defensa coruñesa llegaron al Escorial en las semanas siguientes. Felipe II, que tenía la costumbre de leer personalmente los despachos, ordenó al gobernador Cerralbo que instruyera un expediente sobre los hechos de «una muger llamada María Pita». En julio de 1589, la monarquía concedió a la viuda una pensión vitalicia de cinco escudos mensuales, un privilegio habitualmente reservado a los soldados mutilados, y le reconoció oficialmente la condición de alférez vitalicio, con sueldo equivalente al de los oficiales del tercio de Galicia. Fue una forma tácita, sin precedente en la Monarquía Hispánica, de reconocer el rango militar a una mujer.

María Pita vivió todavía cincuenta y cuatro años después del asedio. Se casó en terceras y cuartas nupcias —sus maridos sucesivos fueron marinos y comerciantes vinculados a la milicia urbana— y murió en A Coruña en 1643, a los setenta y ocho años. Fue enterrada en la iglesia de Santiago de la Ciudad Alta; su tumba no se conserva.

La memoria: la plaza, la ópera, el mito

Durante casi dos siglos, el nombre de María Pita circuló solamente en la tradición oral coruñesa. Fue el Romanticismo del siglo XIX quien la rescató como heroína nacional: en 1862 se inauguró la plaza que lleva su nombre, hoy el gran foro cívico de A Coruña; en 1868 fue incluida en el volumen Mujeres célebres de España y Portugal; y durante la Guerra de la Independencia contra Napoleón, su figura fue utilizada como precedente galaico de Agustina de Aragón, la mujer del cañón de Zaragoza.

El monumento principal en su honor —obra de Xosé Castiñeiras, 1998— preside hoy el centro de la plaza. La ciudad celebra cada 14 de mayo el aniversario del asalto con un acto institucional en el ayuntamiento. María Pita no cambió el curso del Imperio español, pero su gesto privado salvó una ciudad en un día concreto y se convirtió, casi tres siglos después, en uno de los grandes símbolos de la resistencia popular española frente al poder naval inglés.

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