Territorio de Hispania Romana
Prácticamente toda la Península Ibérica —lo que hoy son España, Portugal y Gibraltar— más las Islas Baleares. En su organización final (siglo III d.C.) el territorio se dividía en cinco provincias.
- Tarraconense: el noreste, este y centro. Capital: Tarraco (Tarragona). La más extensa.
- Bética: el sur (actual Andalucía y parte de Extremadura). Capital: Corduba (Córdoba). La más rica y romanizada.
- Lusitania: el oeste (actual Portugal y Extremadura). Capital: Emerita Augusta (Mérida).
- Gallaecia: el noroeste (Galicia y norte de Portugal). Capital: Bracara Augusta (Braga).
- Cartaginense: el sureste y centro-este. Capital: Carthago Nova (Cartagena).
218 a.C. – 409 d.C. (más de 600 años)

Hispania Romana es el nombre con el que los historiadores denominan el periodo de dominio romano sobre la Península Ibérica, que se extendió desde la llegada de las legiones en 218 a.C. hasta la entrada de los pueblos germánicos en 409 d.C. Durante más de seis siglos, Roma transformó radicalmente la Península: su lengua (que evolucionaría hasta el español, el catalán y el portugués), su derecho, su red de calzadas y ciudades, sus acueductos y anfiteatros son fundamentos sobre los que descansa buena parte de la civilización española hasta el día de hoy.
Hispania no fue simplemente una colonia para Roma: fue una de sus provincias más ricas y productivas, fuente de plata, trigo, aceite, vino y garum. Tres de los mejores emperadores romanos —Trajano, Adriano y Teodosio— nacieron en Hispania. Séneca, Quintiliano y Marcial, figuras cumbres de la literatura latina, también eran hispanos. La romanización de la Península fue tan profunda que, a diferencia de otras regiones del Imperio, Hispania conservó el latín tras la caída de Roma.
La conquista romana de Hispania (218–19 a.C.)
Roma llegó a la Península Ibérica en el contexto de la Segunda Guerra Púnica, cuando los hermanos Cneo y Publio Cornelio Escipión desembarcaron en Ampurias (Emporion) en 218 a.C. para cortar las líneas de suministro a Aníbal. La derrota del general cartaginés Asdrúbal en Baecula (208 a.C.) y la toma de Cartago Nova (actual Cartagena) por el joven Escipión el Africano convirtieron a Roma en la nueva potencia hegemónica de la Península.
Sin embargo, la conquista completa tardó casi dos siglos. Los pueblos celtíberos del interior —vacceos, arévacos, lusitanos— resistieron con tenacidad extraordinaria. La Guerra de Numancia (154–133 a.C.), en la que una pequeña ciudad celtíbera en el alto Duero resistió durante veinte años a las legiones romanas antes de ser arrasada, se convirtió en símbolo de resistencia nacional. La conquista del norte (cántabros y astures) no se completó hasta las Guerras Cántabras (29–19 a.C.) bajo el propio Augusto.
Organización provincial y romanización
Las provincias hispanas
Roma dividió Hispania en varias provincias a lo largo del tiempo. La organización augustea (27 a.C.) estableció tres: Hispania Citerior Tarraconense (capital: Tarraco, la actual Tarragona, la más extensa), Baetica (capital: Corduba, la actual Córdoba, la más urbanizada y rica) e Hispania Ulterior Lusitania (capital: Emerita Augusta, la actual Mérida). Más tarde se añadirían la Gallaecia y la Cartaginense como provincias separadas.
El proceso de romanización
La romanización fue un proceso gradual e intenso que transformó la sociedad hispana en todos sus niveles. Las élites indígenas adoptaron la lengua, la religión y las costumbres romanas a cambio de derechos de ciudadanía y acceso a los cargos públicos. Las ciudades (colonias, municipios) fueron el motor de la romanización: se construyeron foros, termas, teatros, anfiteatros y circos siguiendo el modelo romano. El ius Latii otorgado por el emperador Vespasiano en 74 d.C. extendió la ciudadanía latina a todas las comunidades hispanas, acelerando definitivamente la integración.
Las grandes ciudades romanas de Hispania
Emerita Augusta (Mérida), fundada en 25 a.C. como asentamiento para veteranos de las Guerras Cántabras, fue capital de la Lusitania y una de las ciudades más importantes del Imperio. Conserva el teatro romano mejor preservado de Hispania, el anfiteatro, el circo, el templo de Diana, el arco de Trajano y el extraordinario puente romano sobre el Guadiana, con sus 60 arcos. Fue declarada Patrimonio de la Humanidad en 1993.
Otras ciudades destacadas: Caesaraugusta (Zaragoza), fundada por Augusto; Hispalis (Sevilla), capital de la Bética; Toletum (Toledo), encrucijada de calzadas; Bilbilis (cerca de Calatayud), patria del poeta Marcial; Italica (junto a Santiponce), primera ciudad romana de Hispania y cuna de Trajano y Adriano. El acueducto de Segovia, la muralla de Lugo (Patrimonio de la Humanidad) y el puente de Alcántara en Extremadura completan el excepcional legado arquitectónico romano.
Economía y riqueza de Hispania
Hispania era una de las provincias más productivas del Imperio. La Bética era el primer exportador mundial de aceite de oliva, con ánforas hispanas documentadas en todo el Mediterráneo y hasta en Britannia. Las minas de plata de Sierra Morena y Cartagena (antiguas explotaciones cartaginesas) financiaron en buena medida la expansión romana. La Tarraconense exportaba vino y cereales; la pesca y el garum (salsa de pescado fermentado) de las costas atlánticas y mediterráneas eran productos de lujo apreciados en Roma.
Hispania y el Bajo Imperio: crisis y transformación
A partir del siglo III, Hispania sufrió las mismas convulsiones que sacudieron todo el Imperio: invasiones de francos y alamanes (260 d.C.), inestabilidad política y declive económico. Sin embargo, el siglo IV fue paradójicamente brillante: el emperador Teodosio I el Grande (379–395), nacido en Cauca (actual Coca, Segovia), fue el último en gobernar un Imperio romano unificado. Con él, el cristianismo se convirtió en religión oficial del Estado.
En 409, los vándalos, suevos y alanos cruzaron el Rin helado e invadieron Hispania, marcando el fin efectivo del dominio romano. Las legiones y la administración imperial se desmoronaron, pero el latín, el derecho romano, el cristianismo y la red urbana sobrevivieron, y sobre ellos construirían su reino los visigodos y, siglos más tarde, los reinos medievales de Castilla, Aragón y Portugal.
Artículos sobre Hispania Romana
Sobre Hispania Romana
El proceso de romanización de la Península Ibérica bajo dominio romano.
Alimentación, vivienda, oficios y costumbres en la Hispania romana.
Artículos sobre Hispania Romana
Preguntas frecuentes sobre Hispania Romana
Los romanos llegaron a la Península Ibérica en el año 218 a.C., desembarcando en Ampurias (Emporion, actual Girona) bajo el mando de Cneo y Publio Cornelio Escipión. Su llegada fue motivada por la Segunda Guerra Púnica contra Cartago: querían cortar las líneas de suministro a Aníbal, que había cruzado los Alpes para atacar Italia. Sin embargo, la conquista completa de toda la Península no se completó hasta el año 19 a.C., cuando Augusto finalizó las Guerras Cántabras contra los pueblos del norte.
Los romanos fundaron o refundaron decenas de ciudades en Hispania. Entre las más importantes destacan: Emerita Augusta (Mérida, 25 a.C.), capital de Lusitania y hoy Patrimonio de la Humanidad; Caesaraugusta (Zaragoza), fundada por Augusto; Italica (junto a Santiponce, Sevilla), la primera colonia romana de Hispania; Tarraco (Tarragona), capital de la Tarraconense; Corduba (Córdoba), capital de la Bética; Hispalis (Sevilla); Toletum (Toledo) y Caesarea Augusta. Muchas ciudades españolas conservan su nombre latino.
Hispania dio a Roma algunos de sus mejores emperadores. Trajano (98-117 d.C.), nacido en Italica (Santiponce, Sevilla), fue el primer emperador provincial y llevó el Imperio a su máxima extensión. Su sucesor y pariente Adriano (117-138 d.C.), también nacido en Italica, fue un gran viajero y mecenas cultural que construyó el Panteón de Roma y el Muro de Adriano en Britannia. Teodosio I el Grande (379-395 d.C.), nacido en Cauca (Coca, Segovia), fue el último en gobernar un Imperio romano unificado y convirtió el cristianismo en religión oficial del Estado.
España conserva un patrimonio romano extraordinario. Los más importantes son: el teatro romano y el acueducto de Mérida (Patrimonio de la Humanidad); el acueducto de Segovia, con sus 166 arcos y 28 metros de altura, en perfecto estado de conservación; la muralla romana de Lugo (Patrimonio de la Humanidad), la única conservada íntegra de todo el Imperio; el puente de Alcántara sobre el Tajo; las ruinas de Italica cerca de Sevilla; el anfiteatro de Tarragona; y los restos del circo romano de Toledo.
La influencia de Roma en el español es total y estructural: el español es directamente una evolución del latín vulgar hablado en Hispania. Durante la romanización, el latín sustituyó a las lenguas prerromanas (ibero, celtíbero, vasco en parte) y se convirtió en la lengua común de toda la Península. Del latín derivan no solo el vocabulario básico del español, sino su gramática, su sistema fonológico y sus estructuras sintácticas. Las lenguas romances ibéricas —español, portugués, catalán, gallego— son todas descendientes directas del latín hispano.
La romanización de Hispania fue especialmente profunda e intensa comparada con otras regiones del Imperio. Esto se debió a varios factores: la larga duración del dominio romano (más de seis siglos), la extensión de la ciudadanía romana a todas las comunidades hispanas, la construcción de una densa red de ciudades interconectadas por calzadas, y la profunda adopción del latín como lengua única. A diferencia de Britania o Galia, donde se recuperaron lenguas locales tras la caída de Roma, en Hispania el latín sobrevivió como base de todas las lenguas modernas de la Península.