El Empecinado (Juan Martín Díaz): el Guerrillero que Aterrorizó a Napoleón en Castilla (1775-1825)

Juan Martín Díaz "El Empecinado" (1775-1825)

“El Empecinado” fue, junto a Espoz y Mina, el guerrillero más temido por las tropas francesas en Castilla durante la Guerra de la Independencia (1808-1814). Un campesino vallisoletano nacido en Castrillo de Duero el 2 de mayo de 1775 que, con treinta y tres años recién cumplidos, transformó una partida de doce vecinos armados con escopetas de caza en un ejército irregular de más de cinco mil hombres, capaz de desorganizar las comunicaciones napoleónicas entre Madrid y Burgos durante seis años seguidos. Su nombre quedaría unido para siempre a una paradoja brutal: defender a un rey, Fernando VII, que diez años después ordenaría su ejecución pública en la plaza de Roa por haberse adherido al liberalismo.

Busto del guerrillero Juan Martín Díez, El Empecinado
Busto de Juan Martín Díez, El Empecinado, héroe de la Guerra de la Independencia.

El campesino del Duero (1775-1808)

Juan Martín Díaz nació en Castrillo de Duero, una pequeña localidad de la Ribera del Duero vallisoletana, en una familia de labradores acomodados de la zona. El apodo “Empecinado” no se lo puso él: lo heredó del barrio donde vivía, llamado así por la pecina —un sedimento negro y pegajoso— que arrastraban las aguas del arroyo Botijas hasta el Duero. Todos los varones del barrio eran “empecinados”, y Juan Martín conservó el mote toda su vida porque, según le gustaba decir, era el nombre del lugar donde había aprendido a trabajar.

A los dieciocho años se alistó como soldado raso en el ejército regular y combatió en la Guerra del Rosellón (1793-1795) contra la Convención francesa. La experiencia le dio el manejo del arma, el conocimiento del terreno militar y un odio temprano a los ejércitos napoleónicos que se materializaría una década después. Tras la Paz de Basilea volvió a Castrillo, se casó con Catalina de la Fuente y retomó el cultivo de las tierras familiares. Durante trece años fue un labrador anónimo de la Ribera del Duero. Pocos vecinos sospechaban que aquel hombre fornido y silencioso se convertiría en el guerrillero más buscado por la Grande Armée.

1808: la partida del Duero

El 2 de mayo de 1808 —el mismo día que estallaba el levantamiento de Madrid contra los franceses— Juan Martín cumplía treinta y tres años. La noticia del Dos de Mayo y de los fusilamientos del 3 de mayo en La Moncloa llegó a Castrillo en pocos días. Para finales de mayo, Juan Martín había reunido a doce paisanos armados con escopetas de caza y una pistola, y emboscaba a los primeros correos franceses que cruzaban la carretera de Madrid a Burgos. Era una guerra de pequeña escala: cortar comunicaciones, quemar despachos, requisar dinero, desaparecer en los sotos del Duero antes de que las columnas francesas pudieran responder.

La táctica funcionó por una razón muy simple: la geografía castellana —páramos abiertos cortados por vegas estrechas, sotos cerrados a orillas del Duero, pueblos pequeños y aislados— era ideal para la guerra irregular y pésima para los grandes destacamentos franceses, que necesitaban moverse en columnas y abastecerse desde lejos. En menos de seis meses la partida del Empecinado pasó de doce a doscientos hombres, y a finales de 1810 superaba los mil. Sus golpes en Aranda de Duero, El Burgo de Osma, Sigüenza y Sepúlveda —donde llegó a capturar convoyes enteros de oro destinados a la corte de José Bonaparte— convirtieron a Juan Martín en un objetivo prioritario del Estado Mayor francés.

La guerra contra el general Hugo, padre de Victor Hugo

Para reprimir al Empecinado, el general Joseph Léopold Sigisbert Hugo —padre del escritor Victor Hugo— recibió en 1811 el mando de la provincia de Guadalajara y la consigna explícita de aniquilarlo. Hugo, militar experimentado y excelente táctico, persiguió al Empecinado durante meses a través de Castilla, La Alcarria y La Mancha; consiguió desbaratarle alguna columna, recuperar varias plazas y capturar a familiares suyos —entre ellos a su madre, una anciana, a quien encarceló en Guadalajara como rehén. La estrategia no funcionó: el Empecinado movilizó toda la Mancha hasta forzar la liberación de su madre y siguió operando con la misma intensidad.

Lo extraordinario del Empecinado no fue tanto su valor —los guerrilleros lo tenían todos— como su capacidad de pasar de la guerrilla a la guerra regular. En 1812, junto al general Wellington, participó en la liberación de Cuenca al frente de cinco mil hombres organizados ya como brigada militar, con artillería propia, caballería ligera y un cuerpo de oficiales reconocido por las Cortes de Cádiz. En septiembre de 1813, Wellington le entregó la división de Guadalajara y le encomendó la limpieza definitiva de las guarniciones francesas en La Alcarria. La partida que había empezado en Castrillo con doce escopetas era ya, en los últimos meses de la guerra, una formación militar de pleno derecho.

Mariscal de campo, héroe en Madrid

Cuando Fernando VII regresó a España en 1814, el Empecinado lo recibió en Valencia con todos los honores y le entregó simbólicamente a sus tropas. El rey, agradecido —o calculador— lo nombró mariscal de campo, le concedió la Cruz Laureada de San Fernando y le autorizó a añadir a su apellido el título popular de “El Empecinado”. Durante el Sexenio Absolutista (1814-1820) Juan Martín se mantuvo callado, retirado primero a Valladolid y después a Olmedo, donde reanudó la vida de propietario rural. El régimen lo toleró, pero nunca le dio mando efectivo. Era una gloria militar, no un consejero político.

El Trienio Liberal y el cambio de bando

El pronunciamiento de Rafael del Riego en Cabezas de San Juan en enero de 1820 forzó a Fernando VII a jurar la Constitución de Cádiz. Comenzaba el Trienio Liberal. El Empecinado, viejo defensor de las libertades por las que había combatido a los franceses, abrazó la causa constitucional sin reservas. Fue nombrado gobernador militar de Zamora y, en 1822, combatió a los voluntarios realistas que se sublevaron en Castilla la Vieja contra el régimen liberal. En septiembre de 1823 los Cien Mil Hijos de San Luis del duque de Angulema, enviados por la Santa Alianza, reinstauraron el absolutismo. Fernando VII anuló todos los actos del Trienio. Los liberales fueron perseguidos. El Empecinado se refugió en Olmedo, esperando que el rey al que había restaurado nueve años antes le perdonara.

La jaula de Roa y la ejecución (1825)

En noviembre de 1823 fue detenido por una partida realista en Olmedo. Lo trasladaron a la prisión de Roa, en la Ribera del Duero —apenas cuarenta kilómetros de su Castrillo natal. Allí permaneció veintiún meses sin proceso. Durante varios de esos meses fue exhibido en una jaula de hierro en la plaza mayor del pueblo, donde los voluntarios realistas escupían sobre él y le hacían comer en el suelo. La leyenda añadió detalles sobre los cuales no hay constancia documental, pero lo cierto está atestiguado en los archivos municipales de Roa y en los informes del propio Ayuntamiento: el héroe popular de la Guerra de la Independencia fue tratado como un perro durante un año y medio por orden directa del rey al que había servido.

El 19 de agosto de 1825, a las nueve de la mañana, lo condujeron al patíbulo levantado en la plaza de Roa. Juan Martín, de cincuenta años, conservaba intactas la fuerza física y el orgullo. En el último instante se zafó de las cuerdas, arrebató un sable a uno de los guardias e intentó abrirse paso hacia la puerta de la plaza. Los soldados lo abatieron sobre la propia escalera del cadalso a bayonetazos. Sobre el cuerpo aún caliente, el verdugo cumplió la sentencia de horca. Roa amaneció en silencio durante semanas. La España absolutista de Fernando VII había ejecutado al campesino de Castrillo que la había liberado de Napoleón.

El mito posterior

José de Espronceda mencionó al Empecinado en varios poemas patrióticos del romanticismo liberal. Benito Pérez Galdós le dedicó una de las novelas más vibrantes de los Episodios NacionalesJuan Martín “El Empecinado”, segunda serie, 1874— que fijó la imagen popular del guerrillero para varias generaciones de españoles. En 1869, durante el Sexenio Democrático, sus restos fueron trasladados desde la fosa común de Roa hasta el Panteón de Hombres Ilustres del cementerio de Atocha, en Madrid, gesto reparatorio de la España liberal del XIX hacia el héroe ejecutado por el absolutismo.

Hoy, en Castrillo de Duero, una sencilla casa-museo —la propia casa familiar restaurada— guarda algunos efectos personales suyos: una escopeta, una guerrera de mariscal de campo, copias de los partes que enviaba a las Cortes desde el frente. La plaza mayor del pueblo lleva su nombre, igual que numerosas calles de toda Castilla. En Roa, donde fue ejecutado, una placa modesta en la plaza recuerda el lugar exacto de la horca. La Ribera del Duero, dos siglos después, no ha olvidado al campesino que defendió a un rey que lo asesinó.

Preguntas frecuentes

¿Por qué se le llamaba "El Empecinado"?

El apodo procede del barrio donde nació Juan Martín Díaz en Castrillo de Duero (Valladolid). Llamaban "Empecinado" a ese barrio por la pecina —un sedimento negro y pegajoso— que arrastraba el arroyo Botijas hasta el Duero. Todos los vecinos eran "empecinados". No tiene relación con el verbo empecinarse.

¿Qué hizo El Empecinado durante la Guerra de la Independencia?

Organizó en mayo de 1808 una partida guerrillera que pasó de doce hombres a más de cinco mil en cuatro años. Cortó las comunicaciones napoleónicas entre Madrid y Burgos, asaltó convoyes de oro, asedió plazas francesas en Castilla y La Alcarria, y en 1812 dirigió como brigada militar regular la liberación de Cuenca junto a Wellington.

¿Cómo murió El Empecinado?

Fue ahorcado el 19 de agosto de 1825 en la plaza mayor de Roa (Burgos), por orden del régimen absolutista de Fernando VII, tras veintiún meses de prisión sin proceso por haberse adherido al liberalismo del Trienio (1820-1823). En el cadalso intentó huir y los soldados le abatieron a bayonetazos antes de colgarlo.

¿Cuántos hombres tenía la partida de El Empecinado?

Empezó en mayo de 1808 con doce paisanos armados con escopetas de caza. Llegó a tener más de cinco mil combatientes en 1812, organizados ya como una brigada militar regular con artillería ligera, caballería y oficiales propios, reconocida oficialmente por las Cortes de Cádiz.

¿Dónde están los restos de El Empecinado?

En 1869, durante el Sexenio Democrático, sus restos fueron trasladados desde la fosa común de Roa (Burgos) al Panteón de Hombres Ilustres del cementerio de Atocha en Madrid, donde reposan junto a otros próceres del liberalismo español.

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