El 20 de diciembre de 1973, a las 9:36 de la mañana, una explosión de 80 kilos de Goma-2 hizo volar literalmente por encima de un edificio de cinco plantas el Dodge 3700 GT oficial del almirante Luis Carrero Blanco, presidente del Gobierno de España. Era el atentado más audaz, complejo y políticamente decisivo de la historia del terrorismo español contemporáneo: la “Operación Ogro” de ETA. Carrero Blanco —mano derecha de Franco durante treinta y dos años, arquitecto de la “sucesión biológica” del régimen, único político capaz de gestionar el franquismo tras la muerte del dictador— murió en el acto junto a su chófer y su escolta. España y el franquismo entraron en su recta final.

De Santoña a la Presidencia: la carrera de un almirante (1904-1973)
Luis Carrero Blanco había nacido el 4 de marzo de 1904 en Santoña (Cantabria), en una familia de marinos. A los catorce años ingresó en la Escuela Naval de San Fernando. En la Guerra Civil sirvió en el bando nacional como oficial de la Armada, donde se distinguió en operaciones submarinas en el Mediterráneo. Acabada la guerra, Franco —que valoraba la lealtad por encima del talento— lo nombró en 1940 jefe de la Sección de Operaciones del Estado Mayor de la Armada, y al año siguiente, en 1941, subsecretario de la Presidencia del Gobierno. Era el cargo desde el cual gestionaría, durante las tres décadas siguientes, prácticamente toda la coordinación interministerial del régimen franquista.
Su perfil era exactamente el opuesto al del Caudillo: discreto donde Franco era visible, técnico donde Franco era político, intelectual donde Franco era pragmático. Carrero escribía, leía abundantemente —tenía especial interés por la teología, la masonería y la geopolítica del catolicismo—, hablaba poco en público y trabajaba mucho. Era profundamente católico, militar de carrera, monárquico convencido y partidario de la continuidad institucional del régimen mediante la restauración borbónica en la persona del entonces príncipe Juan Carlos. Franco confiaba en él como en nadie más. En 1967 lo elevó a vicepresidente del Gobierno; en 1973 lo nombró presidente del Gobierno, primer titular del cargo distinto del propio Franco en treinta y siete años. La jugada era transparente: Carrero era el pilote de la sucesión.
ETA y la “Operación Ogro” (1972-1973)
ETA, fundada en 1959, llevaba ya una década golpeando al régimen con atentados selectivos: el inspector Manzanas en 1968, los procesos de Burgos en 1970, los primeros secuestros y asesinatos de policías y guardias civiles. Pero a finales de 1972 la dirección política de la organización tomó una decisión radical: dar un golpe que sacudiera al franquismo en su cumbre. El objetivo elegido fue Carrero Blanco. La operación, bautizada en clave como “Operación Ogro”, fue coordinada por José Miguel Beñarán Ordeñana “Argala”, uno de los cuadros más capaces de ETA, ayudado por un comando de operativos veteranos asentados clandestinamente en Madrid.
El plan inicial era el secuestro de Carrero para canjearlo por presos de ETA. La logística necesaria —piso franco, vehículos, coordinación con el aparato exterior de la organización— se preparó durante meses. Pero a mediados de 1973, ETA cambió el objetivo: cuando Carrero fue nombrado presidente del Gobierno el 9 de junio, la dirección decidió que un magnicidio espectacular tendría mayor impacto político que un secuestro. Se sustituyó el plan de secuestro por uno de asesinato y se eligió como método una carga subterránea de gran potencia. La elección era audaz: ningún atentado terrorista europeo había recurrido nunca al método del túnel mineralógico bajo la calzada.
El piso de Claudio Coello y el túnel (otoño 1973)
El comando de ETA estudió durante semanas los movimientos diarios de Carrero. Identificó un patrón fijo: el almirante acudía cada mañana a misa de 9:30 en la iglesia de San Francisco de Borja, en la calle Serrano, salía a las 9:35 y regresaba a su domicilio por la calle de Claudio Coello, en la zona residencial del barrio de Salamanca. La ruta era invariable. Los terroristas alquilaron, bajo identidad falsa, un sótano-tienda en el número 104 de Claudio Coello, frente a la iglesia, simulando una empresa de productos escultóricos. Durante seis meses excavaron sistemáticamente, durante las noches, un túnel de unos 8 metros de longitud bajo la calzada de Claudio Coello, en dirección al lugar exacto donde el coche oficial pasaba todos los días a la misma hora.
Las tierras del túnel se evacuaron en sacos de productos químicos a través de la trastienda. La obra requirió perforar el firme asfáltico, atravesar la galería de servicios urbanos —agua, gas, electricidad— sin reventar ninguna tubería que delatara la presencia, y llegar exactamente bajo la trayectoria del Dodge 3700 GT presidencial. El cálculo fue impecable. En la fase final, el túnel se cargó con tres cargas independientes de Goma-2, sumando aproximadamente 80 kilos de explosivo, conectadas en serie a un sistema de detonación a distancia operado desde el propio sótano.
9:36 del 20 de diciembre: la explosión
La mañana del jueves 20 de diciembre de 1973 fue gélida y despejada en Madrid. Carrero salió de la iglesia de San Francisco de Borja a las 9:35, subió al asiento trasero del Dodge conducido por su chófer habitual José Luis Pérez Mogena, junto con el escolta policial Juan Antonio Bueno Fernández. El coche enfiló Claudio Coello a velocidad moderada. A las 9:36 exactas, justo cuando el vehículo cruzaba el punto del túnel, los terroristas accionaron el detonador.
La detonación abrió un cráter de cuatro metros de diámetro en la calzada y proyectó el coche verticalmente hacia arriba con una fuerza tal que el vehículo —de 1.700 kilos de peso— sobrevoló completamente el edificio de cinco plantas situado en el número 102 de Claudio Coello, atravesó por encima de su tejado y aterrizó en el patio interior del edificio de la calle paralela, calle Maldonado, número 6, a unos 35 metros del cráter original y a unos 20 metros de altura. La trayectoria balística del Dodge fue tan inverosímil que, durante las primeras horas, las autoridades creyeron que se trataba de una explosión accidental de gas. Una conducción de gas natural ciudad había estallado en la zona pocos meses antes y la hipótesis parecía la más plausible.
Los tres ocupantes del Dodge murieron en el acto. Carrero falleció probablemente por la onda expansiva antes incluso del impacto contra el patio. Una mujer embarazada que en ese momento pasaba por la acera resultó herida grave por las esquirlas, pero sobrevivió. Sólo cuando los servicios de emergencia descendieron al cráter y descubrieron los restos del túnel y los cables del detonador, hacia las 11 de la mañana, las autoridades reconocieron oficialmente que se trataba de un atentado terrorista. Tres días después, en una rueda de prensa clandestina en Burdeos, ETA reivindicó la “Operación Ogro”.
Las consecuencias políticas inmediatas
El régimen quedó en estado de shock. Franco, enterado del atentado mientras presidía el funeral del ex ministro Pedro Sangro Ros de Olano, lloró en público —circunstancia excepcional en él— y declaró: “Han matado a mi mano derecha. Se han llevado al único que sabía lo que hacía”. La frase, atribuida por testigos directos, refleja la magnitud de la pérdida personal y política para el Caudillo. Tras varios días de incertidumbre, el rey en pectore, Juan Carlos, y los círculos más liberales del régimen presionaron por la designación de un sucesor moderado. Franco, sin embargo, eligió a Carlos Arias Navarro, antiguo Director General de Seguridad y ministro de Gobernación, hombre de perfil duro y vinculado al “búnker” más inmovilista del régimen.
La decisión fue políticamente desastrosa para el franquismo. Arias Navarro era un gestor mediocre, sin la habilidad ni el peso de Carrero para manejar las tensiones entre las “familias” del régimen —falangistas, católicos, monárquicos, tecnócratas—. Su “espíritu del 12 de febrero” de 1974, un tímido intento de apertura política, fracasó en pocos meses. Cuando Franco murió el 20 de noviembre de 1975, casi dos años después del atentado contra Carrero, el régimen carecía ya de un proyecto coherente de continuidad. El camino hacia la Transición había quedado abierto, no por una decisión política planificada, sino por el vacío de liderazgo que el atentado de Claudio Coello había dejado en la cúpula del franquismo.
El legado de la “Operación Ogro”
La “Operación Ogro” tiene una importancia política que excede con mucho el balance criminal de tres muertos. Es el atentado terrorista de toda la historia europea contemporánea que más directamente alteró el curso político de un Estado: sin la desaparición de Carrero, la transición española habría sido distinta, más controlada por las élites franquistas, probablemente más conservadora institucionalmente. La eliminación del “ingeniero” de la sucesión obligó al régimen a improvisar, y la improvisación —en política sucesoria— rara vez beneficia a los regímenes autoritarios.
Para ETA, el atentado supuso el mayor triunfo táctico de su historia y, paradójicamente, también el inicio de su irrelevancia política. La organización había demostrado capacidad para golpear en lo más alto, pero la apertura democrática posterior —que el propio atentado había contribuido a acelerar— ofreció al País Vasco vías políticas de expresión que harían cada vez más difícil justificar la continuación de la lucha armada. Argala, el coordinador de la operación, fue asesinado en Anglet (Francia) el 21 de diciembre de 1978, exactamente cinco años y un día después del atentado contra Carrero, por el grupo parapolicial Batallón Vasco Español. El círculo de violencia engendrado por la “Operación Ogro” se prolongaría todavía cuarenta años más, hasta el desarme final de ETA en 2018.
En el cráter original de Claudio Coello no hay hoy ninguna placa conmemorativa. La calle, restaurada poco después del atentado, ha vuelto a su tráfico habitual de barrio residencial. En la iglesia de San Francisco de Borja —donde Carrero oyó su última misa— una pequeña inscripción en el suelo, a la entrada, recuerda al “siervo de Dios Luis Carrero Blanco, vilmente asesinado”. Es uno de los pocos memoriales sobrios de una historia que cambió España.
Preguntas frecuentes
Luis Carrero Blanco (1904-1973) fue almirante de la Armada y la mano derecha de Franco durante más de treinta años. Subsecretario de la Presidencia desde 1941, ministro sin cartera, vicepresidente del Gobierno desde 1967 y finalmente presidente del Gobierno desde junio de 1973. Era considerado el sucesor designado de Franco para garantizar la continuidad del régimen.
La Operación Ogro fue el atentado planificado por ETA durante casi un año contra el almirante Carrero Blanco. Los terroristas alquilaron un sótano en la calle Claudio Coello de Madrid, frente a la iglesia donde Carrero oía misa diaria, y excavaron un túnel de unos 8 metros bajo la calzada para colocar 80 kilos de Goma-2. Detonaron la carga el 20 de diciembre de 1973 a las 9:36 de la mañana, justo cuando pasaba el coche oficial.
Murió en la explosión que ETA hizo estallar bajo su coche oficial el 20 de diciembre de 1973 en la calle Claudio Coello de Madrid. La fuerza de la deflagración lanzó su Dodge 3700 GT por encima de un edificio de cinco plantas, aterrizando en el patio interior de la calle paralela. Murieron también su chófer y el escolta policial. Es uno de los magnicidios más espectaculares de la historia española contemporánea.
Porque Carrero era el arquitecto de la continuidad del franquismo: el único político del régimen con la habilidad y el peso institucional necesarios para garantizar una sucesión ordenada tras la muerte de Franco. Su eliminación obligó a Franco a nombrar a Carlos Arias Navarro, mucho más débil, y dejó al régimen sin un proyecto de continuidad viable. Aceleró decisivamente el fin del franquismo y la transición hacia la democracia.
El comando de ETA fue coordinado por José Miguel Beñarán Ordeñana "Argala", José Antonio Urrusolo Sistiaga y otros miembros del aparato logístico de la organización. El plan se diseñó durante meses y se ejecutó por un equipo de unos cuatro operativos. Argala fue a su vez asesinado en Anglet (Francia) en diciembre de 1978 por el grupo parapolicial Batallón Vasco Español, en una operación de represalia atribuida a círculos del aparato franquista residual.