Durante veinticinco años, entre 978 y 1002, el califato de Córdoba fue gobernado en la práctica por un hombre que nunca llevó el título de califa. Muhammad ibn Abi Amir —conocido por la historia como Almanzor, del árabe al-Mansur bi-llah, «el Victorioso por Dios»— controló cada resorte del Estado cordobés en nombre de un califa niño, Hisham II, al que mantuvo encerrado en Medina Azahara mientras él mismo gobernaba desde una ciudad nueva, levantada expresamente para sustituir a la del califa. A su muerte, el califato que había llevado a la cumbre de su poder militar entró en una fitna que terminaría barriéndolo del mapa en apenas una generación.

Almanzor fue el último gran caudillo andalusí: cincuenta y dos campañas militares sin una sola derrota, las campanas de Santiago arrastradas a hombros de cautivos cristianos hasta la mezquita de Córdoba y una corte bereber profesionalizada que devoró por dentro al Estado omeya. Fue también el arquitecto involuntario del final del califato que quiso engrandecer.
Un joven jurista de Torrox en la corte de Abd al-Rahman III
Muhammad ibn Abi Amir nació hacia el año 938 o 940 en Torrox, una aldea costera de la cora de Rayya, la actual provincia de Málaga. Pertenecía a una familia árabe de la tribu de Ma’afir que se jactaba de haber acompañado a Tariq ibn Ziyad en la conquista del 711. Estudió derecho maliki y letras árabes en la madrasa de Córdoba, y hacia el 966 entró en el Alcázar como modesto escribano al servicio del ya enfermo Abd al-Rahman III y, sobre todo, de la familia del heredero Al-Hakam II.
Su ascenso fue meteórico. En apenas una década pasó de redactar actas notariales a ser tesorero del príncipe heredero, juez de herencias, administrador de los bienes de la madre del futuro califa Hisham II y, finalmente, mayordomo mayor de la Dar al-Sikka, la ceca del Estado. La clave no fue la erudición jurídica, aunque la tenía, sino la confianza que depositó en él Subh, la umm walad (madre del heredero) vascona de Al-Hakam II, que lo convirtió en su hombre de máxima confianza.
La muerte de Al-Hakam II y el niño califa
Cuando Al-Hakam II murió el 1 de octubre del 976, su heredero Hisham II tenía apenas once años. La corte cordobesa se dividió en dos bandos: los eunucos eslavos palatinos, encabezados por el hayib al-Mushafi, querían imponer como califa al hermano de Al-Hakam, al-Mugira, para evitar una regencia. Subh y Almanzor se anticiparon: en una noche, sus agentes estrangularon a al-Mugira en su propia casa y presentaron a Hisham a la oración pública al día siguiente. Fue el primer golpe de Estado —discreto, irreversible— de una serie que dejaría a Almanzor dueño absoluto del califato.
En 978, tras eliminar a al-Mushafi mediante un proceso por malversación, Almanzor se hizo nombrar hayib, chambelán mayor, concentrando en sus manos el mando militar, la administración fiscal y la política exterior. Hisham II, mantenido en régimen de estricto aislamiento dentro de Medina Azahara, jamás presidiría un consejo, recibiría una embajada ni aprobaría una campaña. Su nombre aparecía en la jutba del viernes y en las monedas de oro; nada más.
Medina al-Zahira: la ciudad del hayib
El paso simbólico y arquitectónico decisivo llegó en 978-980, cuando Almanzor ordenó construir al este de Córdoba, a orillas del Guadalquivir, una nueva ciudad palatina: Medina al-Zahira, «la brillante». Era una réplica funcional de Medina Azahara —palacio, dependencias administrativas, mezquita aljama, barrio residencial, cuarteles— pero con una diferencia política enorme: aquí residía él, y aquí se despachaban los asuntos del reino. Los documentos oficiales se redactaban en al-Zahira; los enviados extranjeros eran recibidos por Almanzor en al-Zahira; el tesoro se custodiaba en al-Zahira. El califa quedaba, literalmente, fuera del gobierno.
Al-Zahira fue arrasada sin dejar rastro durante la fitna de 1009-1013, y las excavaciones arqueológicas aún no han logrado localizarla con certeza. Las crónicas, en cambio, conservan la memoria de su lujo extremo: salones recubiertos de mármol, jardines con surtidores, una guardia personal de esclavos «saqaliba» y bereberes, y un ceremonial cortesano que imitaba punto por punto al de la Córdoba omeya.
El ejército profesional: bereberes y saqaliba
Para sostener el dominio interno y alimentar las campañas anuales, Almanzor transformó por completo el ejército omeya. Disolvió el reclutamiento tribal árabe tradicional —basado en los junds sirios que habían llegado en el siglo VIII— y lo sustituyó por un ejército permanente y asalariado. Sus núcleos fueron dos: mercenarios bereberes traídos del norte de África por oleadas (zenatas, sinhayas, magrauas) y esclavos eslavos, francos y lombardos, los saqaliba, capturados o comprados en los mercados europeos.
Para pagarles creó impuestos extraordinarios, duplicó el tributo de las ciudades peninsulares y sistematizó el botín de las razias como fuente de ingresos estructurales. Este ejército no respondía a tribus ni a linajes árabes, sino personalmente al hayib: un modelo pretoriano que daría a Al-Ándalus sus mayores victorias militares y, dos décadas después, sus peores guerras civiles.
Las aceifas: cincuenta y dos razias sin una derrota
Entre 977 y 1002, Almanzor condujo personalmente cincuenta y dos campañas de verano —aceifas— contra los reinos cristianos peninsulares. Las crónicas cristianas, escritas por los monjes que las sufrieron, y las árabes, redactadas por los cronistas de su corte, coinciden en lo esencial: no perdió una sola. El norte peninsular vivió un cuarto de siglo de terror.
León y Zamora (981-988)
En 981 Almanzor entró en Zamora y obligó al rey leonés Ramiro III a firmar tributo. En 987 saqueó Coimbra; al año siguiente arrasó León, destruyendo sus murallas y trasladándose a Córdoba las puertas como botín simbólico. Sabancho II, el conde castellano, debió entregar como rehén a su hija Teresa, que terminó en el harén cordobés y, según algunos cronistas, sería la madre del futuro Sanchuelo.
Barcelona (985)
La razia más destructiva del primer tramo fue la de julio de 985, cuando el ejército cordobés cruzó los Pirineos orientales, derrotó a las tropas del conde Borrell II en las afueras de la ciudad y entró a sangre y fuego en Barcelona. La ciudad fue saqueada durante seis días, miles de vecinos fueron llevados cautivos a Córdoba y los archivos condales ardieron. El condado quedó tan desprotegido que Borrell II pidió auxilio al rey de Francia Hugo Capeto; la ausencia de respuesta fue uno de los factores que, años después, impulsaría la independencia de facto de los condados catalanes respecto del Imperio carolingio.
Santiago de Compostela (997): las campanas
La campaña más célebre, por su carga simbólica, fue la razia del verano del 997 sobre Santiago de Compostela. El ejército cordobés salió de Córdoba en julio, cruzó la meseta y, tras una operación combinada de tierra y mar —la flota apoyó el avance desde las rías—, entró en la ciudad del apóstol. Las tropas saquearon la basílica, destruyeron sus anexos y se llevaron las puertas y las campanas. Un detalle sobrevivió en todas las crónicas, cristianas y musulmanas: Almanzor ordenó respetar el sepulcro del apóstol Santiago y puso un retén personal para evitar su profanación. Las campanas fueron arrastradas por cautivos cristianos durante seiscientos kilómetros hasta Córdoba, donde se colgaron invertidas del techo de la Mezquita para iluminarla como lámparas. Allí permanecerían hasta 1236, cuando Fernando III el Santo conquistó Córdoba y ordenó devolverlas a Santiago, esta vez cargadas por prisioneros musulmanes.

La ampliación de la Mezquita de Córdoba (987)
Para justificar su poder en términos religiosos, Almanzor necesitaba aparecer como defensor del Islam. Hizo quemar públicamente parte de la biblioteca filosófica de Al-Hakam II —los tratados considerados heterodoxos por los teólogos maliki— y, sobre todo, emprendió la última gran ampliación de la Mezquita de Córdoba. En 987, ocho naves se sumaron al conjunto por el lado oriental: el edificio, que ya era monstruoso, alcanzó una superficie de casi 24.000 metros cuadrados, convirtiéndose en la mezquita más grande del Occidente islámico. La obra fue financiada con el botín de las razias y ejecutada por cautivos cristianos que acarrearon las piedras y levantaron los arcos.
La muerte en Medinaceli (1002)
El 10 o 11 de agosto del año 1002, de regreso de su quincuagésima segunda campaña —esta vez contra La Rioja y el monasterio de San Millán de la Cogolla—, Almanzor murió en Medinaceli (Soria) a causa de una enfermedad que los cronistas describen con síntomas compatibles con un cáncer avanzado, probablemente hepático o intestinal. Tenía alrededor de sesenta y tres años. Fue enterrado al pie de la muralla, en una tumba que no se ha conservado. Una frase tradicional, posiblemente apócrifa, condensa el juicio cristiano de la época: «En Medinaceli fue sepultado Almanzor, a quien el Diablo sirvió».
El legado: del dominio a la fitna
Su hijo mayor, Abd al-Malik al-Muzaffar, heredó el cargo de hayib y continuó la política militar con seis campañas propias antes de morir en 1008, probablemente envenenado. Fue el hermano menor, Abd al-Rahman Sanchuelo —hijo de la cautiva navarra—, quien destruyó la obra de su padre: en 1009 se hizo proclamar heredero califal, lo que provocó el estallido de la fitna, la guerra civil que entre 1009 y 1031 liquidó el califato omeya, demolió Medina Azahara y Medina al-Zahira y fragmentó Al-Ándalus en los treinta reinos de taifas.
La paradoja de Almanzor es completa: quiso hacer del califato la potencia indiscutible del Mediterráneo occidental y lo logró, pero el instrumento que utilizó —un ejército mercenario sin arraigo social, una dinastía de hayibs paralela a la omeya, una capital alternativa— lo condenó a muerte. Sin Almanzor no se explica la fuerza militar del califato en su último cuarto; sin Almanzor tampoco se explica la fitna que acabó con él. El año de su muerte, 1002, es el último en que Al-Ándalus fue un imperio unificado. Seis años después, ya no lo sería nunca más.