Felipe III: El Rey Piadoso, Lerma y la Pax Hispanica (1578-1621)

Felipe III de España (1578-1621)

El 13 de septiembre de 1598, el rey Felipe II moría en El Escorial tras 53 días de agonía. Le sucedía su hijo Felipe III, de veinte años, último varón vivo tras la muerte prematura de cuatro hermanos mayores. La frase atribuida al padre moribundo —«Dios, que me ha dado tantos reinos, no me ha dado un hijo capaz de regirlos»— resume el problema. Felipe III era amable, profundamente piadoso, aficionado a la caza y a la música, completamente desinteresado por la administración. Durante 23 años delegó el gobierno entero en un valido: Francisco de Sandoval y Rojas, duque de Lerma, después en su propio hijo el duque de Uceda. Fue el primer rey de los Austrias que reinó sin gobernar.

Retrato del rey Felipe III de España como príncipe, por Juan Pantoja de la Cruz
Felipe III de España retratado como príncipe por Juan Pantoja de la Cruz hacia 1599. Imagen de dominio público (PD-Art-100).

Su reinado de 1598 a 1621 se conoce con dos etiquetas contradictorias. La primera, «Pax Hispanica», evoca los acuerdos diplomáticos que cerraron temporalmente las guerras heredadas de su padre: el Tratado de Londres (1604) con Inglaterra y la Tregua de los Doce Años (1609) con las Provincias Unidas. La segunda, «expulsión de los moriscos» (1609-1614), recuerda el mayor desplazamiento étnico de la historia moderna española: trescientos mil súbditos arrojados al norte de África en cinco años. Entre la paz exterior y el desastre demográfico interno, Felipe III pasó por la historia sin dejar una decisión personal documentada.

Retrato del rey Felipe III de España como príncipe, por Juan Pantoja de la Cruz
Felipe III de España retratado como príncipe por Juan Pantoja de la Cruz hacia 1599. (Dominio público)

El cuarto Felipe que casi no fue rey

Felipe nació en Madrid el 14 de abril de 1578. Era el quinto hijo varón de Felipe II y de su cuarta esposa, Ana de Austria. Sus cuatro hermanos mayores —Carlos, Fernando, Diego y un quinto sin nombre— murieron en la infancia. Ana de Austria falleció en 1580, cuando él tenía dos años. El príncipe creció rodeado de damas, ayos y una rígida etiqueta borgoñona, sin acceso real a su padre, que lo trataba con cariño pero sin transmitirle responsabilidad alguna de gobierno. A los quince años conoció al joven aristócrata Francisco de Sandoval y Rojas, marqués de Denia, que se convirtió en su gentilhombre de cámara y acabaría siendo el dueño de su voluntad política durante veinte años.

El 18 de abril de 1599, en Valencia, Felipe III contrajo matrimonio por poderes con su prima Margarita de Austria-Estiria, hija del archiduque Carlos. La boda real, doblada con la del archiduque Alberto y la infanta Isabel Clara Eugenia (los futuros gobernadores de Flandes), fue una operación dinástica perfecta. La pareja tuvo ocho hijos en doce años. Margarita, mujer culta y devota, intentó mediar contra Lerma; murió en 1611, agotada por los partos.

El duque de Lerma: el primer valido del siglo XVII

El sistema del valido —ministro favorito que ejerce la autoridad real con su consentimiento— no era nuevo en Castilla, pero Francisco de Sandoval y Rojas lo institucionalizó como nunca antes. A los pocos meses de la coronación, Lerma controlaba el Consejo de Estado, la Hacienda, la política exterior y el reparto de mercedes. Acumuló los títulos de duque, grande de España, capitán general de la caballería, sumiller de corps; reunió una fortuna de unos cuarenta y cuatro millones de ducados —mil veces el ingreso anual del más rico hidalgo castellano— y construyó el palacio ducal de Lerma, con su colegiata, como centro alternativo de la corte.

Su política fue tan inmovilista en lo militar como agresiva en el patrimonialismo: vendió títulos nobiliarios, regidurías, oficios públicos y juros sobre la hacienda. Las arcas castellanas se vaciaron; la deuda se trasladó a la generación siguiente. En 1607, durante su mandato, se produjo la tercera bancarrota del reinado, suspendida por decreto.

El traslado de la corte a Valladolid (1601-1606)

En enero de 1601, Lerma decidió que la corte abandonara Madrid y se instalara en Valladolid. La razón oficial: el aire malsano de Madrid, demasiado lleno y con problemas higiénicos. La razón real: el duque había comprado a precio especulativo extensos terrenos en Valladolid y los revendió al patrimonio real con beneficio. La maniobra arruinó a los propietarios madrileños y produjo una caída del valor inmobiliario en la villa abandonada del cuarenta por ciento.

El experimento duró cinco años. En 1606, Lerma vendió sus propiedades vallisoletanas y compró otras en Madrid; la corte regresó. La operación neta para el patrimonio del valido fue de unos dos millones de ducados. Para el reino, una pérdida ruinosa.

La Pax Hispanica: tres tratados decisivos

Pese al conservadurismo militar de Lerma, los primeros años del reinado vieron a la diplomacia española cerrar tres frentes que su padre había dejado abiertos:

  • Tratado de Lyon (1601) con Francia: pequeños ajustes territoriales en Saboya, sin renunciar a las ambiciones italianas.
  • Tratado de Londres (1604): firmado por Lerma con Jacobo I de Inglaterra tras la muerte de Isabel I. Ambos países se reconocían fronteras, levantaban el bloqueo y permitían que cada uno comerciara en zonas que el otro consideraba suyas. Ninguna potencia ganaba; ninguna perdía. Tras casi medio siglo de guerra naval, los dos reinos volvían a hablarse.
  • Tregua de los Doce Años (1609): el tratado más doloroso. Tras cuarenta y un años de guerra ininterrumpida, España aceptaba de facto la independencia de las siete provincias septentrionales de los Países Bajos —las Provincias Unidas— bajo la fórmula ambigua de «como si lo fueran». Ámsterdam ganaba acceso a las Indias orientales españolas. Los Tercios quedaban acuartelados.

Para los partidarios de la guerra —el partido «belicista» de la nobleza castellana, encabezado por figuras como Baltasar de Zúñiga— la tregua era una claudicación. Para los pacifistas, era el reconocimiento sensato de que España no podía sostener tres frentes simultáneos. Cuando la tregua expirase en 1621, el debate volvería a abrirse, y esta vez ganaría el partido de la guerra.

La expulsión de los moriscos (1609-1614)

El 9 de abril de 1609, el mismo día en que se firmaba la tregua con Holanda, el Consejo de Estado aprobaba el decreto de expulsión de los moriscos: los descendientes de los musulmanes hispanos que se habían convertido al cristianismo tras la conquista de Granada en 1492 y el levantamiento de las Alpujarras (1568-1571). Sospechosos de seguir practicando el islam en privado y de mantener contactos con Berbería, fueron declarados enemigos del reino y obligados a embarcar en cinco años hacia el norte de África.

Las cifras son las que las estimaciones históricas más solventes han fijado:

  • Reino de Valencia: 117.000 expulsados (un tercio de la población rural).
  • Aragón: 61.000.
  • Castilla, Murcia, Andalucía y Cataluña: 90.000.
  • Total: entre 270.000 y 300.000 personas, sobre una población peninsular de unos 8 millones.

El impacto fue catastrófico para Valencia y Aragón, donde los moriscos eran la columna del campo: regadíos, sericultura, alfarería, transporte. Pueblos enteros quedaron abandonados; las tierras volvieron a manos señoriales sin mano de obra y se descapitalizaron en una generación. El erario obtuvo, sí, los bienes confiscados —oro, plata, joyas, ganado— pero el coste estructural fue inmenso. Se considera la primera limpieza étnica masiva del Estado moderno europeo. La defendieron con vehemencia el patriarca de Valencia Juan de Ribera y el duque de Lerma; la criticaron en privado los teólogos jesuitas y públicamente Cervantes en el Quijote.

La caída de Lerma y la entrada en la Guerra de los Treinta Años

En 1618, después de veinte años de favoritismo absoluto, el sistema de Lerma colapsó. Su propio hijo, Cristóbal de Sandoval, duque de Uceda, conspiró contra él aliándose con el confesor del rey, fray Luis de Aliaga. Lerma se hizo nombrar cardenal por Roma in extremis —los chistes castellanos lo bautizaron «el cardenal-zorro»— para escapar del juicio de residencia. Murió en 1625 en su palacio de Lerma, despojado de poder pero rico.

Apenas Uceda asumió la valía, estalló en Praga la defenestración que dio inicio a la Guerra de los Treinta Años. La rama austríaca de los Habsburgo pidió auxilio a la española. El partido belicista —encabezado por Baltasar de Zúñiga, recién regresado de embajadas en Praga y Bruselas— convenció a Felipe III de enviar tropas a apoyar a su primo Fernando II contra la Bohemia protestante. España entraba en una guerra europea de la que no saldría en treinta años.

La muerte y el balance demográfico

Felipe III enfermó a principios de 1621. Una fiebre prolongada, complicada con erisipela y problemas digestivos —probablemente diabetes y obesidad—, lo postró durante meses. Murió el 31 de marzo, con apenas 42 años. El relato de su confesor describe a un hombre tranquilo, asustado por su propia falta de mérito, que pidió perdón por no haber gobernado en persona. Le sucedió su hijo de dieciséis años, Felipe IV, que confió de inmediato el gobierno a Gaspar de Guzmán y Pimentel, conde-duque de Olivares, devolviendo el sistema del valido pero con un programa radicalmente opuesto al de Lerma: rearme, guerra y reforma.

El balance de Felipe III es el de una España que aún parecía el imperio más poderoso del mundo —con la mayor flota, el mejor ejército, los mejores pintores y los mejores escritores del momento— pero cuyas bases materiales se estaban erosionando: bancarrotas en cadena, expulsión productiva masiva, deuda especulativa, despoblación rural. La generación del Quevedo maduro y de Velázquez joven heredaría ese imperio aparentemente intacto y ya internamente quebrado.

El epitafio de un rey delegado

De Felipe III no queda una sola decisión de gobierno tomada sin Lerma o sin Uceda. No firmó tratados ajenos a sus validos; no nombró ministros sin su sugerencia; no leyó —según los documentos sobrevivientes— una sola consulta del Consejo de Estado. Su carácter no fue cobarde sino desinteresado: ofició misas, cazó ciervos, asistió a procesiones, escribió cartas piadosas, mecenas de pintores devocionales. Lo que no hizo fue gobernar.

El siglo XVII castellano abrió con su reinado el modelo del rey ceremonial y el ministro decisor, modelo que repetirían con variantes Felipe IV (Olivares, Haro), Carlos II (Nithard, Valenzuela) y, ya bajo los Borbones, Fernando VI (Ensenada) y Fernando VII (Calomarde). Detrás del lujo decorativo de la España bajo Felipe III había un Estado que delegaba sistemáticamente el ejercicio del poder porque su monarca ni quería ni sabía ejercerlo.