Durante más de cuarenta años, España libró tres guerras civiles por una misma pregunta: qué país debía ser. Las guerras carlistas (1833-1840, 1846-1849 y 1872-1876) enfrentaron a dos Españas antes de que existiera la expresión: la liberal y urbana que quería construir un Estado moderno, y la tradicionalista y foral que defendía el altar, los fueros y una dinastía alternativa al grito de “Dios, Patria, Rey”. Fueron el gran conflicto olvidado del siglo XIX español — y sin ellas no se entiende nada de lo que vino después, hasta 1936.

El origen: un pleito de familia que era un pleito de país
Todo empezó con una cuestión sucesoria. Fernando VII, sin hijos varones, derogó la ley que apartaba a las mujeres del trono para que heredara su hija Isabel, de tres años. Su hermano Carlos María Isidro —heredero hasta entonces— no lo aceptó, y a la muerte del rey en 1833 se proclamó Carlos V. Pero la dinastía era solo la bandera: tras Isabel (y su madre, la regente María Cristina) se alinearon los liberales que querían desmontar el Antiguo Régimen; tras don Carlos, quienes veían en ese desmontaje —desamortizaciones, centralización, fin de los fueros— la destrucción de su mundo. El carlismo arraigó con fuerza en el País Vasco, Navarra, el Maestrazgo y la Cataluña rural.
La Primera Guerra (1833-1840): Zumalacárregui y el Abrazo de Vergara
Fue la más larga y sangrienta — en torno a 150.000 muertos, proporcionalmente una de las guerras más letales de la Europa del siglo. El genio militar carlista fue Tomás de Zumalacárregui, un guipuzcoano que convirtió partidas de voluntarios en un ejército capaz de humillar una y otra vez a los generales isabelinos en las montañas del norte. Su muerte en 1835 —herido en una pierna durante el sitio de Bilbao, rematado por una cura desastrosa— privó al carlismo de su única oportunidad seria de ganar.
Siguieron años de desgaste, expediciones fallidas sobre Madrid y atrocidades en ambos bandos (los fusilamientos de prisioneros fueron moneda corriente), hasta que en 1839 el general carlista Maroto y el isabelino Espartero sellaron la paz en el Abrazo de Vergara: los oficiales carlistas conservarían sus grados y se prometía respetar los fueros. El Tigre del Maestrazgo, el general Cabrera, rechazó el abrazo y resistió en el este hasta 1840.
Segunda y Tercera: los rescoldos que volvían a arder
La Segunda Guerra (1846-1849), la “guerra dels Matiners”, fue un conflicto menor centrado en Cataluña, mezclado con el malestar agrario. La Tercera (1872-1876) fue otra cosa: aprovechando el caos del Sexenio —la revolución que destronó a Isabel II, el rey importado Amadeo, la Primera República—, el nieto del primer pretendiente, Carlos VII, levantó un auténtico Estado carlista en el norte, con capital en Estella, universidad y hasta sellos propios. La restauración de Alfonso XII y la caída de las últimas plazas en 1876 acabaron con el sueño; el precio lo pagaron los fueros vascos, abolidos ese mismo año — la semilla de otro contencioso que llega a nuestros días.
Qué defendía cada bando (sin caricaturas)
La versión de manual —progreso contra reacción— se queda corta. El liberalismo isabelino construyó el Estado moderno (provincias, código, mercado nacional) pero fue también el de la desamortización que arruinó al campesinado pobre, el del caciquismo y las quintas. El carlismo defendía un mundo jerárquico y clerical, pero también los fueros —autogobierno, exención de quintas e impuestos— y una economía moral campesina que el nuevo Estado arrasaba. Por eso el carlismo no fue un fósil: fue un movimiento de masas que duró un siglo y medio, capaz de movilizar a cientos de miles de voluntarios… y sus requetés aún fueron decisivos en el bando sublevado de 1936.
El legado
Las guerras carlistas dejaron a España tres herencias duraderas: un ejército acostumbrado a arbitrar la política (los espadones del XIX salieron de sus filas — Espartero llegó a regente), la cuestión foral vasco-navarra, y la costumbre más venenosa de todas: resolver a tiros las diferencias sobre qué país ser. Cuando los historiadores buscan las raíces largas de la Guerra Civil de 1936, el rastro pasa siempre por aquí. Toda la etapa la enmarca la España contemporánea, y su desenlace, la Restauración.
- El lema carlista era "Dios, Patria, Rey" — y en el norte, sobre todo, "Fueros".
- La Primera Guerra causó en torno a 150.000 muertos: proporcionalmente, una de las más letales de la Europa del siglo.
- Zumalacárregui murió por una herida menor en una pierna, agravada por sus curanderos, durante el sitio de Bilbao.
- El Abrazo de Vergara (1839) selló la paz entre los generales Espartero y Maroto, abrazándose ante las tropas.
- A Ramón Cabrera lo llamaban "el Tigre del Maestrazgo"; su ferocidad se disparó tras el fusilamiento de su madre.
- Carlos VII montó en la Tercera Guerra un Estado carlista en el norte, con capital en Estella y sellos propios.
- La derrota de 1876 costó a los vascos sus fueros: el conflicto foral llega hasta hoy.
- Los requetés carlistas aún combatieron, un siglo después de la primera guerra, en la Guerra Civil de 1936.
Preguntas frecuentes
Tres guerras civiles españolas del siglo XIX (1833-1840, 1846-1849 y 1872-1876) entre los partidarios de Isabel II y el liberalismo, y los del pretendiente don Carlos y el tradicionalismo foral, bajo el lema "Dios, Patria, Rey".
Por la sucesión de Fernando VII: su hermano Carlos María Isidro no aceptó que heredara la corona la niña Isabel II. Tras la dinastía se alineaban dos proyectos de país opuestos: el liberal y el tradicionalista.
El gran general carlista (1788-1835): convirtió partidas de voluntarios en un ejército que dominó el norte. Murió por una herida recibida en el sitio de Bilbao, y con él se fue la mejor baza militar del carlismo.
El acuerdo de paz de agosto de 1839, sellado con un abrazo entre los generales Espartero (isabelino) y Maroto (carlista): reconocía los grados de los oficiales carlistas y prometía respetar los fueros.
Un ejército intervencionista en política, la cuestión foral vasco-navarra (los fueros se abolieron en 1876) y una cultura de resolver a tiros el desacuerdo sobre qué España construir — el hilo que los historiadores siguen hasta 1936.
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Fuentes
- Jordi Canal, El carlismo. Dos siglos de contrarrevolución en España (Alianza).
- Josep Fontana, La época del liberalismo, Historia de España vol. 6 (Crítica/Marcial Pons).
- Antonio Pirala, Historia de la guerra civil y de los partidos liberal y carlista (1853-56; el gran relato coetáneo, fuente primaria).